Prohibido Por La Sangre

Capítulo 8/2: Lo que queda después del disparo

La policía llegó a Saint Mercy a las cinco de la madrugada.

Eran dos agentes de paisano, un hombre y una mujer, con el aspecto de quienes llevan demasiadas noches sin dormir. El hombre se presentó como el detective Reyes: cuarenta y tantos años, cabeza rapada, ojeras profundas y una libreta de espiral que sostenía como un arma. La mujer, más joven, de mirada atenta y trenza oscura, se limitó a asentir con un gesto seco.

-Señor Baldwin -dijo Reyes-, necesitamos hacerle unas preguntas.

-Por supuesto.

-Mejor en privado.

Lo condujeron a una pequeña sala de consulta con una mesa de formica y dos sillas, y cerraron la puerta. Alessandro se sentó con las manos sobre las rodillas. Aún llevaba la camisa manchada, y cada vez que respiraba le llegaba el olor metálico de la sangre seca.

-¿Qué hacía en el muelle viejo a las tres de la madrugada?

-Me llamó el señor Belligrham.

-¿Paul Belligrham?

-Sí.

-¿Por qué?

-Quería pedirme ayuda.

-¿Qué clase de ayuda?

-Tenía deudas. Con unos hombres peligrosos.

-¿Usted y él eran amigos?

-Nos conocíamos de forma superficial. -Alessandro sostuvo su mirada-. Soy accionista de la empresa familiar. Y amigo de su sobrina.

Reyes anotó algo. La agente se apoyó en la pared, sin quitarle los ojos de encima.

-¿Y por qué lo llamó a usted y no a su hermano o a su padre?

-Me dijo que no podía confiar en su familia.

-¿Le explicó por qué?

-No.

-¿Vio a los agresores?

-Sí.

-¿Puede describirlos?

-Uno era un hombre bajo, con un abrigo de cuero y dos dientes de oro. Lo llamaron Cutler. El otro, enorme, calvo, con una cicatriz en el cuello. Fue quien disparó.

Reyes levantó la vista de la libreta.

-¿Cutler?

-Prestamista, según tengo entendido. Opera en el puerto.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque mi analista llevaba semanas siguiéndole. -Alessandro mantuvo el tono sereno-. Tengo documentación sobre sus cuentas y sus movimientos. Se la entregaré a mi abogado esta misma mañana.

El detective cruzó una mirada con su compañera. Había en ella un destello de interés.

-Eso nos sería muy útil.

-Lo sé.

-¿Por qué se la entregaría a un abogado y no directamente a nosotros?

-Porque prefiero que lo haga alguien que sepa cuidar los detalles legales. -Sonrió con una frialdad educada-. No quiero que se pierda nada en el camino.

Reyes cerró la libreta con un golpe suave.

-Señor Baldwin, ¿puedo hacerle una pregunta personal?

-Adelante.

-¿Por qué se interpuso?

-No fui yo.

-¿Cómo dice?

-Fue él. -Se le quebró la voz por primera vez-. Paul se interpuso. El disparo iba dirigido a mí.

Un silencio incómodo se instaló en la sala. La agente bajó los ojos. Reyes carraspeó con una torpeza casi humana.

-Lo lamento.

-Gracias.

-Haremos todo lo posible por encontrarlos.

-Eso espero.

-Si recuerda algo más...

-Le llamaré.

Reyes le tendió una tarjeta. Alessandro la tomó y la guardó en el bolsillo sin leerla. Cuando los dos agentes salieron, se quedó solo en la pequeña sala, con las manos entrelazadas ante la boca y la mirada fija en la formica, donde alguien había rayado un corazón con una llave.

Se interpuso.

La palabra seguía latiendo en su cabeza, una y otra vez, como el eco de una campana rota.

---

Tobias lo encontró en el pasillo, a las seis menos diez.

Traía una bolsa de deporte, un termo de café y la expresión de un hombre que ha pasado la noche tomando decisiones difíciles. Se detuvo a pocos pasos, observó la camisa manchada, el rostro demacrado, las manos aún temblorosas, y no dijo nada. Le tendió la bolsa.

-Ropa limpia. Y su tablet.

-Gracias.

-Ya he movido los hilos. Cutler está localizado. La policía lo tendrá antes del mediodía.

-Bien.

-He hablado con el abogado. Tiene copia de todo.

-Perfecto.

-Señor. -Tobias bajó la voz-. ¿Y la bolsa de lona?

Alessandro tardó en responder.

-Está en el maletero de mi coche. Cerrado.

-¿La ha abierto?

-No.

-¿Piensa abrirla?

-No lo sé.

-¿Qué hay dentro?

-Papeles de Jaxon. -Se pasó una mano por el rostro-. Contratos. Pagarés. Y tres sobres que... -Se detuvo.

-¿Qué?

-Que no sé si quiero leer.

Tobias lo miró con una expresión nueva, seria, casi paternal. Se sentó a su lado en la banqueta de plástico y le tendió el termo.

-Beba.

Alessandro obedeció. El café estaba amargo y casi frío, pero le quemó la garganta con un alivio extraño.

-Señor -dijo Tobias-, usted no tiene que cargar con todo a la vez.

-Alguien tiene que hacerlo.

-Alguien. No necesariamente usted.

-Tobias...

-Escuche. -Se giró hacia él-. Ayer le dije algo que no le gustó. Hoy se lo repito, con más motivo. Ese hombre ha recibido un disparo por usted. Y la familia entera lo trata como a uno de los suyos. Eso es una deuda, sí. Pero también es una oportunidad.

-¿Para qué?

-Para dejar de jugar.

El silencio que siguió fue largo. En el pasillo, una enfermera pasó empujando una camilla vacía.

-No puedo -dijo Alessandro al fin.

-¿Por qué?

-Porque no sabe usted lo que sé yo.

-Tampoco necesito saberlo.

-Podría hacerles mucho daño.

-También puede evitárselo.

Alessandro lo miró, con los ojos enrojecidos y una expresión desprotegida que Tobias jamás le había visto. Quiso decirle algo. Quiso contarle la verdad: que era hijo de Jaxon, que Erick no lo era, que su padre lo había vigilado durante décadas sin acercarse nunca. Pero las palabras se le atascaron en la garganta como espinas.

-Guarde la bolsa en la caja fuerte de mi apartamento -dijo en su lugar-. No la toque. No la abra. Cuando esté listo, yo mismo lo haré.

-Entendido.

-Y Tobias.

-Dígame.

-Gracias por no preguntar.

-Nunca pregunto. -Sonrió apenas-. Solo observo.




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