Esa misma noche, Aliza se enteró de que Herr Schreiber, por primera vez desde que llegó, estaba más que enfadado de que Aliza no apareciera. Increíblemente, don Pablo tuvo que apaciguar su mal humor con una larga charla.
Pero Aliza estaba decidida a que nadie le impediría regresar el día siguiente. Ese domingo fue acompañada por Leonardo y Paty. Entre los tres se dedicaron el día entero a forjar la llave. Pero por más magia que le ponían, no lograban que abriera el portal.
―Espera un momento ―dijo Paty luego del quinto intento―, tengo una idea. ¿Caleb, dónde está el mar?
―Un poco lejos. Tendremos que pedir ayuda a los pegasos.
Paty y Leonardo montaron dos pegasos y Aliza acompañó a Caleb encima de Wicho como de costumbre. Volaron hacia la pirámide y de ahí siguieron por encima del río. Conforme avanzaban, el río se hacía menos claro, pero mucho más reflejante. Se adentraron entre unas altas montañas que rodeaban el río dándole un aire místico y algo lúgubre.
―¿Qué es este lugar? ―preguntó Aliza, estremeciéndose.
―El río de las almas ―dijo Caleb―. Las almas de las personas buenas cruzan hacia un mundo mejor cuando mueren, pero muchas de las personas que mueren en el mundo real, tienen que cruzar por esta parte de Náay. Sus almas no son del todo puras y el barquero debe decidir si los deja cruzar, o si los lanza al abismo.
―Creo que prefiero no mirar ― Aliza levantó la mirada al cielo tras ver que una criatura pálida y delgada llegaba en una barca.
Pasando otra montaña, el río se volvió café, corría sobre arena oscura de donde nacían palmeras con rostros que se meneaban al ritmo de la música que tocaba una banda de cangrejos.
El loro gigante aterrizó a las orillas de un mar de agua azul zafiro que hacia la costa se difuminaba en rosa. Pero no era un mar cualquiera, había arena y agua, pero las olas dejaban espuma rosa en la playa, y también estaba aquel acueducto que se perdía en lontananza, desafiando la gravedad al sacar agua del mar en su orilla que se convertía en una montaña con una cascada que alimentaba el río, el cual no desembocaba, más bien llevaba agua tierra adentro.
Una esponjosa nube que bajaba por entre el acueducto cambiaba de forma, arco tras arco hasta que su blanca forma se transformó en la vela de un barco que salió navegando entre las tranquilas aguas.
―No importa cuántos lugares visite –dijo Aliza observando el barco dirigirse a un lejano puerto―, encuentro que cada uno es más extraño que el anterior.
―¿Eso crees? –Caleb bajó del lomo del loro de un salto―. Llevo tantos años aquí, que para mí es de lo más normal.
―Tiene de todo, menos algo normal. ―Aliza acercó sus pies a las olas que rompían entre la arena y tomó un poco de la espuma rosa olisqueando―. En el mundo real, la espuma de las olas no se convierte en algodón de azúcar.
―Oh, sí. ―Caleb se agachó para arrancar un trozo de algodón rosado de entre los pies de su amiga―. La verdad, detestaría estar en una playa de la que no puedas comer. –Con la otra mano tomó un puñado de arena y lo ofreció a Aliza ―. ¿Chocolate en polvo?
El resto de los niños llegaron mientras Aliza probaba el chocolate más delicioso que había comido en su vida. Paty se encaminó hacia un arrecife que se veía más adelante, seguida por los demás. Conforme se acercaban, podían distinguir personas que platicaban sentados en las rocas salientes, otros nadando, pero no eran personas normales.
―¿Sirenas? ―preguntó Aliza, entusiasmada.
―Sí, yo las veo mucho en mis sueños ―dijo Paty acercándose al arrecife―, su canto tiene una magia muy poderosa, capaz de encantar a quien sea. Si logramos atrapar su canto con la llave, estoy segura de que la llave encantará a la puerta y se dejará abrir.
―No se me hubiera ocurrido ―dijo Caleb, riendo―, creo que sé quién nos puede ayudar.
Caleb se acercó a una de las sirenas.
―Hola Telxipea. ¿Sabes si ya nació el bebé de Parténope?
―Hola, Caleb. Ya, nació hace tres días, no debe tardar en salir del arrecife. Ya sabes que a medio día las madres salen a arrullar a sus crías.
―Esperaremos a Parténope―dijo Caleb a sus amigos―, ella es una de las sirenas con la voz más encantadora que he escuchado, y cuando arrullan a sus bebés, ponen mucha más magia en su canto que en cualquier otro momento.
No pasó mucho tiempo. Una docena de sirenas emergieron del agua con sus bebés en brazos. Todas ellas se sentaron en los arrecifes salientes y se sentaron dejando que sus hijos tomaran el sol mientras cantaban.
A dormir, mi bebé de cristal.
A dormir, mientras te arrulla el mar.
El sol, tu cobijo será,
mi amor, dedícate a soñar.
Entre mis brazos te daré
toda la protección de Poseidón.
Serás un tritón con un corazón,
tan grande que, tu pecho amor desbordará
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Editado: 09.06.2026