Prohibido Por La Sangre

Capítulo 8: La caja fuerte

La confesión de Erick llegó a la una y diez de la tarde, en una oficina con las persianas bajadas y un maletín abierto sobre el escritorio.

Halsey había entrado sin llamar. Traía una carpeta bajo el brazo y esa expresión suya, entre firme y asustada, que desde niña le aparecía cuando se preparaba para escuchar algo que no quería saber. Se detuvo al ver los libros de contabilidad esparcidos, las hojas tachadas, la taza de café frío. Y a su padre, de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda y los hombros hundidos.

-Cierra la puerta -dijo él.

Ella obedeció.

-Papá, ¿qué...?

-Siéntate, por favor.

-Prefiero estar de pie.

-Como quieras. -Erick se giró. Tenía los ojos enrojecidos y la mandíbula tensa, como si llevara horas apretando los dientes-. Voy a contarte algo. Y te pido que no me interrumpas hasta que termine, porque si me interrumpes, no tendré el valor de acabar.

Halsey sintió un frío súbito en el estómago.

-Te escucho.

Hablaron durante cuarenta minutos. Mejor dicho, habló él. Contó cómo había empezado todo con una deuda de Paul, un préstamo de sus ahorros, un desvío «temporal» de una cuenta de la empresa. Contó cómo las cantidades habían crecido, cómo había falsificado asientos, cómo había construido un laberinto de movimientos que ahora no sabía cómo deshacer. Pronunció las cifras con una voz monótona, de funcionario que lee su propia sentencia.

-Setecientos treinta mil dólares -concluyó-. Con intereses, casi un millón. Es dinero de la empresa. Dinero de los accionistas. Dinero que nunca debí tocar.

Halsey tenía el rostro pálido. No había dicho una palabra. Con las manos apretadas contra el vientre, miraba a su padre como se mira a un desconocido que lleva años viviendo en tu casa.

-¿Por qué? -preguntó por fin, con un hilo de voz.

-Por Paul.

-Paul tiene cuarenta años.

-Y yo tengo cuarenta y tres. -Una sonrisa rota-. Los hermanos mayores nunca dejamos de serlo.

-Eso no es una excusa.

-No lo es.

-¡Es un delito, papá!

-Lo sé.

-¡Te pueden condenar a años de cárcel!

-Lo sé también.

Halsey se pasó una mano por el cabello. Caminó hasta la pared, se dio la vuelta, volvió. En sus ojos ardían la rabia, el miedo y una ternura desesperada que le resultaba insoportable.

-¿Quién más lo sabe?

-Nadie. Que yo sepa.

-Alessandro me dijo una vez que revisara bien las cuentas. Que había cosas que no cuadraban.

-Entonces lo sospecha.

-Si lo usa en el consejo...

-No creo que lo haga. -Erick sonrió con tristeza-. No es esa clase de hombre.

-No lo conoces.

-Lo suficiente.

-Papá, estamos hablando de...

-Halsey. -Le tomó las manos-. Escúchame. No voy a esperar a que nadie me descubra. Mañana mismo iré a ver a un abogado. Y después, a la policía.

-¡No!

-Es lo correcto.

-¡Es una locura! Podemos devolver el dinero. Vender algo. Buscar una forma...

-¿Con qué? ¿Con qué vamos a devolver un millón de dólares si la empresa se hunde?

-Con lo que sea.

-No, hija. -Le acarició la mejilla con una ternura infinita-. No quiero que cargues con mi error. Ni que mi apellido te arrastre a ti también.

Halsey rompió a llorar. No fue un llanto discreto: fue un sollozo grande, quebrado, de niña a la que le quitan algo que daba por seguro. Erick la abrazó contra su pecho, y ella se aferró a su camisa con los dos puños, murmurando entre hipos que no podía perderlo, que no podía quedarse sola, que su abuelo se moría y su madre ya no estaba y que él era lo único que le quedaba.

-No me vas a perder -dijo él, con la voz hecha trizas-. Siempre voy a estar aquí.

-En la cárcel.

-Aun en la cárcel.

-No es lo mismo.

-No. -Le besó la coronilla-. Pero es lo que hay.

Se quedaron abrazados mucho tiempo, mientras el sol de la tarde dibujaba franjas doradas sobre los libros desordenados. Ninguno de los dos advirtió que, al otro lado de la puerta, Ana Torres retrocedía en silencio, con la mano suspendida a punto de llamar y el rostro descompuesto.

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Esa noche, Paul Belligrham esperó hasta las doce y media.

Escuchó los pasos de Beatrice apagarse en el pasillo del servicio, el último portazo de la cocina, el crujido lejano de la escalera cuando Victoria subió a su dormitorio. Esperó a que la casa respirara en el ritmo lento de las casas dormidas. Después se levantó, descalzo, con una linterna pequeña en el bolsillo y la boca seca como un desierto.

Había recibido esa tarde una llamada que le heló la sangre. Cutler, con su voz suave y sus dos dientes de oro: Se acabó el plazo. Mañana por la noche. O nos traes algo de valor, o nos quedamos con algo tuyo.

Bajó las escaleras sin hacer ruido. Atravesó el vestíbulo de mármol, donde su propia respiración le sonaba demasiado fuerte. Se detuvo ante la puerta del estudio de su padre y apoyó la frente contra la madera.

-Perdóname -susurró.

Giró el picaporte. La habitación olía a cuero, a papel viejo y a un whisky que ya nadie bebía. La luz de la luna entraba por los ventanales y dibujaba rectángulos pálidos sobre la alfombra. En la pared del fondo, tras un cuadro de un velero en tormenta, estaba la caja fuerte.

Paul conocía la combinación.

Era un secreto de familia que su padre creía bien guardado. Pero de niño, escondido bajo el escritorio durante un juego, había visto girar la rueda una y otra vez. Cuatro números. Los mismos que cualquier hombre de su generación habría elegido sin pensar: la fecha de su boda.

Apartó el cuadro. Con dedos temblorosos, giró la rueda.

Un clic seco, metálico, perfecto. La puerta cedió.

Había esperado fajos de billetes, joyas, quizá algún reloj antiguo. Pero lo que encontró fue un amasijo de papeles: contratos, pagarés, cartas viejas con la caligrafía de su abuelo Richard. Y al fondo, apilados con una pulcritud casi religiosa, tres sobres de papel amarillento atados con una cinta negra.




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