Prohibido Por La Sangre

Capítulo 5: El socio

El sábado amaneció gris.

La mansión Belligrham, a esa hora, parecía un barco fantasma. Las cortinas estaban corridas, los criados caminaban de puntillas, y en el aire flotaba ese silencio pesado de las casas donde alguien se está muriendo despacio. Beatrice abrió la puerta principal a las cuatro menos cinco con una expresión de curiosidad contenida.

-El señor Baldwin, para el señor Jaxon.

-Lo está esperando -dijo ella con voz baja-. Por aquí.

Alessandro la siguió por el pasillo de mármol. Cada paso resonaba en el techo alto. Reconoció los cuadros, los candelabros, la barandilla de bronce que había visto mil veces en fotografías. Pero ver las cosas en persona, respirar el aire del hombre que había negado su existencia, le provocó una sensación extraña: no era odio, no todavía. Era un vértigo, como el de quien regresa después de muchos años al escenario de una pesadilla infantil y descubre que es más pequeño de lo que recordaba.

Beatrice se detuvo ante una puerta de roble.

-Aquí es. Si necesita algo...

-Gracias.

Esperó a que se alejara. Respiró hondo. Se tocó el nudo de la corbata, un gesto que no hacía desde los veinte años, y pensó en su madre, en el vestíbulo, en una frase que él no había oído pero que sentía clavada en la sangre.

Llamó con dos golpes suaves.

-Adelante.

El estudio estaba en penumbra. Una lámpara sobre el escritorio arrojaba un círculo de luz dorada sobre los papeles esparcidos, y en un sillón de cuero junto a la chimenea, envuelto en una manta de lana oscura, estaba sentado un anciano de rostro afilado y manos delgadas.

-Cierre la puerta, señor Baldwin. Hace corriente.

Alessandro obedeció. Avanzó despacio hasta el centro de la habitación y se detuvo a tres pasos del sillón, con las manos juntas a la espalda y el rostro inmóvil.

Jaxon Belligrham alzó la mirada.

Y hubo un silencio.

No fue un silencio dramático, ni lleno de reconocimientos. Fue algo más sutil, casi imperceptible: una quietud en el aire, un parpadeo tardío, un leve temblor en la mano que sostenía el brazo del sillón. Los ojos grises del anciano recorrieron el rostro de Alessandro con una atención que se prolongó un segundo más de lo cortés. Después, con un esfuerzo visible, sonrió.

-Perdone mi falta de modales. No me levanto. Mi médico dice que si me levanto sin ayuda, me caigo.

-No se preocupe.

-Siéntese. Allí, frente a mí.

Alessandro se sentó. El fuego crepitaba a un lado, y entre ambos, sobre una mesita baja, había un juego de té que nadie había tocado.

-He oído hablar mucho de usted -dijo Jaxon-. Mi nieta no ha dejado de mencionar su nombre en toda la semana.

-Es muy amable.

-No lo dije como elogio. -El anciano rio con una tos ligera-. Halsey no menciona a quien no la inquieta.

-Espero inquietarla con prudencia.

-Esa respuesta me gusta.

Alessandro inclinó la cabeza con cortesía. Por dentro, cada nervio de su cuerpo vibraba como una cuerda tensa. Había soñado con ese instante durante veintiocho años. Había imaginado que sentiría rabia, o triunfo, o un frío desprecio. En cambio, lo que sintió, al ver aquel rostro demacrado, aquellas manos temblorosas, aquella manta de lana sobre las rodillas, fue algo mucho más desconcertante.

Fue lástima.

No. Tú no. Se obligó a pensar en el vestíbulo de mármol. En su madre llorando en un banco. En un grito: ¡No es mi hijo!

Y la lástima se disolvió.

---

Hablaron durante una hora.

Jaxon preguntó por la firma, por las inversiones, por los criterios de selección. Alessandro respondió con precisión, sin florituras. El anciano escuchaba con una atención afilada, y de vez en cuando hacía una pregunta incisiva que obligaba a su interlocutor a medir sus palabras. Era, comprendió Alessandro, un jugador de ajedrez de los buenos.

-¿Dónde estudió, señor Baldwin?

-En la costa este. Con beca.

-¿Y antes?

-En el este de esta ciudad. Un barrio sencillo.

-Sencillo -repitió Jaxon, saboreando la palabra-. Mi padre decía que los hombres que vienen de barrios sencillos son los más peligrosos.

-¿Por qué?

-Porque saben exactamente cuánto cuesta cada cosa.

Alessandro sonrió apenas.

-Su padre era un hombre sabio.

-Era un hombre duro. Que a veces confundía las dos cosas. -Jaxon bebió un sorbo de té con mano insegura-. ¿Y su familia? ¿Sus padres?

La pregunta llegó sin aviso, deslizada en el tono más casual del mundo. Alessandro no pestañeó.

-Mi abuela me crio en gran parte. Mi madre trabajaba mucho.

-Una mujer fuerte.

-La más fuerte que conozco.

-¿Y su padre?

El aire de la habitación se tensó. Alessandro sostuvo su mirada con una serenidad que le costó cada gramo de entrenamiento.

-No lo conocí.

-Lo lamento.

-No hace falta. Uno aprende a vivir con las ausencias.

Jaxon asintió despacio. Sus ojos, por un instante, se desviaron hacia el fuego, y algo cruzó su rostro: una sombra antigua, un fantasma que no lograba nombrar. Alessandro la reconoció. Era la misma expresión que había visto en su madre cuando creía que nadie la observaba.

-Hay ausencias -murmuró el anciano- que pesan más que las presencias.

-Sí.

-Y hay hombres que pasan toda la vida intentando compensarlas.

-También.

Se quedaron en silencio. En la chimenea, un tronco se partió con un chasquido seco.

-Dígame, señor Baldwin -dijo Jaxon al fin, recuperando su tono de mando-, ¿qué quiere de mi empresa?

-Quiero que sobreviva.

-Eso dice mi nieta que dice usted.

-Es verdad.

-Y yo me pregunto por qué un hombre sin vínculos con nosotros querría salvar a quien está a punto de caer.

-Porque las caídas son caras para todos. Para los empleados, para los proveedores, para los accionistas. -Alessandro ajustó la voz-. Y porque su nieta merece una oportunidad real de dirigir lo que ha construido con tanto esfuerzo.




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