Prohibido Por La Sangre

Capítulo 16: La vela

Sabrina encontró a su hermano dormido en la cocina a las seis y diez de la mañana.

Estaba sentado a la mesa, con los brazos cruzados sobre la madera y la cabeza apoyada encima, de lado, como un niño que se queda dormido en el pupitre. Llevaba todavía la camisa del día anterior, con el cuello arrugado y la corbata azul aflojada. A su lado, sobre la silla, colgaba un paraguas negro de mango desgastado que goteaba lentamente sobre las baldosas, formando un charquito pequeño y redondo. Frente a él, una taza de té sin tocar había dejado sobre la mesa un anillo oscuro.

Se quedó un momento en el umbral, con la bata anudada y los pies descalzos. La luz gris del amanecer entraba por la ventana y le recortaba el perfil, y ella pensó, sin saber por qué, que hacía años que no lo veía dormir. Parecía mayor y más joven a la vez. Tenía el ceño relajado, la boca entreabierta, una mano extendida sobre la mesa con los dedos medio abiertos, como si hubiera soltado algo en sueños.

No lo despertó. Fue al salón, tomó la manta de lana que descansaba sobre el respaldo del sofá y volvió con ella. Se la puso sobre los hombros con una delicadeza que no habría sabido explicar. Él se removió, murmuró algo ininteligible, y siguió durmiendo.

Puso agua a hervir. Sacó dos tazas, un frasco de café, una barra de pan que había quedado del día anterior. Se movía despacio, sin hacer ruido, evitando que las cucharillas tintinearan contra el borde de la loza. Mientras esperaba a que el agua rompiera a hervir, se apoyó en la encimera y miró otra vez a su hermano.

Había algo distinto en él. No sabía qué. Algo que no era solo cansancio.

Cuando el café estuvo listo, llenó las dos tazas y las dejó sobre la mesa. El olor despertó a Erick. Levantó la cabeza con un sobresalto, parpadeó, y miró a su alrededor con una expresión desorientada, la de quien no sabe en qué momento ha pasado de un lugar a otro.

-Buenos días -dijo Sabrina.

-Buenos días.

-Te has quedado dormido aquí.

-Ya veo.

-Tenías el paraguas chorreando.

-Me lo prestaron.

-¿Quién?

-Una mujer de un bar. -Se frotó los ojos con los nudillos-. Tengo que devolverlo.

Sabrina le acercó la taza. Él la rodeó con las dos manos, como la noche anterior había hecho con la de té, y dejó que el vapor le subiera al rostro. Durante un rato bebieron en silencio. Afuera, un pájaro cantaba en el seto del jardín con una insistencia casi absurda.

-¿Quieres hablar? -preguntó ella al fin.

-No lo sé.

-No hace falta.

-Lo sé.

-Pero si quieres.

Erick dejó la taza sobre la mesa. Miró la superficie oscura del café, donde se reflejaba una pequeña porción de techo.

-Sabri, ¿tú has sentido alguna vez que no eras de aquí?

Ella tardó en contestar. Dobló una servilleta en cuatro, la volvió a desdoblar.

-Durante cinco años, todos los días.

-No me refiero a eso.

-Lo sé. Pero creo que la sensación es parecida. -Sonrió con tristeza-. Esa de despertarte en una casa que no reconoces, con un nombre que no te pertenece, hablando con una voz que no es tuya.

-Sí. Es parecida.

-¿Y entonces?

-Entonces nada. -Se pasó una mano por el cabello revuelto-. Solo que anoche descubrí que quizá no era una sensación.

-No te entiendo.

-Yo tampoco. -Rio, brevemente, sin alegría-. Pero lo iré entendiendo.

Sabrina lo miró con la cabeza ladeada. Tuvo el impulso de insistir, de pedirle una explicación, de sacudirlo por los hombros hasta que hablara. Pero algo en su manera de sostener la taza, con una calma extraña y recién conquistada, la detuvo.

-Cuando quieras, aquí estoy -repitió.

-Lo sé. Gracias.

-¿Qué vas a hacer hoy?

-Iré a ver a Paul.

-¿Quieres que te acompañe?

-No. -Lo dijo con suavidad-. Prefiero ir solo.

-Está bien.

-No me lo tomes a mal.

-No lo hago.

Erick sonrió. Se levantó, dobló la manta con cuidado y la dejó sobre la silla. Antes de salir de la cocina, se detuvo junto a su hermana y le apoyó una mano en la cabeza, un gesto breve, torpe, de hermano mayor, y ella cerró los ojos un segundo bajo aquel contacto que no recordaba haber recibido desde la infancia.

---

El cementerio de Hollow Hill estaba distinto a la luz del mediodía.

La lluvia de la noche había lavado el aire, y todo brillaba con un resplandor limpio y frío. Las hojas de los cipreses relucían como recién barnizadas. En los caminos de grava quedaban charcos pequeños donde se reflejaba el cielo, que se había abierto en grandes claros azules entre nubes blancas. Un mirlo saltaba entre las lápidas con una despreocupación irreverente.

Erick caminó despacio por la avenida central, con las manos en los bolsillos del abrigo, siguiendo el recuerdo del camino. Llevaba un ramo de margaritas blancas que había comprado en la puerta, a una vendedora que las ofrecía en cubos de plástico. No sabía por qué había elegido margaritas. Pensó que a Paul le habrían gustado, por sencillas y por ruidosas.

La tumba estaba al fondo, bajo un olmo todavía cubierto de hojas amarillas. La tierra, removida hacía solo unos días, aún no se había asentado del todo. Alguien había dejado una corona de rosas que empezaban a pardear en los bordes. Una lápida provisional, de madera clara, llevaba grabado un nombre y dos fechas.

Se quedó de pie ante ella, sin saber qué hacer con las manos. Dejó las margaritas sobre la tierra. Se agachó a recoger un pétalo caído de la corona y lo sostuvo entre los dedos.

-Hola, Paul.

El viento movió las ramas del olmo. Algunas hojas bajaron girando y se posaron sobre la tumba.

-Perdona que no haya venido antes. No sabía qué decirte.

Se sentó en el borde de piedra que rodeaba la sepultura, con las rodillas dobladas y los codos apoyados en ellas. Era un gesto que tenía de niño, cuando se escondía en el jardín para leer. Miró la lápida durante un rato largo.

-Te acuerdas de cuando intentaste enseñarme a silbar. Yo tenía nueve años y tú siete. Me decías que había que poner la lengua así, y yo lo intentaba, y solo me salía aire. -Sonrió-. Te reías tanto que te caías al suelo. Me enfadé contigo una semana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.