Prohibido Por La Sangre

Capítulo 13: Jaque en tres movimientos

El parque estaba casi vacío a las nueve de la mañana.

Era un jardín pequeño, rodeado de plátanos de hojas amarillas, con un estanque de aguas verdosas y varios bancos de hierro pintados de azul. Los pocos paseantes eran ancianos con abrigo y bufanda que alimentaban a las palomas, y madres jóvenes que empujaban cochecitos sobre los caminos de grava. Alessandro llegó antes de la hora. Se sentó en un banco junto al estanque, con las manos entre las rodillas y la mirada fija en el agua, y esperó.

Dorian apareció a las nueve y diez, apoyado en su bastón, con el abrigo gris abotonado hasta el cuello. Caminaba despacio, deteniéndose cada pocos pasos para recuperar el aliento. Alessandro se levantó al verlo y le ofreció el brazo. El anciano lo aceptó con una sonrisa tímida.

-Perdone el retraso.

-No ha llegado tarde.

-Me cuesta cada día más.

Se sentaron. Durante un rato no hablaron. Los patos cruzaban el estanque en fila, dejando tras de sí estelas finas que se deshacían en el agua. Un niño reía a lo lejos.

-Recibí su mensaje -dijo Alessandro al fin.

-Lo imaginaba.

-Dice que el jueves hablará con Erick.

-Sí.

-Quiero pedirle que espere.

-No puedo.

-Una semana más. Dos, a lo sumo.

-Señor Baldwin. -Dorian volvió hacia él unos ojos castaños llenos de una serenidad cansada-. Usted sabe cuánto me queda.

-No lo sé.

-Semanas. Quizá días. -Sonrió con suavidad-. Y no pienso desperdiciarlos en prudencias.

-No es prudencia. Es oportunidad. -Alessandro apretó las manos-. Erick está atravesando el momento más difícil de su vida. Acaba de enterrar a su hermano. Su padre se muere. Su empresa está a punto de caer. Y hay cosas más que desconoce.

-¿Qué cosas?

-No puedo decírselo.

Dorian lo miró con una atención aguda.

-Es curioso. Usted siempre calla lo importante.

-Lo sé.

-No me lo reprocho. Solo lo observo. -Ladeó la cabeza-. Dígame una cosa. ¿Por qué me ayudó?

-Se lo dije en el club.

-Me dijo que lo hacía por Erick. Pero yo creo que también lo hizo por otro motivo.

-¿Cuál?

-Porque usted también tiene un hijo que no ha podido abrazar.

Alessandro se quedó inmóvil. La frase lo atravesó como una flecha limpia.

-No tengo hijos.

-No me refería a eso. -Dorian sonrió-. Me refería a que usted también es el hijo de alguien que no ha podido acercarse a usted.

Un silencio cayó sobre el banco. Las hojas amarillas se desprendían de las ramas y giraban en el aire antes de posarse en el agua. Alessandro sintió que el corazón le latía en las sienes.

-¿Cómo lo sabe?

-No lo sé. Lo intuyo. -El anciano alzó una mano temblorosa-. No tiene que confirmarlo. Los viejos tenemos la costumbre de ver más de lo que decimos.

-Señor Hale...

-Solo quiero decirle algo. -Le puso una mano sobre el antebrazo-. Si hay un padre que lo espera, por mucho que usted crea que no lo merece, no deje pasar el tiempo. Yo cometí ese error durante cuarenta años. Y se lo aseguro: la culpa pesa más que el miedo.

Alessandro bajó la cabeza. Se pasó una mano por el rostro, con un gesto de cansancio profundo.

-Gracias.

-No me dé las gracias. Hágame caso.

-Lo intentaré.

-Eso es suficiente.

Se quedaron un rato más junto al estanque. Después, con un suspiro, Alessandro dijo:

-El jueves iré con usted.

-¿Sí?

-Estaré en el club. Sentado en la mesa de al lado. Si Erick necesita a alguien, allí estaré.

-Me tranquiliza.

-No le prometo que sea la mejor idea.

-Es la única que tengo. -Sonrió con ternura-. Y es mía. Eso la hace buena.

Alessandro rio, por primera vez en días. Ayudó al anciano a levantarse, le colocó el bastón en la mano y lo acompañó hasta la salida del parque, donde un taxi lo esperaba con el motor en marcha. Dorian subió con dificultad. Antes de cerrar la puerta, asomó la cabeza.

-Una última cosa.

-Dígame.

-Ese hijo suyo...

-No es mío.

-Ese hijo -repitió con paciencia- que tiene que perdonar.

Alessandro lo miró sin comprender.

-Perdone, ¿cómo dice?

-Que sea cual sea el pecado, no lo deje solo. -Sonrió, con una dulzura insondable-. Nadie debería morir sin ser perdonado.

Cerró la puerta. El taxi arrancó. Alessandro se quedó de pie en la acera, con los brazos colgando y el viento revolviéndole el cabello, viendo cómo el vehículo se perdía entre el tráfico.

---

Victoria recibió a Lucian en el salón verde a las cinco de la tarde.

Había pedido el té con esmero. Una bandeja de plata, dos tazas de porcelana fina, unos pastelitos de almendra que a él le gustaban y que Beatrice había horneado esa mañana. Se había vestido con un traje de punto beige, discreto, y se había recogido el cabello con un pasador de nácar. Se miró dos veces al espejo antes de bajar, y las dos veces se obligó a sonreír.

-Estás radiante -dijo Lucian al entrar.

-Mentiroso.

-Te lo juro.

-Siéntate, anda.

Él obedeció. Se acomodó en el sillón de terciopelo verde, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas, y la miró con esa atención cálida que le había parecido siempre un refugio. Victoria sintió un escalofrío. Sirvió el té con mano firme.

-¿Cómo está Jaxon? -preguntó él.

-Peor.

-Lo siento.

-Es lo que esperábamos.

-Aun así.

-Aun así. -Le tendió la taza-. Gracias por venir.

-Siempre.

Tomaron el té en silencio un rato. Victoria observaba el vapor que subía de su taza, con los dedos aferrados a la porcelana. Le temblaba ligeramente la muñeca. Se obligó a respirar con calma.

-Tengo algo que contarte -dijo al fin.

-Dime.

-Es... delicado.

-Puedes confiar en mí.

Era la frase que él decía siempre. La que le había abierto, durante seis años, todas las puertas. Victoria sintió que algo se le retorcía por dentro, un asco frío y una tristeza inmensa. Pero mantuvo el rostro sereno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.