Prohibido Por La Sangre

Capítulo 7 : La carta que faltaba

La invitación llegó en un sobre color crema, con el escudo de la familia Belligrham grabado en relieve y una caligrafía elegante, casi severa:

Señor Baldwin: Me complacería recibirle a tomar el té el jueves, a las cinco, en la mansión. Víctor... Victoria Belligrham.

Alessandro la leyó dos veces. Había algo extraño en aquella tarjeta, un temblor casi imperceptible en la última línea, donde la pluma había comenzado a escribir un nombre equivocado antes de corregirlo. Se la mostró a Tobias, que la examinó con el ceño fruncido.

-Es una trampa.

-Es una invitación.

-Es lo mismo, viniendo de esa mujer.

-Quizá. -Alessandro guardó la tarjeta en el bolsillo interior de su chaqueta-. Pero rechazarla sería peor.

Y fue.

---

La mansión, a las cinco de la tarde, tenía la luz dorada y melancólica de los cuadros viejos. Beatrice lo guio por el pasillo de mármol hasta un salón pequeño del ala oeste, de paredes empapeladas en seda verde y ventanales que daban a un jardín de rosales.

Victoria lo esperaba junto a una mesa baja, de pie, con un vestido gris perla y el cabello recogido en un moño impecable. A su lado humeaba una tetera de porcelana. Era una mujer de sesenta y dos años, de una belleza afilada y fría, que se sostenía con una elegancia casi dolorosa, como una figura de cristal a punto de quebrarse.

-Señor Baldwin. Gracias por venir.

-Es un honor, señora.

-No lo diga tan pronto. Aún no sabe lo que voy a pedirle.

Sonrió con una cortesía exacta y le indicó un sillón. Alessandro se sentó. Ella le sirvió el té con una mano firme, sin derramar una gota, y se acomodó frente a él.

-Mi nieta lo aprecia mucho.

-Y yo a ella.

-Eso me han dicho.

-¿Le molesta?

-No. -Alzó los ojos, de un azul acerado-. Me inquieta.

-¿Puedo preguntar por qué?

-Porque en mi familia, señor Baldwin, las cosas buenas no suelen llegar sin factura.

La frase quedó suspendida entre ambos. Alessandro tomó la taza, la sostuvo un instante y bebió un sorbo sin apartar los ojos de ella. Se obligó a mantener la calma. No lo sabe, se dijo. No puede saberlo. Pero cada músculo de su cuerpo se había puesto en guardia.

-Mi marido está muy débil -continuó Victoria-. Los médicos dicen que quizá no pase del invierno. Y mi nieta, que es una criatura generosa, cargará con las consecuencias.

-Estoy aquí para ayudarla.

-Sí. Eso dice.

-¿Lo duda?

-Dudo de todo el mundo. Es una costumbre de vieja. -Dejó su taza con un leve tintineo-. ¿Sabe lo que me enseñó mi padre, señor Baldwin? Que cuando un desconocido entra en tu casa con las manos llenas, hay que preguntarse qué espera llevarse a cambio.

-No espero nada.

-Todos esperan algo.

-Yo espero que la empresa sobreviva.

-Y que mi nieta sea feliz, imagino.

Alessandro tardó en responder.

-Eso dependerá de ella.

-Qué respuesta tan prudente.

-Es la única que puedo darle.

Victoria lo observó con una atención casi clínica. Sus ojos recorrieron su rostro, su mandíbula, el gesto de sus manos, la forma en que sostenía la taza. Había en aquel escrutinio algo de cirujano y algo de madre. Alessandro sintió cómo el aire del salón se hacía más denso.

-¿Cuántos años tiene, señor Baldwin?

-Cuarenta y seis.

-Edad curiosa.

-¿Por qué?

-Porque es la misma que tendría alguien que nació el año de mi boda. -Sonrió con una frialdad perfecta-. Es una casualidad que siempre me ha llamado la atención.

-Las casualidades abundan.

-Sí. Casi tanto como los secretos.

Hubo un silencio largo. En el jardín, un jardinero podaba los rosales con una indiferencia ritual. Alessandro sintió que le sudaba la nuca, pero mantuvo el rostro inmóvil, con la serenidad entrenada durante tantos años frente a un tablero.

-Señora Belligrham -dijo con suavidad-, ¿me ha invitado para decirme algo?

-Para pedirle algo.

-Dígame.

-Que cuide de mi nieta.

-Lo haré.

-Y que, cuando llegue el momento de elegir entre ella y lo que haya venido a buscar aquí, la elija a ella.

Alessandro sintió una punzada helada en la columna.

-No sé qué insinúa.

-Nada. -Victoria se levantó con una gracia infinita-. Solo que he vivido mucho. Y he visto a hombres con la mirada que usted tiene cuando cree que nadie lo observa. Son hombres que cargan con algo muy pesado. Y no siempre saben cuándo soltarlo.

Se acercó a la ventana. Contempló los rosales, de espaldas a él, con las manos entrelazadas.

-Yo también cargo con cosas, señor Baldwin. Y le aseguro que no se vuelven más ligeras con los años.

-Lo imagino.

-No. No lo imagina. -Se giró con una sonrisa desolada-. Pero algún día lo sabrá.

Alessandro se puso de pie. Hizo una leve inclinación de cabeza.

-Gracias por el té, señora.

-Gracias por venir.

Cuando se disponía a salir, ella añadió con voz casi inaudible:

-Una última cosa.

-Dígame.

-Si algún día decide contarle a mi nieta algo que no le he contado yo... -Una pausa-. Hágalo con cuidado. Algunas verdades son cuchillos, y a veces no importa quién las lance, sino a quién se las clavan.

Alessandro la miró durante un instante largo. Y por primera vez creyó ver, bajo la máscara de piedra, algo parecido a una súplica.

-Lo tendré presente -dijo.

Salió. Victoria permaneció junto a la ventana, inmóvil, hasta que oyó cerrarse el portón. Entonces apoyó la frente en el cristal frío y cerró los ojos.

-Perdóname, Jaxon -susurró-. No sé hacerlo mejor.

---

Dorian Hale llamó dos días después.

Alessandro estaba solo en su oficina cuando el teléfono sonó, con un número desconocido en la pantalla. Contestó sin ánimo.

-Baldwin.

-Señor Baldwin. -Una voz masculina, mayor, con un leve temblor de cansancio-. Me llamo Dorian Hale. Necesito hablar con usted.




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