Prohibido Por La Sangre

Capítulo 5/2: Lo que no se dice

Cuando amaneció, Alessandro seguía en el hospital.

No había dormido. Se había lavado las manos tres veces en el baño del pasillo, había cambiado la camisa manchada por una que Tobias le hizo llegar a las seis de la mañana, y se había quedado sentado en la sala de espera de la unidad coronaria, con un vaso de café intacto entre las manos y la vista fija en la puerta doble por donde habían entrado a Jaxon.

Hacía tiempo que no se sentía tan cansado. Ni tan confundido.

Una enfermera pasó a su lado empujando un carrito, y el chirrido de las ruedas lo devolvió a la realidad. Miró el reloj. Las siete y diez. En algún lugar de aquel edificio, el hombre que lo había negado respiraba con ayuda de una máquina, gracias a una decisión que él mismo no lograba explicar.

-¿Señor Baldwin?

Alzó la vista. Un hombre de cabello castaño veteado de gris y ojos tristes se había detenido frente a él, con el abrigo desabrochado y un aspecto de agotamiento que le envejecía el rostro. Alessandro lo reconoció al instante. Lo había visto en decenas de fotografías, siempre un paso detrás de su padre, siempre con la misma sonrisa discreta.

Erick Belligrham.

-Soy Erick -dijo, tendiéndole la mano-. El padre de Halsey. Me ha contado mi hija lo que hizo anoche.

Alessandro se levantó y le estrechó la mano. Era una mano fina, tibia, ligeramente húmeda.

-Fue lo que correspondía.

-No. -Erick negó con la cabeza, y su voz tembló-. Lo que correspondía era que yo estuviera allí. Que cualquiera de nosotros estuviera allí. Y no estábamos. Un desconocido tuvo que...

-No soy un desconocido para su hija.

-Quizá no. -Sonrió con tristeza-. Pero lo era para mi padre hasta hace dos horas, y aun así le dio el aliento que nosotros no supimos darle en tantos años.

La frase quedó flotando entre ambos. Alessandro sintió un nudo extraño en el estómago. Aquel hombre no tenía nada de la arrogancia que había esperado encontrar en la sangre de Jaxon. Hablaba con una humildad casi dolorosa, como alguien que lleva demasiado tiempo pidiendo perdón por existir.

-¿Cómo está? -preguntó Alessandro.

-Sedado. Estable, dicen. Mañana o pasado sabrán más.

-Me alegra.

-A mí también. -Erick bajó la voz-. Mi hija me dijo que usted es accionista de la empresa.

-Así es.

-Ella desconfía de usted.

-Ha hecho bien.

-Ya no tanto. -Erick esbozó una sonrisa cansada-. Esta mañana me ha dicho que usted es la primera persona que ha visto en mucho tiempo que no le pide nada.

Alessandro desvió la mirada. Aquel comentario, tan sencillo, le cayó como una piedra en el pecho. Pensó en el cuaderno negro, en las sociedades pantalla, en el veintidós por ciento que había acumulado durante años. *No le pide nada.* Si ella supiera.

-Su hija es una mujer extraordinaria -dijo, y se sorprendió de la sinceridad con que lo dijo.

-Lo es. -Erick se pasó la mano por el rostro-. Más de lo que yo merezco.

-Los padres no suelen merecer a sus hijos.

-Es cierto. -Soltó una risa corta-. Pero algunos lo intentamos.

Se quedaron un momento en silencio. En el pasillo, dos médicos conversaban en voz baja. Erick volvió a tender la mano.

-Gracias, señor Baldwin. De verdad.

-Alessandro.

-Alessandro. -Probó el nombre con una cierta extrañeza, como si lo hubiera oído antes en algún sueño-. Es un nombre bonito.

-Me lo puso mi madre.

-Debió quererle mucho.

-Sí -dijo Alessandro, con la garganta seca-. Mucho.

Erick asintió y se alejó hacia la sala de espera de familiares, con los hombros caídos y el paso lento. Alessandro lo siguió con la mirada, y por un instante, apenas un instante, sintió algo que no estaba en ningún cálculo.

*Es un buen hombre*, pensó. *Y yo he venido a destruir lo que él ama.*

Apartó la idea de un golpe seco, como quien aparta un mosquito. Pero la idea volvió, insistente, a zumbarle en la nuca.

---

Halsey despertó a las ocho en punto, sobresaltada, en la silla de plástico junto a la cama de su abuelo. Tardó un segundo en recordar dónde estaba. Después, con una punzada en el pecho, miró hacia el lecho: Jaxon seguía inmóvil, con una mascarilla de oxígeno sobre el rostro y una maraña de cables en el brazo, pero el monitor marcaba un ritmo regular.

Respiró aliviada. Se frotó los ojos, se levantó con esfuerzo y salió al pasillo.

Alessandro estaba junto al ventanal, de espaldas, con las manos en los bolsillos. Contemplaba la ciudad que despertaba, y su silueta recortada contra la luz del amanecer tenía una soledad serena que a Halsey le resultó extrañamente familiar.

Se acercó y, sin decir nada, le tendió un vaso de cartón.

Él se giró, sorprendido.

-Café con leche -dijo ella-. Sin canela. No supe si le gustaba.

-Gracias.

-Es un intercambio. Usted me trajo uno el jueves.

-Me acuerdo.

-Y yo le debo muchos más. -Bajó la vista-. No he sabido darle las gracias como corresponde.

-Ya me las dio ayer.

-Ayer estaba fuera de mí.

-Lo estaba. -Alessandro bebió un sorbo y sonrió apenas-. Y aun así fue amable.

-Soy amable cuando estoy asustada. Es un defecto.

-Es una virtud.

-Mi abuelo diría que es una debilidad.

-Su abuelo -dijo él, con una cautela que ella no notó- es un hombre que ha tenido que protegerse demasiado.

Halsey lo miró de reojo.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Solo que los hombres que no pueden permitirse la debilidad acaban llamándola defecto. -Se encogió de hombros-. Es una conclusión mía. No tiene valor.

-Tiene bastante, me parece.

Hubo una pausa. Se quedaron de pie, hombro con hombro, mirando por el ventanal cómo la ciudad se llenaba de luz. A lo lejos, entre los edificios, se divisaba la silueta oscura del edificio Belligrham, con sus cristales relucientes bajo el sol.

-Hay un momento -dijo Halsey de pronto- en que uno comprende quién es de verdad. Y casi nunca ocurre en las reuniones de negocios.




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