Llovió el día del entierro de Paul.
No fue una lluvia violenta. Fue una de esas lluvias finas y persistentes de finales de otoño, que no caen sino que flotan, y que lo empapan todo sin hacer ruido. El cementerio de Hollow Hill, en las afueras de la ciudad, estaba cubierto por una neblina baja que difuminaba las lápidas y convertía los cipreses en siluetas de tinta. Los paraguas negros se abrían entre las tumbas como una bandada de cuervos inmóviles.
Había más de trescientas personas. Productores, actores, banqueros, políticos, periodistas que fingían no serlo. Todos los que habían bebido champán en las fiestas de los Belligrham se habían puesto un abrigo oscuro y un gesto compungido para acudir a despedir al hijo menor. Algunos lloraban de verdad. Otros se limitaban a mirar el reloj.
Alessandro llegó solo, a pie, con el cuello del abrigo levantado y las manos hundidas en los bolsillos. Se quedó al fondo, apartado del grupo, junto a un ángel de piedra al que la lluvia había ennegrecido las alas. Desde allí veía perfectamente el ataúd de madera clara, cubierto de rosas blancas, y a la familia reunida a su alrededor.
Victoria estaba en primera fila, vestida de negro riguroso, con un velo ligero sobre el rostro. Mantenía la espalda recta y las manos enguantadas cruzadas sobre el bolso, y a su lado, sosteniéndola casi sin tocarla, había un hombre alto, de cabello plateado y traje impecable, que Alessandro no había visto nunca. Rondaba los cuarenta y cinco años. Tenía una sonrisa discreta, de esas que se ensayan frente al espejo, y la costumbre de inclinarse hacia Victoria para murmurarle algo al oído cada vez que ella parecía flaquear.
-Lucian Marsh -dijo una voz a su lado-. Asesor de inversiones. Amigo íntimo de la familia desde hace años.
Alessandro giró la cabeza. Tobias estaba a su derecha, con un paraguas oscuro y una libreta mojada en la mano.
-No me suena.
-No debería. Se mueve entre bastidores. -Tobias bajó la voz-. Pero lleva dos años ocupándose de los asuntos privados de la señora Belligrham. Inversiones personales. Una cuenta en Zúrich.
-¿Alguna relación con la empresa?
-Ninguna. Eso es lo raro.
Alessandro volvió a mirar al hombre. Lo vio ofrecerle un pañuelo a Victoria, rozarle el codo con una confianza demasiado cuidadosa, sonreír a un invitado que se acercaba a dar el pésame. Todo en él era correcto. Y precisamente por eso, le dio mala espina.
-Averigua más -murmuró.
-Ya lo hago.
En el pie de la tumba, el sacerdote había empezado la oración. Su voz grave y monótona se mezclaba con el repiqueteo del agua sobre los paraguas. Jaxon, sentado en su silla de ruedas, envuelto en una manta gruesa y con un sombrero negro calado hasta las cejas, miraba el ataúd con la expresión vacía de quien ya no tiene nada más que perder.
Halsey estaba de pie detrás de él, con una mano sobre el respaldo de la silla. Había llorado tanto que ya no le quedaban lágrimas. Tenía los ojos secos y rojos, y la mirada fija en las flores. A su lado, Erick, con el traje arrugado y la corbata mal anudada, repetía en silencio las palabras del sacerdote, como un niño que reza sin entender.
Sabrina no había asistido a la misa. Había llegado después, sola, con un abrigo largo y unas gafas oscuras, y se había quedado en el último extremo del grupo, apartada de todos. Alessandro la observó un momento. Había algo distinto en su postura: una rigidez nueva, como de quien acaba de decidir algo irreversible.
Cuando el sacerdote terminó, Jaxon pidió la palabra.
Nadie lo esperaba. Halsey se inclinó hacia él, murmurando una objeción, pero el anciano alzó una mano temblorosa y ella se retiró. Con ayuda de su nieta, se incorporó de la silla. Se quedó de pie, apoyado en un bastón, tambaleándose ligeramente, con la lluvia resbalándole por el sombrero y la voz hecha un hilo.
-Mi hijo Paul -empezó, y se detuvo.
El silencio fue absoluto. Solo se oía el agua cayendo sobre la tierra removida.
-Mi hijo Paul fue el más generoso de mis hijos. -Tragó saliva-. Y yo fui el menos generoso de los padres.
Un murmullo de incomodidad recorrió a los asistentes. Jaxon continuó, sin prestarle atención.
-Pasé la vida construyendo una empresa. Creí que eso era dejar un legado. Pero un legado es lo que queda en el corazón de quienes te sobreviven. Y yo no supe sembrar nada ahí. -Hizo una pausa, con la respiración entrecortada-. Paul sí. Murió protegiendo a otro. Es lo más grande que puede hacer un hombre.
Sus ojos grises se desplazaron, despacio, sobre los rostros de los presentes. Se detuvieron un instante en Alessandro, al fondo, junto al ángel de piedra. No fue una mirada larga. Fue un destello apenas, un reconocimiento silencioso, una gratitud muda.
Alessandro sintió que algo se le quebraba por dentro.
-Les pido perdón -concluyó Jaxon, con voz rota-. A todos. Por lo que no fui. Por lo que no di.
Hizo un gesto torpe, y Halsey lo ayudó a sentarse. Nadie aplaudió. Nadie se atrevió. El único sonido fue el de una sola mujer que lloraba bajito entre la multitud, y el repiqueteo de la lluvia sobre la madera del ataúd cuando los operarios comenzaron a descenderlo.
Alessandro bajó la cabeza. Apretó los puños dentro de los bolsillos hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
Fue entonces cuando lo vio.
A unos veinte metros, junto a un mausoleo de mármol gris, un anciano de cabello blanco y abrigo de lana contemplaba la escena apoyado en un bastón de madera pulida. Tenía las manos temblorosas y la mirada fija en un solo punto del grupo: Erick. Lo observaba con una intensidad dolorosa, sin parpadear, con los labios entreabiertos en un gesto que parecía una oración.
Alessandro lo reconoció al instante. Dorian Hale.
Dorian giró la cabeza. Sus ojos castaños se encontraron con los de Alessandro a través de la neblina. Hubo un reconocimiento breve, un asentimiento casi imperceptible. Después el anciano se dio la vuelta y se alejó entre las tumbas, con paso lento, apoyándose en el bastón, hasta que la bruma se lo tragó.
#4495 en Novela romántica
#1306 en Novela contemporánea
romance a escondidas amor celos, venganza dolor drama accion dinero, amor ciego
Editado: 30.10.2026