-Hace mucho tiempo conocí a una mujer con un vestido amarillo.
Dorian lo dijo mirando el tablero, no a Erick. Tenía los dedos entrelazados sobre el borde de la mesa, y la luz de la lámpara le iluminaba las manos, que no dejaban de temblar. Erick no respondió. Se quedó muy quieto, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, esperando.
-Fue en una exposición -continuó el anciano-. Una de esas muestras de pintura abstracta a las que uno va porque alguien lo ha invitado y no sabe qué decir delante de los cuadros. Yo era asistente en una revista cultural. Ganaba poco y soñaba mucho, y ese día me habían encargado escribir cuatrocientas palabras sobre una artista de la que no había oído hablar.
Hizo una pausa. Tragó saliva.
-Había un cuadro grande, en la sala del fondo. Líneas azules sobre un fondo ocre. Me detuve delante, y pensé que era un mapa. Un mapa de algún lugar que no existía. Y se lo dije en voz alta a nadie, o eso creí. Entonces oí una risa a mi espalda.
-La del vestido amarillo -dijo Erick en voz baja.
-La del vestido amarillo. -Dorian sonrió, y la sonrisa le arrugó todo el rostro-. Se rio de mí con tanta franqueza que no pude ofenderme. Me dijo que yo era el único hombre de la sala que se había atrevido a decir lo que veía. Se llamaba Victoria.
El nombre cayó entre los dos como una piedra en un estanque. Erick no se movió. No parpadeó. Solo sus manos, que descansaban sobre las rodillas, se cerraron lentamente.
Desde la mesa contigua, Alessandro contenía la respiración. Había dejado de fingir que escribía. Tenía la libreta abierta ante él, con la pluma suspendida sobre una línea en blanco, y los ojos fijos en el perfil de los dos hombres, tan semejantes en la inclinación de la cabeza, en la manera de callar antes de hablar, que a ratos le costaba creer que los separaran cuarenta años y una mentira.
-No digo más que su nombre de pila -continuó Dorian-, porque usted sabe bien de quién hablo. Y porque no quiero que piense que se lo cuento por rencor. No lo hago por eso. Nunca he sentido rencor hacia ella.
-Siga -dijo Erick.
Su voz sonó extraña, hueca, como si hablara desde el fondo de un pozo.
-Nos vimos durante ocho meses. A escondidas, claro. Ella tenía un prometido elegido por su padre, un joven de buena familia al que apenas conocía. Yo no tenía nada que ofrecerle salvo una promesa vaga de irnos algún día a una casa pequeña con jardín. Y aun así, ella me creyó. O quiso creerme. A veces es lo mismo.
-¿Y qué pasó?
-Que su padre se enteró. -Dorian bajó la voz-. La envió a Europa dos meses. Cuando volvió, tenía un anillo en el dedo y una carta para mí, de tres líneas. Decía que era imposible. Que la olvidara.
-¿La olvidó?
-No.
La respuesta fue tan sencilla y tan desnuda que Erick levantó la mirada. Los ojos castaños del anciano estaban húmedos, pero no lloraba. Había en su rostro una serenidad extraña, la de quien ha repetido tanto una historia dentro de su cabeza que ya no le queda dolor que añadirle.
-Cinco meses después de su boda -dijo- recibí una llamada. Era ella. Me dijo que estaba embarazada.
El silencio que siguió fue tan largo que se oyó, desde el otro extremo de la sala, el golpe de una pieza contra un tablero y una voz apagada que murmuraba jaque. La lluvia golpeaba el cristal del ventanal con un ritmo suave y constante.
-No -dijo Erick.
-Erick...
-No. -Se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo, y varias cabezas se giraron-. No siga.
-Por favor, escúcheme.
-No puedo.
-Le pedí que me dejara terminar.
-Y yo le dije que no puedo.
Se quedó de pie, con las manos apoyadas en el borde de la mesa y la cabeza gacha, respirando como si hubiera corrido. Dorian no se movió. No alzó la voz. Esperó, con una paciencia infinita, mirando cómo los hombros de aquel hombre subían y bajaban.
En su rincón, Alessandro se había incorporado a medias. Sentía el impulso de acercarse, de poner una mano en el brazo de Erick, de decirle algo. Pero se contuvo. Aquella no era su conversación. Era una deuda de cuarenta años que dos hombres tenían que saldar a solas.
Pasó un minuto. Dos. Un jugador de la mesa vecina, un anciano de bigote cano, miró a Erick con curiosidad y volvió a su partida. Una mujer de gafas cuadradas, cerca de la puerta, se encogió de hombros.
Erick levantó por fin la cabeza.
-¿Cuánto hace que lo sabe? -preguntó.
-Desde que ella me lo dijo.
-¿Y por qué no hizo nada?
-Porque ella no quiso. -Dorian lo miró-. Estaba casada. Con un hombre rico, poderoso, que habría destruido a cualquiera que se interpusiera. Me pidió que desapareciera. Que no volviera a buscarla jamás. Y yo, que era un cobarde y la quería, obedecí.
-Una cobardía.
-Sí.
-Una cobardía enorme.
-Sí.
Erick se pasó una mano por el rostro. Se dejó caer de nuevo en la silla, con un gesto cansado, como si le hubieran cortado los hilos.
-¿Cómo puede estar seguro? -preguntó-. Podría ser una mentira. Un malentendido. Una...
-Hace diez años mandé hacer una prueba.
-¿Una prueba?
-De ADN. Con un cabello suyo que recogí en una gala benéfica. -Hurgó en el bolsillo interior del abrigo y sacó un sobre amarillento, doblado por la mitad-. Se lo traje. No tiene obligación de mirarlo. Pero lo guardé para este día.
Lo puso sobre la mesa, junto al tablero, entre una torre blanca y un alfil negro. Erick no lo tocó. Lo miró como se mira un animal desconocido, con una mezcla de curiosidad y de espanto.
-No hace falta que lo abra ahora -dijo Dorian-. Pero quiero que sepa que no me lo invento. Ni me lo llevo conmigo a la tumba.
-¿Qué quiere de mí?
-Nada.
-Nadie cuenta algo así sin querer algo.
-Yo sí. -Una sonrisa trémula-. Quiero que sepa que fue querido desde el primer día. Eso es todo.
Erick cerró los ojos. Dos lágrimas le resbalaron por las mejillas, lentas, silenciosas. No hizo ademán de secarlas.
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Editado: 30.10.2026