Prohibido Por La Sangre

Capítulo 6: El círculo

Jaxon Belligrham despertó al tercer día.

Lo primero que vio fue el techo blanco de la habitación del hospital. Lo segundo, la silueta de su nieta dormida en una silla junto a la cama, con la cabeza ladeada y una manta de lana sobre los hombros. Tenía la ropa arrugada, el cabello suelto y unas ojeras profundas que no lograban esconder la delicadeza de su rostro.

Se quedó mirándola un largo rato, sin moverse.

Había en aquella joven algo que lo desarmaba: una lealtad sin cálculo, una terquedad serena que no había heredado de él, sino de algún lugar más limpio. Pensó en cuántas veces la había tratado como una pieza más del negocio. Pensó en lo poco que le había dicho que la quería.

-Halsey -susurró.

Ella abrió los ojos de golpe y se incorporó.

-¡Abuelo! ¿Cómo te sientes? ¿Quieres agua? ¿Llamo al médico?

-Calma. -Una sonrisa débil le cruzó los labios resecos-. Siempre has hecho demasiadas preguntas a la vez.

-Es la costumbre.

Le acercó un vaso con una pajita, y él bebió despacio. Cuando terminó, se recostó contra las almohadas, y durante un momento ambos escucharon el pitido regular del monitor.

-¿Cuánto tiempo?

-Tres días.

-¿Y la empresa?

-Nada de eso ahora.

-Halsey.

-La empresa sigue en pie. -Suspiró-. Hice lo que pude.

Jaxon cerró los ojos. Le dolía el pecho, y le dolía algo más hondo, un recuerdo confuso, una imagen que se le escapaba como arena entre los dedos: un niño en un pasillo oscuro, con un tablero bajo el brazo.

-Aquel hombre -dijo-. El que estaba conmigo.

-Alessandro Baldwin.

-Sí. ¿Dónde está?

-Aquí cerca. Ha venido todos los días.

-¿Todos?

-Casi. -Halsey desvió la mirada, con una ligera tensión en la voz-. Él te reanimó, abuelo. Sin él, no estarías aquí.

-Lo sé. Me lo contó el médico.

-¿Y?

-Y quiero verlo.

-Ahora no. Debes descansar.

-Halsey.

-Mañana. Te lo prometo.

Jaxon la observó con una atención que ella no supo interpretar. Algo en el modo en que su nieta había pronunciado aquel nombre, con una suavidad casi involuntaria, le hizo fruncir el ceño. Pero estaba demasiado débil para indagar.

-Mañana -concedió.

---

Aquella semana, la vida de los Belligrham se reorganizó en torno a un hospital.

Erick se turnaba con Halsey en las noches. Sabrina, que apenas había aparecido durante las primeras horas, empezó a presentarse a media tarde con cestas de frutas y la expresión de quien lleva días sin dormir. Paul acudía a ratos, siempre con prisa, siempre con alguna excusa. Victoria visitaba a su marido cada mañana, con el abrigo puesto y la espalda recta, y se quedaba junto a la cama exactamente una hora, ni un minuto más, hablando de cosas sin importancia.

Y entre todos ellos, casi sin que nadie reparara en cuándo ocurrió, apareció Alessandro.

Llegaba por las tardes, discreto, con un café en la mano y un informe bajo el brazo. No pedía permiso para entrar. Se sentaba en la sala de espera, junto a Halsey, y le explicaba con paciencia las novedades del mercado, las llamadas de los bancos, las maniobras de los proveedores. Cuando una cifra la desconcertaba, él se la desmenuzaba con calma, sin condescendencia, como se le explica un mapa a alguien que va a cruzar un desierto.

-Los de Hartwell piden una reunión -le dijo el martes-. Quieren renegociar los plazos.

-Es lo que me temía.

-Pero no tienes que ir sola.

-¿Me acompañarías?

-Si tú quieres.

-Sí. -Lo dijo antes de pensarlo-. Sí quiero.

Fue así como Alessandro se encontró, tres días después, sentado junto a Halsey en una sala de juntas del Banco Hartwell, frente a tres hombres de traje oscuro que lo miraban con una curiosidad cautelosa.

No habló demasiado. No hacía falta. Cuando el director de crédito, un hombre de rostro cuadrado y sonrisa prefabricada, empezó a presentar un calendario de pagos acelerado, Alessandro apoyó los codos sobre la mesa y formuló una sola pregunta, con voz tranquila:

-¿Han considerado el efecto que ese calendario tendría sobre el valor de su propia cartera?

El director parpadeó.

-No entiendo.

-Si Belligrham Production Companies entra en default, ustedes perderán el cuarenta por ciento de lo que prestaron, y quedarán expuestos ante sus accionistas por una operación mal calculada. -Sonrió con suavidad-. Mientras que, si aceptan un aplazamiento con garantías, tendrán un cliente solvente dentro de dos años.

-Las garantías...

-Se las puedo ofrecer yo.

Halsey giró la cabeza, sorprendida. Alessandro no la miró. Mantuvo la vista fija en el director.

-Reina Blanca Capital respaldará personalmente un tramo de la deuda, durante doce meses, con una cláusula de recompra. Es mejor negocio para ustedes que ejecutar.

-¿Por qué haría usted eso? -preguntó uno de los hombres.

-Porque creo que esta empresa merece sobrevivir.

Hubo un silencio. Los tres banqueros intercambiaron una mirada. Al cabo de diez minutos, con una pluma negra y una firma rápida, el aplazamiento quedó aprobado.

Cuando salieron a la calle, Halsey se detuvo en la acera, con las manos temblorosas y los ojos brillantes.

-No sé qué decir.

-No digas nada.

-Acabas de comprometer una cantidad enorme de dinero por una empresa que no es tuya.

-Es una inversión.

-No lo es. -Se acercó un paso-. Y lo sabes.

Alessandro sostuvo su mirada. Se sentía como un hombre al borde de un acantilado, con el viento empujándole la espalda. Es una estrategia, se repitió. Una forma de entrar en el círculo. Una pieza más. Pero cuando ella le tomó la mano, de pronto, en plena calle, delante de la gente que pasaba, sintió que las palabras no le servían de nada.

-Gracias -susurró Halsey-. Por no dejarme sola.

-No tienes que agradecerme.

-Sí. Porque no sé cómo pagártelo.

-No hay nada que pagar.

-Ya lo veremos.




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