Prohibido Soñar

El arco de la verdad

Faoladh estaba sentado encima de una roca, abrazando a Aliza que estaba sobre su regazo, y cantándole el arrullo de las sirenas. Las lágrimas no podían dejar de brotar de sus ojos. Ese lobo le estaba dando un cariño y calidez que apenas recordaba de cuando era pequeña. Ella fue la adoración de su madre durante sus primeros cuatro años de vida. Aunque los recuerdos eran vagos, podía sentir aun el amor con el que su madre le alzaba. Todo ese cariño se perdió cuando Margarita dio a luz a Diana. Aliza fue simplemente hecha a un lado. Su padre, por su lado, jamás tuvo para ella más que instrucciones, órdenes y alguna fría frase de vez en cuando. Fue entonces que recordó cuando fue la primera vez que se permitió soñar. Fue cuando tenía cinco años y su abuelo paterno le regaló a escondidas sus primeros cuentos y le leyó un cuento de Hansel Andrews, un cuento sobre una cariñosa familia de lobos que cuidaban a sus hijos como los tesoros más valiosos del mundo. Una familia que ella anhelaba tener y un cariño que jamás volvió a sentir.

―¡Vamos, pequeña! ―Faoladh sonreía enjugando sus lágrimas―, tú eres una chica valiente. Has derrotado oscuros, ¿por qué no has de derrotar a la tristeza?

―Esa es mucho más difícil de derrotar ―dijo ella recomponiendo su voz―. Pero tienes razón, tengo que vencerla, no puedo estar lamentándome todo el tiempo.

―La tristeza se debe llorar una vez, y después olvidar el motivo por el cual nos invadió.

―¿Tú me quieres, Faoladh? ―dijo Aliza con ternura.

―¡Por supuesto! ―el lobo abrazó a la niña―. ¿Cómo no querer a una pequeña tan tierna y traviesa como tú?

―Entonces con eso me basta.

―¡Esa es la actitud! ―celebró el lobo―. Te ves más linda cuando sonríes. Además de que cuando lloras, tienes la manía de frotar tus manos sucias en tu cara y quedas con una mascarilla de lodo que te hace ver como cavernícola.

Aliza rio ante el comentario de Faoladh. Él no era el único que le había dicho eso, Nicolás también le criticaba el hecho de que continuamente tenía la cara manchada de lágrimas y tierra. Se sentía más animada. Tenía muy buenos amigos, tanto en Náay como en el mundo real. Después de todo quizá no sería tan malo regresar y esperar a que los Asper tomaran control de Vertraum. Después de todo, ellos siempre se comportaron como una familia para ella, una familia a la que deseaba pertenecer.

Caleb llegó donde ellos, invitando a Aliza a caminar a su lado. Ella accedió despidiéndose del paternal lobo que le dedicó una tierna sonrisa antes de perderse en la pradera.

―¿Has tenido algún avance con Clara? ―preguntó.

―Temo que no ―Caleb frunció los labios―, ella se la pasa con una sonrisa en los labios. Creo que está en un lugar feliz. Por desgracia está tan feliz que no quiere regresar.

―Bueno, tienes una ventaja. Teniéndola aquí, ella no envejecerá más. Tienes literalmente una eternidad para que despierte.

―Lo sé, pero ―Caleb chasqueó la lengua―, no es lo que ella quería. Clara deseaba abrir un colegio donde alentara a los niños a soñar, ella quería tener una familia, hijos a los que haría tan soñadores como ella. ―Caleb bajó la mirada―. Quería ser el orgullo de sus padres. Simplemente no sería justo que sólo despertara para enterarse de que pasaron décadas y quizá sus padres ya no estén en este mundo.

―Estamos en el mundo de los sueños, Caleb ―dijo Aliza ―, sólo necesitas creer en que lo lograrás.

―Sí, supongo que tienes razón.

En Náay Aliza podía fijar sus ojos en el sol sin que la luz le lastimara y ese día en específico, el sol tenía un tono azulado que inspiraba a mantenerse en paz. Ella y Caleb se recostaron en el prado, entre la grama sin decir una sola palabra, solamente observando el sol y las esponjosas nubes que paseaban lentamente con el viento. Pero de pronto el viento arreció tornándose frío y húmedo. Las nubes crecieron y se oscurecieron tan rápido que Caleb se levantó de un salto.

―Algo anda mal ―dijo observando el cielo oscuro―. No es normal que las nubes se tornen tan oscuras y cubran el cielo en un par de segundos.

―Tal vez entró alguno de los chicos y así lo imaginó ―argumentó Aliza.

―No. A los chicos les encanta el cielo azul. Esto no me gusta nada.

Las nubes se iluminaron por los relámpagos que surgían entre ellas. Caleb frunció el entrecejo y concentró su mirada en una nube que se perdía en lontananza.

―¿Qué es eso? ―preguntó cuando otro rayo iluminó el cielo.

―¿Qué es qué?

―Observa. ―Caleb señaló hacia la nube.

―Yo no veo na…

Pero otro relámpago emergió y por unos segundos se notaron dos enormes figuras aladas volando detrás de esa nube en específico.

―¿Qué es? ―insistió Aliza

―Parecen…. ―la nube se iluminó de nueva cuenta y las siluetas se hicieron más nítidas. Caleb exhaló, incrédulo― ¡Dragones! Nunca hubo dragones en Náay.

―¿Eso es malo?

―Sí, es malo, créeme. ―Caleb frotó su barbilla, analizando la situación―. ¡Son oscuros! Aunque no entiendo cómo lograron transformarse en algo tan poderoso

―¿Qué hacemos? ―dijo Aliza, nerviosa.




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