Prohibido Por La Sangre

Capítulo 20: El pan de los domingos

La respuesta de Augustus Holloway llegó el viernes por la mañana, en la forma más discreta posible: una llamada de la abogada Ruth Almeida a Sabrina, a las nueve y diez, para decirle con voz neutra que el señor Damian Holloway había aceptado firmar el acuerdo de separación sin modificaciones.

Sabrina estaba en la cocina de la casa de Erick cuando sonó el teléfono. Preparaba una tortilla francesa con las manos todavía torpes de sueño, y al oír la voz de la abogada dejó la sartén sobre el fuego apagado y se apoyó en la encimera. Escuchó en silencio. Asintió dos veces, aunque nadie podía verla. Dijo gracias. Dijo a qué hora. Dijo que sí, que allí estaría. Colgó.

Se quedó con el teléfono en la mano, mirando el vacío.

-¿Qué ocurre? -preguntó Erick desde la puerta.

Había bajado en bata, con el pelo revuelto y el periódico bajo el brazo. Se detuvo al verla. Ella levantó la cabeza con una expresión extraña, mezcla de asombro y de miedo, la de quien despierta de una pesadilla y no se atreve a creer que ha terminado.

-Ha firmado.

-¿Quién?

-Damian.

Erick dejó caer el periódico. Sus ojos, de ordinario tan tranquilos, se abrieron con una alegría desmesurada.

-¿Sin condiciones?

-Sin una sola.

-Dios mío.

-Hoy a las doce. En el despacho de Ruth. Quiere que esté presente.

-Iré contigo.

-No hace falta.

-Iré contigo, Sabri.

Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, insegura, que se le fue agrandando poco a poco, hasta que se convirtió en una risa temblorosa, y la risa en un sollozo. Se tapó la boca con la mano. Erick cruzó la cocina en tres zancadas y la abrazó. Ella se dejó caer contra su pecho, con los hombros sacudidos por un llanto que era mitad alivio, mitad cansancio acumulado durante cinco años.

-Se acabó -murmuró él-. Se acabó.

-No me lo creo.

-Yo tampoco. Pero es verdad.

-Tengo miedo.

-Lo sé.

-Y estoy tan contenta.

-Eso también lo sé.

Se quedaron abrazados mientras la tortilla se enfriaba en la sartén y el sol de la mañana entraba por la ventana, tiñendo de dorado el suelo de baldosas. A lo lejos, un perro ladraba con una insistencia alegre.

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El despacho de la abogada Almeida ocupaba la planta alta de un edificio de ladrillo rojo, en una calle tranquila del barrio judicial. Tenía una sala de espera de paredes verdes, con dos sofás de cuero y una mesa baja cubierta de revistas viejas, y un despacho al fondo con una mesa de roble, estanterías hasta el techo y una ventana que daba a un patio de tilos.

Sabrina llegó a las doce menos diez, con un abrigo gris y las manos enfundadas en unos guantes de cuero que no se quitó. Erick caminaba a su lado, con el paraguas colgado del brazo, y detrás venía Victoria, vestida de negro, con las gafas oscuras que usaba cuando no quería que la miraran a los ojos. Halsey, por su parte, había llegado antes. Estaba sentada en uno de los sofás de la sala de espera, con un vaso de agua en la mano, y se levantó al verlos entrar.

-¿Cómo estás?

-Bien -dijo Sabrina.

-Mentirosa.

-Aterrada.

-Eso está mejor. -Sonrió-. Ven.

La abrazó. Fue un abrazo breve y fuerte, de los que se dan antes de una intervención. Después se hizo a un lado, para que su tía pudiera entrar en el despacho.

Ruth Almeida los esperaba de pie junto a la mesa. Era una mujer de unos cincuenta años, alta, de cabello gris cortado a la altura de la mandíbula y unos ojos castaños muy serenos, que miraban a los clientes con una atención absoluta y sin compasión excesiva. Vestía un traje de chaqueta oscuro y un solo anillo de plata en el pulgar.

-Señora Belligrham.

-Ruth.

-Pasen. Estamos casi todos.

Casi todos. Sabrina se detuvo en el umbral. Al fondo del despacho, de espaldas a la ventana, sentado en uno de los sillones de cuero con las piernas cruzadas y los dedos entrelazados sobre el vientre, estaba Damian Holloway. A su lado, de pie, un abogado de cabello engominado hojeaba unos papeles con expresión aburrida.

Damian levantó la vista. Su mirada, que durante cinco años había recorrido el cuerpo de Sabrina con una intención de dueño, se detuvo en su rostro con una frialdad distinta. No había rabia en ella, ni súplica, ni seducción. Solo un vacío helado, como el de quien mira un objeto que ya no le pertenece.

-Sabrina -dijo.

-Damian.

-Estás bien.

-Sí.

-Me alegro.

No parecía mentir. Eso fue lo extraño. La voz le salió neutra, casi cortés. Se puso de pie con un movimiento lento y le tendió una mano. Ella no la tomó. Él la dejó caer sin insistir.

-Siéntense, por favor -dijo Ruth.

Se sentaron. Sabrina en una silla frente a la mesa, con Erick a un lado y Victoria al otro. Halsey se quedó de pie, apoyada en la pared del fondo, con los brazos cruzados. El abogado de Damian dejó sobre el escritorio un fajo de documentos. Ruth lo tomó, lo hojeó con rapidez profesional, asintió.

-Está todo en orden. Las cláusulas de separación de bienes, la renuncia a la pensión compensatoria por parte de la señora Belligrham, la prohibición de contacto durante veinticuatro meses. -Alzó la vista-. Señor Holloway, ¿confirma usted que firma estos documentos de forma voluntaria y sin ninguna presión?

-Lo confirmo.

-¿Entiende que la violación de la cláusula de no contacto tendrá consecuencias penales?

-Lo entiendo.

-Entonces proceda.

Damian tomó la pluma que le tendía su abogado. La sostuvo un momento sobre el papel, sin mirar a nadie. Sabrina contuvo el aliento. Durante un segundo largo, creyó ver en la mano de aquel hombre un temblor casi imperceptible, un destello de duda o de ira. Pero la punta de la pluma bajó. Firmó una vez, otra, una tercera. Pasó las páginas con la indiferencia de quien firma un recibo.

Cuando terminó, dejó la pluma sobre la mesa. Se recostó en el sillón.

-Listo.

-Gracias -dijo Ruth.

-Mi padre me ha pedido que le transmita un mensaje.




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