En el transcurso de la semana, los niños vieron a Madame Helga tener una discusión muy fuerte con su hermano, y aunque nadie tenía idea del por qué, se dieron cuenta que fuera lo que fuera, ellos pagarían por ese enojo.
La actividad de la lectura bíblica fue reemplazada por una hora de tediosas y aburridas plegarias en las que debían pedir que se les quitara lo soñador y se les convirtiera en ―como decía madame Helga― personas de bien. Se despidió a las lavanderas y ahora los niños eran levantados una hora antes para que lavaran tanto su ropa como los blancos utilizados en la casa. Y como si no tuvieran ya suficiente con todo eso, los niños eran llamados al azar antes de dormir por cualquier capricho que se le ocurriera a la directora.
―¿Ricardo? ¡Ricardo! ―llamaba la mujer.
―¿Qué se le ofrece, madame Helga? ―preguntó el niño con hastío.
―Ven ―dijo ella simplemente. Ricardo se paró en el umbral esperando, pero la mujer estaba leyendo una novela romántica sin decir nada por un par de minutos.
―¿Qué necesita, madame Helga? ―insistió.
―Quédate parado ahí, algo se me ha de ocurrir.
Fue más humillación de lo que el cansado niño podía tolerar. Observó el libro que la directora leía y se atrevió a mucho más de lo que cualquier niño se había atrevido en esa casa.
―¿Y usted nos dice que no debemos fantasear con cosas irreales? Mírese usted, leyendo novelas románticas, fantaseando con el amor de un hombre que no existe ni existirá jamás en su vida de solterona.
No fue sino hasta que vio el rostro furioso de la directora que supo que había llegado demasiado lejos. Ella se levantó de su cama caminando hacia él como una fiera a punto de caer sobre su presa.
―¿Cómo te atreves a hablarme así? ―lo tomó por el brazo y lo jaló por el pasillo―. ¿Cómo te atreves siquiera a mencionar algo como eso? ―La voz de madame se descomponía mientras caminaba jalando al niño hacia la entrada―. Esto es mucho más de lo que puedo tolerar. ¿Quieres ser un patán? ¡Yo sé cómo tratar a los patanes!
Ricardo no pudo hacer nada. A jalones, ella arrancó y desgarró la camisa de su piyama. Arrancaba la ropa con tal furia que los brazos del chico quedaron cubiertos por rasguños. Una vez que quedó únicamente con una delgada camiseta interior, lo empujó fuera de la casa y cerró la puerta.
―¡Pasarás ahí toda la noche!
Ninguno de los niños se había dado cuenta de lo que había pasado. Ricardo, llorando por la humillación de la que había sido víctima echó a correr hacia el bosque. Un par de siluetas corrieron en seguida tras él.
Aliza dormía profundamente cuando un cuervo entró por uno de los cristales rotos del dormitorio. El ave se encaramó en el pie de su cama. Llevaba una carta en el pico.
―¿Qué es eso? ―preguntó Mónica encendiendo la luz.
―Es una nota ― Aliza la abrió y comenzó a leer―. “Tenemos a tu amigo. Si quieres volver a verlo, tendrás que venir esta noche y abrir el portal”.
―¿Cuál amigo? ―preguntó Paty.
―Chicos ―Aliza tocó la pared que les separaba del dormitorio de sus compañeros―, ¿están todos ahí?
―No ―respondió Manuel―, Ricardo aún está con madame Helga.
―Será mejor buscarlo.
Las niñas explicaron a sus compañeros sobre la nota. Fueron de inmediato al dormitorio de la directora, pero en el lugar sólo se escuchaban sus ronquidos. Bajaron llamando a Ricardo en lo bajo hasta que Leonardo encontró las ropas raídas del niño muy cerca de la puerta principal.
―¿Dónde está él? ―preguntaron.
―Lo tienen los oscuros ―la voz de don Pablo se escuchó al otro lado de la puerta. Aliza abrió y vio al hombre con un semblante tranquilo y burlón en su rostro.
―¿Qué ha dicho? ―preguntó Aliza.
―Ese muchacho hizo enojar a la directora y ella lo echó a la intemperie. Los oscuros lo atraparon y se lo llevaron.
Don Pablo no tuvo tiempo de reaccionar. Los niños varones se le echaron encima derribándolo. Por más que quiso defenderse, no pudo. Vanessa y Paty se montaron sobre él a horcajadas y Aliza tomó su azadón, levantándolo amenazadora sobre la cabeza del anciano.
―No estamos como para farsas ―dijo Manuel jalando la barba del anciano―. Sabemos que Frey Asper y Herr Schreiber son oscuros y que usted es su cómplice.
―¿Ellos oscuros? ¿Yo un cómplice? ―el anciano se echó a reír―. No pueden estar más equivocados.
―¿A dónde llevaron a Ricardo? ― Aliza levantó más el azadón.
―¿Y qué me vas a hacer? ―rio el anciano―, ¿me vas a matar? Sólo te advierto que los asesinos pierden la capacidad de abrir el portal de Náay.
―¡Sabe de Náay! ―chilló Mónica― ¡Hable de una vez! ¿Cómo es que sabe tanto?
―Si me sueltan, les prometo que les diré lo que necesitan. ―Los niños se echaron hacia atrás dejando libre al anciano.
―¿Cómo es eso que un asesino no puede abrir el portal? ―preguntó Alan
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Editado: 09.06.2026