La oficina de Reina Blanca Capital tenía, a las seis de la tarde, la luz oblicua y amarillenta de los despachos donde se han tomado demasiadas decisiones. Los analistas se habían marchado. Las pantallas estaban apagadas, salvo una, en la mesa del fondo, donde un gráfico de líneas azules subía y bajaba sin que nadie lo mirara.
Tobias Kline había extendido sobre la mesa de acero seis hojas impresas, una libreta con anotaciones y un mapa de nombres unidos por flechas. Alessandro, de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos y la corbata aflojada, contemplaba la bahía sin verla.
-Lo tengo todo preparado -dijo Tobias.
-Cuéntame.
-El cebo debe ser verosímil. Algo que Marsh considere valioso y que solo pueda haberse enterado por la señora Belligrham. -Tomó una hoja-. He pensado en una operación falsa. Una venta.
-¿De qué?
-De su paquete accionarial. El treinta y cuatro por ciento que le cedió Jaxon. Si ella le cuenta a Marsh, en confianza, que usted planea vender ese paquete a un fondo extranjero en el plazo de quince días, él se lo comunicará a Holloway. Y Holloway moverá ficha.
-¿Cómo?
-Intentará adelantarse. Comprar ese paquete antes que el fondo. O presionar al consejo para que lo bloquee.
-Y en cualquiera de los dos casos, tendremos pruebas de que hay un canal abierto entre Marsh y Holloway.
-Exactamente.
Alessandro asintió despacio. Se pasó la mano por la barbilla, donde la barba empezaba a oscurecerle la piel.
-Es una buena trampa.
-Es una trampa limpia.
-Pero depende de Victoria.
-Ella se ofreció.
-No exactamente. -Alessandro se volvió-. Le pedí que siguiera como si no supiera nada. Ella aceptó.
-Es lo mismo.
-No lo es. Una cosa es callar. Otra, mentir a quien confía en ti.
Tobias dejó la hoja sobre la mesa. Lo miró con la expresión paciente de quien lleva muchos años observando a un hombre luchar contra sí mismo.
-Usted ya no está seguro de querer hacerlo.
-Hago lo necesario.
-Pero no sin que le pese.
-Nunca me ha pesado nada.
-Eso era antes.
Alessandro soltó una risa corta, sin alegría. Se dejó caer en un sillón de cuero, se frotó los ojos con las yemas de los dedos y se quedó mirando el techo.
-Tienes razón.
-Perdone, señor, ¿cómo dice?
-Que tienes razón. Antes nada me pesaba. -Cerró los ojos-. Ahora todo.
-Es señal de que está vivo.
-Es señal de que me estoy ablandando.
-Es señal de que se está convirtiendo en una persona. -Tobias sonrió con suavidad-. Y me atrevo a decir que le sienta mejor.
Alessandro abrió un ojo. Lo miró de reojo, con la sombra de una sonrisa.
-Te estás volviendo insolente.
-Siempre lo he sido. Solo que antes no me escuchaba.
-Es verdad.
Se hizo un silencio cómodo. Afuera, la bahía se teñía de un naranja violento. Los barcos, a lo lejos, eran puntos oscuros sobre el agua dorada. En algún lugar de la ciudad, una campana dio las seis y cuarto.
-Prepara el documento -dijo Alessandro al fin-. Con todos los detalles. Una propuesta de venta que parezca real. Fechas, importes, condiciones. Si Marsh es tan listo como creo, comprobará cada línea.
-Lo haré.
-Y avisa a Victoria. Que lo tenga antes del miércoles.
-¿Cómo?
-Por un canal seguro. Ella sabrá cuál.
-Entendido.
Tobias recogió los papeles. Antes de irse, se detuvo en la puerta con la carpeta bajo el brazo.
-Señor.
-Dime.
-Hoy en la sala de Hartwell, cuando habló de que la empresa tenía mil doscientos empleados... -Dudó-. Yo estaba mirando a la señorita Halsey. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no se le caía ninguna. Y usted, mientras tanto, apretaba la mano bajo la mesa.
-No sé qué insinúas.
-Nada. -Sonrió-. Solo que eso, señor, no lo planeó nadie.
Salió. La puerta se cerró con un chasquido suave. Alessandro se quedó solo en la oficina, con la luz del atardecer deslizándose por los cristales y un silencio nuevo, casi dulce, que se le instaló en el pecho como un animal dormido.
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En la cocina de la mansión de las colinas, a las ocho de la noche, se había reunido una cena improvisada.
No había mantel. No había candelabros. Solo una mesa de madera clara, cuatro platos de loza sencilla y una cacerola de sopa humeante que Beatrice había dejado a fuego lento antes de retirarse a su cuarto. Halsey, Erick y Sabrina comían en silencio, rodeados del murmullo de la casa, con las cucharas tintineando suavemente contra los cuencos.
Fue Halsey quien rompió la calma.
-Hay noticias.
Los dos la miraron.
-Hemos conseguido una prórroga. Cuarenta días.
Erick dejó caer la cuchara.
-¿Cuarenta?
-Cuarenta días. Con un pago inicial de treinta millones a los quince. -Respiró hondo-. El resto refinanciado a cinco años.
-¿Cómo lo habéis logrado?
-Alessandro.
-Otra vez él.
-Otra vez.
Erick sonrió, con los ojos húmedos, y se llevó una mano al pecho. Parecía que le acababan de quitar un yunque de encima.
-Dios mío. No sé cómo pagarle.
-Creo que ya lo hemos intentado.
-No lo suficiente.
-Nunca será suficiente. -Halsey se encogió de hombros-. Pero él no lo quiere.
Hubo un silencio breve. Sabrina, que había estado removiendo su sopa sin probarla, levantó la vista.
-Le tienes cariño.
La frase cayó sin dureza, como una constatación. Halsey se puso roja hasta las orejas.
-Es un amigo.
-Claro.
-Un buen amigo.
-Por supuesto.
-Y le debo mucho.
-Halsey. -Sabrina sonrió con ternura-. No hace falta que te justifiques.
-No me justifico.
-Estás justificándote.
-Es que...
-Déjala -intervino Erick, divertido-. Se le nota en la cara.
-¡Papá!
-Es verdad.
-No es verdad.
-Un poco sí.
Halsey se tapó el rostro con las manos, riendo y negando con la cabeza. Era la primera vez en días que se oía una carcajada en aquella cocina. Sabrina rio también, con una risa tímida, casi sorprendida de sí misma. Erick las miraba a las dos con un brillo de felicidad en los ojos.
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Editado: 30.10.2026