Prohibido Por La Sangre

Capítulo 17: El mirador

El domingo amaneció envuelto en una luz lechosa, de esas que no terminan de decidir si van a ser sol o niebla.

Jaxon abrió los ojos antes de que Beatrice trajera el desayuno. Se quedó un rato quieto, mirando el techo, que a esa hora tenía un tono perlado y suave. Tardó en reconocer su propio cuerpo. Le pareció que pesaba más que el día anterior, como si durante la noche alguien hubiera llenado de arena las sábanas y los huesos. Intentó mover una mano, y la mano obedeció con una lentitud dócil, casi ajena. Intentó incorporarse, y los brazos le temblaron.

No llamó a nadie. Había aprendido en los últimos días que el cuerpo, cuando se apaga, lo hace con cierta educación: sin estruendo, sin dramatismo, de una forma discreta y cortés, como un invitado que se despide en voz baja para no molestar. Respiró hondo, varias veces. El aire entraba con un silbido leve. Miró por la ventana. Una rama del olmo del jardín se mecía contra el cristal, con las pocas hojas que le quedaban, secas y de un amarillo casi blanco.

Recordó la terraza. El mar. La mano de aquel joven bajo la suya. Recordó que se había quedado dormido sin querer, y que alguien lo había llevado a la cama, y que en algún momento de la noche había sentido unos pasos suaves junto a la puerta y una sombra que se detenía a mirarlo.

Sonrió. Había sido una noche buena.

Beatrice entró a las ocho con una bandeja. Traía un tazón de caldo ligero, una tostada sin corteza, una taza de té con miel y una servilleta de lino doblada en triángulo. La dejó sobre la mesilla y se quedó mirando a su señor con la cabeza ladeada, en esa actitud de quien ha pasado media vida cuidando una casa ajena y sabe medir el cansancio de las cosas.

-Buenos días, señor.

-Buenos días, Beatrice.

-¿Ha dormido?

-Como un tronco.

-Me alegro.

-Mentira. -Sonrió-. Pero lo agradezco.

Ella dejó escapar una risa breve, sorprendida, y se acercó a ayudarlo. Le acomodó las almohadas con manos expertas, le colocó la servilleta bajo la barbilla, le acercó el tazón. Jaxon tomó unas cucharadas despacio, sin hambre, solo por educación. Después apartó el caldo con un gesto suave.

-Suficiente.

-Ha comido muy poco.

-Es lo que hay.

-El doctor Whitaker vendrá a las diez.

-Lo sé.

-Dice que quiere hablar con la señora.

-También lo sé. -La miró con ojos tranquilos-. No te preocupes, Beatrice. No voy a dar un espectáculo.

-Nunca lo ha hecho.

-Pues entonces no empezaré ahora.

Beatrice le apretó la mano, un gesto rápido, casi furtivo, y salió llevándose la bandeja. En el pasillo, apoyó la espalda contra la pared y se quedó un momento con los ojos cerrados, respirando. Llevaba treinta y un años en aquella casa. Había visto nacer a los niños, había visto morir a Richard, había visto envejecer a todos. Nunca se había permitido llorar en los pasillos. No lo hizo ahora tampoco. Solo se alisó el delantal con las dos palmas y bajó a la cocina con paso firme.

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El doctor Whitaker llegó puntual. Era un hombre menudo, de gafas redondas y manos limpias, que llevaba atendiendo a la familia desde hacía veinte años y que había desarrollado la costumbre de hablar bajo, como si temiera despertar algo en las paredes. Examinó a Jaxon durante casi media hora: le tomó la presión, le escuchó el pecho, le revisó los ojos con una linterna diminuta, le palpó los tobillos hinchados. Jaxon se dejó hacer con una docilidad paciente, mirando por la ventana.

Cuando terminó, el doctor guardó el estetoscopio en su maletín y se quedó un momento con las manos sobre la tapa.

-Señor Belligrham.

-Dígame, doctor.

-Creo que sabe lo que voy a decirle.

-Preferiría que lo dijera usted.

Whitaker se ajustó las gafas. Se sentó en la silla junto a la cama, con las rodillas juntas.

-El corazón está muy débil. Más de lo que estaba hace dos semanas. -Habló despacio-. Los pulmones se están llenando de líquido. Es una consecuencia normal. Le daré algo para aliviar la respiración, pero no revertirá el proceso.

-¿Cuánto?

-Es difícil precisarlo. Días. Quizá un par de semanas, si todo va bien.

-Si todo va bien.

-Es una forma de hablar.

-Lo sé. -Jaxon sonrió-. Gracias por la franqueza.

-Es lo mínimo que le debo.

-¿Habrá dolor?

-Procuraremos que no. Hay medicación. Si la necesita, se la administraremos sin demora.

-Prefiero estar despierto lo más posible.

-Lo entiendo.

-Y en casa.

-Será como usted decida.

Se hizo un silencio. Afuera, un petirrojo se posó en la rama del olmo, miró hacia el interior de la habitación con la cabeza ladeada, y se fue de un salto.

-Doctor.

-Dígame.

-Si alguien de mi familia le pregunta, quiero que diga la verdad. Sin adornos.

-Por supuesto.

-Y a mi esposa, la primera.

-Ya lo había pensado.

-Gracias.

Whitaker se puso de pie. Le tendió la mano con una cortesía solemne. Jaxon la estrechó. Era un gesto sencillo, entre dos hombres que se conocían desde hacía tiempo, y sin embargo tuvo la cualidad de una despedida.

Cuando el médico salió, Jaxon se quedó solo, mirando el rectángulo de luz que caía sobre la colcha. Pensó que el momento había llegado, por fin, sin sorpresa. Que lo que había temido durante décadas, aquella cosa enorme y sin nombre, era en realidad algo muy pequeño, una puerta entornada, una luz que se apagaba despacio.

Cerró los ojos. Y no tuvo miedo.

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Victoria recibió a Tobias Kline en el invernadero a las once y media, cuando el sol de domingo ya había disipado la niebla y las orquídeas relucían tras los cristales.

Lo había citado con discreción. Una llamada breve, una dirección, una hora. Él había llegado por la entrada de servicio, con un abrigo gris, una cartera de piel y la expresión serena de los hombres que han aprendido a no hacer preguntas. Beatrice lo condujo por el sendero de grava hasta la puerta del invernadero, y allí lo dejó con una inclinación de cabeza.




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