Prohibido Por La Sangre

Capítulo 18: Tinta y testigos

Victoria se vistió con cuidado el lunes por la mañana.

Eligió un traje de lana gris perla, el que llevaba siempre a las reuniones importantes, una blusa blanca de cuello alto y unos pendientes de perla pequeños que habían sido de su madre. Se sentó ante el tocador a las siete y media, con la luz fría del amanecer entrando por la ventana, y se recogió el cabello en un moño bajo, sin prisa, clavando cada horquilla en su lugar con la precisión de quien ha repetido el mismo gesto durante cincuenta años. Se miró en el espejo. La mujer que le devolvía la mirada tenía los labios pálidos y los ojos serenos, y no parecía en absoluto una persona a punto de representar una farsa.

Se aplicó un poco de color en las mejillas. Se puso un hilo de carmín. Después se quedó un rato con las manos sobre el regazo, escuchando los ruidos de la casa que despertaba: el chirrido de la puerta de la cocina, el tintineo de unas cucharas, los pasos de Beatrice en el pasillo de abajo.

No tenía miedo. Esa era la sorpresa. Había imaginado, durante toda la semana, que aquel día le temblarían las manos y le fallaría la voz. Pero ahora, con la mañana entrando limpia por los cristales, sentía una quietud extraña, casi dulce, como la que sigue a una decisión larga tiempo aplazada.

Bajó a desayunar. Tomó un café y media tostada en el comedor pequeño, sola, mirando el jardín. A las nueve, Beatrice le anunció que había llegado el señor Ferrand.

-Hágalo pasar al despacho de mi marido.

-¿Al despacho?

-Sí. Allí hay una mesa grande.

El señor Ferrand era un hombre bajo y redondo, de unos sesenta años, con un bigote entrecano, un traje negro de rayas muy finas y un maletín de cuero que llevaba abrazado contra el vientre como una mascota. Era notario desde hacía treinta y cuatro años. Había visto firmar divorcios, herencias, hipotecas, traiciones. Había adquirido con el tiempo una expresión neutra, impenetrable, que le servía de escudo contra los sentimientos ajenos.

-Señora Belligrham.

-Señor Ferrand. Gracias por venir.

-Es mi deber.

-Siéntese. Hay café.

-Lo tomaré después, si le parece.

Se sentó a la mesa del despacho, ante el sillón de caoba que Jaxon había ocupado durante décadas, y abrió el maletín. Sacó una pluma, un tampón, una libreta con el membrete de su notaría. Colocó todo con una geometría exacta. Victoria lo observaba desde la puerta, con una mano apoyada en el marco.

-Sabe lo que tiene que hacer -dijo.

-Lo sé. Mi colega me lo ha explicado.

-Y está de acuerdo.

-Estoy de acuerdo en que un notario tiene la obligación de dar fe de lo que ve y oye. -Sonrió con una cortesía impenetrable-. Lo demás, señora, no es asunto mío.

-Perfecto.

-¿A qué hora llegará su invitado?

-A las diez.

-Entonces dispongo de una hora para repasar los documentos.

-Todo suyo.

Se retiró. En el pasillo se cruzó con Tobias Kline, que acababa de entrar por la puerta de servicio, con la cartera bajo el brazo y el rostro tenso. Se miraron un segundo. Él asintió. Ella le devolvió el gesto.

-Estará en el salón contiguo -murmuró Victoria-. Con la puerta entornada.

-Lo sé.

-Oirá todo.

-Es lo previsto.

-Y si algo sale mal...

-No saldrá mal.

-Es fácil decirlo.

-Señora. -Tobias sonrió con suavidad-. Hace veinte años que trabajo con hombres que juegan con fuego. Y esta vez, la única persona que se va a quemar es el que viene.

Ella no respondió. Le apretó brevemente el brazo, un gesto inusitado, rápido, y se alejó hacia el salón verde con paso sereno.

---

Lucian Marsh llegó a las diez menos cinco.

Traía una carpeta de cuero marrón bajo el brazo y un ramo de peonías rosas, que dejó en manos de Beatrice con una sonrisa encantadora. Vestía un traje azul oscuro, camisa blanca, corbata de seda. Olía a colonia cara y a papel recién impreso. Tenía el aspecto relajado y satisfecho de quien se dirige a una reunión que sabe que va a ganar.

Victoria lo recibió en el salón verde.

-Lucian.

-Querida. -Se inclinó para besarle la mano-. Estás deslumbrante.

-Gracias. Siéntate.

-Tengo prisa, me temo. Augustus nos espera a mediodía.

-No tardaremos.

-Me alegro. -Se acomodó en el sillón, con la carpeta sobre las rodillas-. ¿Has pensado en lo que hablamos?

-He pensado mucho.

-¿Y?

-Y creo que tienes razón.

Una sombra de alivio le cruzó el rostro. Se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas, y la miró con esa intensidad cálida que ella ya no podía mirar sin un estremecimiento.

-Es lo mejor. Te lo prometo.

-Lo sé.

-Con esto, tu patrimonio queda a salvo. Sea cual sea el resultado de la deuda con Hartwell.

-Y mis hijos.

-Y tus hijos, desde luego.

-¿Y Halsey?

-Halsey, por supuesto. -Sonrió-. Todos estaréis protegidos.

Victoria asintió. Se alisó la falda con las dos manos, un gesto que repetía cuando necesitaba ganar tiempo.

-He traído a un notario.

El rostro de Lucian se inmovilizó. Fue un parpadeo, un instante apenas, pero ella lo vio: una grieta diminuta en la sonrisa, una contracción del músculo de la mejilla.

-¿Un notario?

-Es lo correcto, ¿no? Un traspaso de esta magnitud. Si algún día hay una disputa...

-Claro. Por supuesto. -Recuperó la sonrisa-. Es muy sensato. No había pensado en ello.

-Lo pensé yo.

-Eres más lista de lo que aparentas.

-Eso me han dicho.

Se levantaron. Victoria lo condujo por el pasillo hasta el despacho de Jaxon. Abrió la puerta. El señor Ferrand se puso de pie con un movimiento mecánico y le tendió la mano.

-Señor Marsh, supongo.

-Lucian Marsh. Encantado.

-Alphonse Ferrand. Notario. Siéntense, por favor.

Se acomodaron los tres alrededor de la mesa. Lucian abrió su carpeta y sacó un fajo de papeles, que colocó con cuidado frente a Victoria. Eran seis folios, grapados por la esquina, con el mismo membrete que Tobias había preparado la semana anterior. Victoria los reconoció sin dificultad. Lucian, con una naturalidad perfecta, los había copiado casi al detalle.




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