Madame Helga estaba tan enfadada de que Leo la metiera en problemas con la ley que no dudó en implementar un nuevo esquema de tareas mucho más arduas, todas ellas basadas en las sugerencias de Alberto y sus amigos. Sin embargo, fue un verdadero deleite cuando llegó el viernes y Alberto, Silvia y sus amigos se vieron forzados a replicar los trabajos que hacían los niños de Vertraum. Aliza, Ricardo, Alan y Mónica espiaban desde el patio trasero a Silvia quien no paraba de quejarse por la forma en cómo el detergente le estaba maltratando sus manos. Estaba enfurecida, queriendo quitar el cochambre de una cacerola donde se cocinó un asado de res.
―Es que… este tipo de cosas… una dama no debería… es para delincuentes… la gente decente no… ¡maldito profesor inútil…! ―Silvia lloraba de rabia y frustración al ver que por más que tallaba, la carne quemada no desaparecía de la cacerola―. ¿A mí para qué me sirve…? ¡¡Aaahhh!! ¡Cómo odio a mis padres!
―¿Y qué tienen que ver sus padres con todo esto? ―susurró Ricardo.
―Aparentemente ella quiso que sus padres evitaran esta tarea y no logró convencerlos ―dijo Alan, divertido.
―¡Nicolás! ― Aliza saludó con una sonrisa a su amigo que se unía a ellos entre los árboles.
―¿Cómo les va a mis compañeros de clase con su trabajo? ―preguntó Nicolás.
―Bastante mal. ―rio Alan al momento que Silvia se quejó de haberse roto una uña y se dejó caer en el suelo a llorar―. Se nota que Silvia nunca ha realizado trabajo real en toda su vida.
―Ya lo creo. ―se burló Nicolás. Silvia se levantó de inmediato al notar que el lodo del suelo estaba manchando su ropa y lloró aún más fuerte.
―Alberto juró vengarse de ti mientras lavaba los baños ―advirtió Aliza ―, si fuera tú, tendría cuidado con él.
―Siempre se la han pasado molestándome, así que no será nada nuevo. Además, cuando ataca de frente siempre termina con algún hueso roto.
―No deberías confiarte―dijo Aliza ―, es muy mañoso. Si no puede de frente, te atacará por la espalda.
Madame Helga salió al patio e hizo sonar una vieja campana. Los niños sabían que eso significaba regresar al aula de clases.
―Los veré después de sus clases ―dijo Nicolás―, mi madre y yo estaremos aquí toda la tarde. No me dijo gran cosa, pero aparentemente tiene una sorpresa para ustedes.
Aliza se emocionó, pero Mónica frunció los labios. Ella no terminaba de confiar en los padres de Nicolás. Aun así, un delicioso aroma que salía de la cocina hacía que los niños se preguntaran qué podía haber para ellos. Aliza no dudó en acercarse a la señora Alicia cuando llegó la hora de la lectura bíblica.
―¿No leerás la biblia, corazón? ―preguntó ella maternalmente entrando en la cocina con Aliza.
―No. Madame Helga dice que profano la palabra de Dios con mi imaginación y rara vez me deja entrar.
―En ese caso, quizá quieras ayudarme. ―La señora Alicia se acercó al horno y sacó algunas charolas de galletas.
―¿Quieres que desmolde los pasteles, mamá? ―preguntó Nicolás tomando dos moldes que se enfriaban en la ventana.
―Sí querido, por favor.
―¡Al fin! ―Silvia entró a la cocina desplomándose en una silla, con los ojos hinchados por el llanto―. Maldito trabajo de obreros.
―Cualquier trabajo, y sobre todo el de los obreros, es un trabajo digno ―habló Alicia con voz suave pero enérgica―. Y aun así hay lugares en los que la gente trabaja más de lo que te hicieron trabajar el día de hoy, y apenas si pueden comprar un pan.
―¡Pues si no pueden comprar pan, que coman pastel! ―reclamó Silvia. Nicolás concentró su mirada en ella al escuchar su tonto comentario, pero no dijo nada. Negó con la cabeza y continuó desmoldando los pasteles.
―Pues si tú quieres comer algo de pastel el día de hoy, tendrás que ganártelo ―Alicia habló aún más enérgica―. Todavía no terminas, querida. Te faltan estas charolas y los moldes de pastel.
―¿Qué? ¡Pero si esos los ensució usted! ―chilló Silvia―. ¡Si tanto cree en el trabajo arduo, lávelos usted!
―Como desees. Sólo te advierto que aun siendo de una familia adinerada, hasta mis hijos saben que, si no realizan su trabajo, no hay recompensa. Claro que puedes esperar a regresar a la ciudad para comer algo. Porque la comida del día de hoy va por mi cuenta y yo no la comparto con quien no la merece.
Los ojos de Silvia se humedecieron de nuevo. Bufando de enojo tomó las charolas y arrebató a Nicolás uno de los moldes de sus manos. Se le escuchó refunfuñando y llorando en el patio mientras los lavaba.
Aliza ayudó a decorar las galletas con azúcar y chocolate. Nicolás por su parte batía crema para los pasteles y su madre se dedicaba a cocinar un guisado de cerdo con champiñones. Nicolás volteó a ver a Aliza y no pudo evitar que la risa emergiera de su garganta.
―¿Ahora qué? ―dijo ella con cara de pocos amigos.
―Mira tu reflejo ―Nicolás señaló a los vidrios de la ventana. Aliza apenas se notaba reflejada, pero aun así pudo ver que tenía la cara blanca de azúcar glaseada y con manchas de chocolate―. Mamá te dijo que decoraras las galletas, no tu cara.
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Editado: 08.06.2026