Prohibido Por La Sangre

Capítulo 23: Lo que Erick dijo

Erick no empezó a hablar de inmediato.

Se quedó de pie ante la mesa de caoba, con las manos apoyadas en el borde y los ojos fijos en un punto indeterminado del tablero, mientras en la sala se iba apagando el murmullo. Un director tosió. Otro se removió en su sillón de cuero, con un crujido incómodo. Afuera, en el ventanal, un rayo de luz pálida atravesó las nubes y dibujó sobre el suelo un rectángulo de claridad.

Halsey no apartaba los ojos de su padre. Le dolían los dedos de tanto apretar el borde de la carpeta. Quiso levantarse, interrumpir, decir cualquier cosa que lo salvara. Pero algo en la manera en que Erick sostenía los hombros, una rectitud que ella no le había visto nunca, le hizo comprender que aquel era un momento que le pertenecía a él solo.

—Todo lo que ha dicho el señor Pruitt es cierto —dijo Erick.

Su voz no tembló. Salió baja y clara, sin dramatismo, como la de quien lee un parte médico. En el extremo de la mesa, Pruitt alzó una ceja con una expresión de triunfo contenido.

—Durante dos años he desviado dinero de las cuentas de esta empresa. Setecientos treinta mil dólares. —Hizo una pausa—. Lo hice de forma sistemática, ocultándolo en asientos falsos. Lo hice a sabiendas. Y no tengo excusa.

El silencio fue tan absoluto que se oyó el zumbido del aire acondicionado.

—Quiero que quede claro que nadie más lo sabía. Ni mi hija. Ni mi padre. Ni ningún miembro de esta mesa. —Alzó la mirada hacia Halsey, con una ternura breve—. Ella se enteró hace tres semanas, porque yo se lo conté. Desde entonces ha intentado salvarme con una fidelidad que no merezco.

—Papá —susurró ella.

—Déjame terminar, hija.

Se volvió de nuevo hacia el consejo. Los miró uno a uno, con calma. Whitcomb, de bigote cano, lo observaba con los ojos entornados, las manos cruzadas sobre el vientre. Pruitt tenía la barbilla alta. Otros bajaban la mirada.

—El dinero fue a parar a las deudas de mi hermano Paul. Él jugaba. Tenía problemas con gente peligrosa. Yo quise ayudarlo. Primero con mis ahorros. Luego con lo que no era mío. —Se le quebró un instante la voz—. Y cuando intenté parar, ya era tarde. Como casi siempre.

Alguien carraspeó. Una de las dos mujeres del consejo, una señora de cabello gris y collar de perlas, se llevó una mano a la boca.

—Mi hermano murió hace tres semanas. Lo mataron por ese dinero. —Tragó saliva—. No digo esto para despertar compasión. Lo digo porque quiero que sepan que cada dólar que tomé me costó más de lo que pueden imaginar.

—Señor Belligrham —interrumpió Pruitt—, eso no cambia los hechos.

—No. No los cambia.

—Es un delito.

—Lo es.

—Debería ser puesto a disposición de las autoridades.

—Estoy de acuerdo.

La frase cayó en la sala como una piedra. Pruitt parpadeó, desconcertado. Había esperado resistencia, súplicas, una defensa torpe. No aquel asentimiento sereno.

—¿Cómo dice?

—Que estoy de acuerdo. —Erick sonrió con tristeza—. Pienso presentarme yo mismo en la fiscalía. Hoy o mañana. Con un abogado. Y con todos los documentos.

—Papá, no —dijo Halsey, levantándose.

—Siéntate, hija.

—No puedes.

—Puedo. Y debo. —Se volvió hacia ella—. Es lo único que me queda por hacer bien.

—Hay otras maneras.

—No las hay. —Le tomó las manos por encima de la mesa—. Llevo dos años huyendo. Estoy cansado de huir.

Halsey tenía los ojos llenos de lágrimas. Alessandro, a su lado, se había puesto de pie sin darse cuenta, con la mano apoyada en el respaldo del sillón, y miraba a Erick con una intensidad que nadie en la sala supo interpretar. Era una mezcla de respeto y de dolor. De algo muy parecido a la admiración.

—Quiero ofrecer mi dimisión inmediata —continuó Erick—. De todos los cargos que ocupo en la compañía. Y quiero que el consejo sepa que cooperaré en todo lo que haga falta.

—Es lo mínimo —murmuró Pruitt.

—Lo es.

—Señor Whitcomb —dijo Halsey, sin soltar las manos de su padre—. Solicito la palabra.

—La tiene, señorita Belligrham.

—Quiero decir que mi padre ha hecho algo grave. Y que lo ha reconocido sin que nadie lo obligara. —Sus labios temblaban—. Quiero que eso conste.

—Constará.

—Y quiero decir otra cosa.

—Dígala.

—Que lo quiero. Y que, pase lo que pase, estaré a su lado.

No hubo aplausos. Nadie habló. Pero en el silencio que siguió, se oyó el roce de un pañuelo contra unos ojos, y Whitcomb, tras un instante, asintió despacio, con un gesto de profundo respeto.

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La votación se prolongó casi una hora.

Fue un debate tenso, lleno de interrupciones y de largos silencios. Pruitt, con una elocuencia fría, defendió que el consejo debía notificar de inmediato los hechos a las autoridades, para proteger a la empresa de cualquier acusación de encubrimiento. Dos directores lo respaldaron. Otro propuso una investigación interna previa. Una mujer de gafas redondas pidió que se escuchara a un asesor jurídico externo. Whitcomb, desde la presidencia provisional que había asumido tácitamente, dirigía las intervenciones con una paciencia de juez veterano.

Fue Alessandro quien rompió el empate.

Había permanecido callado durante casi todo el debate, con las manos juntas sobre la mesa y la mirada baja. Cuando por fin pidió la palabra, la sala se volvió hacia él como un solo organismo.

—Tengo una propuesta.

—Adelante, señor Baldwin.

—El señor Erick Belligrham ha anunciado que se entregará voluntariamente. Es la mejor manera de proteger a la compañía. Si el consejo lo denuncia, parecerá que ha intentado ocultarlo hasta que fue descubierto. Si él se presenta por su cuenta, será una decisión suya. —Hizo una pausa—. Propongo conceder un plazo de setenta y dos horas para que lo haga.

—¿Y si no lo hace? —preguntó Pruitt.

—Lo hará.

—No tiene forma de saberlo.

—Sí la tengo. —Miró a Erick—. Lo ha dicho delante de todos. Y es un hombre que cumple lo que dice.




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