Caleb había llegado hasta el río Styx, en donde se veía en problemas para amagar a Cleopatra. Sus transformaciones eran débiles, pero la mujer era realmente hábil para ocultarse. Pasaba de ser una oruga que se perdía entre la hojarasca a ser un colibrí que volaba errático y se camuflaba entre los árboles y flores.
―¡Cobarde! ―gruñía Caleb― ¡Pelea!
―¿Para qué? ― Cleopatra apreció encaramada en la rama de un árbol―. Yo estoy bien así.
―¡Te haré pagar por lo que le hiciste a Clara! Aunque sea lo último que haga.
―¡Pero qué carácter! ―Cleopatra desapareció de nuevo convertida en mariposa. Reapareció a un lado del río―, sólo porque puse a dormir a tu odiosa amiga.
―¡No te atrevas a insultarla! ―gritó Caleb.
―Vamos amiguito. Llevamos eternidades así, ¿cuándo vas a entender que no podrás acabar conmigo?
Caleb se detuvo en seco. Una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
―¿Acabar contigo? ―dijo―. No, mi vanidosa amiga. Si hubiera querido matarte, lo habría hecho desde el primer enfrentamiento.
―¿Ah no? ―se burló ella―. ¿Y qué cruel castigo tienes preparado para mí?
Caleb aprovechó ese momento de confianza de Cleopatra. Desapareció entre el pasto. Ella frunció el entrecejo buscando por los alrededores. De pronto, una cobra apareció amenazante frente a ella. En un santiamén, la cobra había dado una mordida en la mejilla de la reina egipcia. Ella chilló de dolor haciéndose hacia atrás.
―¿Qué me hiciste?
―El veneno de la cobra ―rio Caleb―, es un veneno muy peculiar. Carcome la carne. Esa herida en tu mejilla pronto se convertirá en un enorme agujero que cargarás toda tu vida, en todas tus vidas.
―¿Qué? ―Cleopatra corrió hacia el lago y se agachó para ver su herida. Su mejilla se tornaba guinda y la carne comenzaba a verse viva mientras el veneno devoraba su piel― ¡No! ¡Mi rostro!
―La herida fue hecha en Náay, y te perseguirá siempre. No importa cuántas veces reencarnes, esa herida aparecerá en tu cara. Vida tras vida nacerás deforme.
―¡No! ¡No puede pasarme! ¡Soy la diosa de la belleza!
Cleopatra se agachó de inmediato a un lado del río para lavar la herida. Caleb jaló con fuerza a Cleopatra hacia atrás, apenas a tiempo para evitar que unas manos descompuestas la atraparan.
―¿Qué era eso?
―Seres del inframundo. Son los encargados de llevarse las almas de personas como tú. ―Caleb se alejó de ella―. Si mueres en Náay, ten por seguro que irás con ellos.
―¡Me salvaste! ―exclamó Cleopatra llorando enfadada ―. ¿Por qué lo hiciste?
―Para ti es mayor castigo mantenerte con vida que dejarte morir.
―¡Esto lo pagarás!
Cleopatra echó a correr perdiéndose en la oscuridad. Caleb fue donde el resto de los soñadores peleaban con los oscuros. La gran mayoría de ellos habían sido amagados.
―Buen trabajo, Wicho ―dijo Caleb acariciando a su loro quien sostenía a un oscuro entre el suelo y su garra.
La batalla no duró mucho. En pocos minutos todos los oscuros que quedaban estaban como prisioneros a un lado de la pirámide. Miguel celebraba su victoria bailando con Caleb alrededor de una fogata como si fueran indios norteamericanos.
―Estas serán historias dignas de contarse en todas las eras de Náay ―Faoladh palmeaba el hombro de Frey a modo de felicitación y se paró a un lado de Caleb, observando a los oscuros con un gesto de frialdad―. El valor y entrega de todos estos guerreros serán legendarias. ¡Ahora váyanse! No me obliguen a hacerles daño.
―Sí, será una historia digna de contarse. ―La reina Ranavalona observó a Caleb con una sonrisa maliciosa―. La historia del día en que los oscuros asesinaron al más importante protector de Náay. ―Ranavalona se transformó en un ágil conejo que de un salto llegó a donde tenía una espada oculta entre el pasto.
―¡No! ―el grito de Nicolás se escuchó a lo lejos―. ¡Deténganla!
Los niños reaccionaron de inmediato flanqueando a Caleb, protegiéndolo detrás de fuertes escudos, pero Ranavalona no fue por Caleb, en cambio, dejó caer pesadamente la espada sobre el pecho de Faoladh. El lobo observaba a la mujer con los ojos desorbitados mientras el resto de los oscuros celebraba.
―¡No! ¡Faoladh! ―Caleb corrió de inmediato hacia su viejo y querido amigo. Las rodillas del lobo languidecieron y cayó hincado en el pasto. Caleb lo sostuvo de su cabeza y torso para evitar que cayera.
―¡Rápido Aliza! ―gritó Nicolás quien llegaba corriendo con Aliza―. ¡Haz lo que te dije!
―Soy una bruja ―decía Aliza con la voz entrecortada―, soy la más poderosa bruja de todo Náay. Mis hechizos son infalibles ―en ese momento el vestido de Aliza se convirtió en una túnica negra, de sus piernas aparecieron medias blancas con franjas negras y en su cabeza un sombrero puntiagudo.
―¡Toma mi escoba! ―Hilda lanzó su escoba voladora hacia Aliza, quien la montó en seguida y rodeó a los oscuros apuntando con una varita―. ¡Por el poder de Náay, ningún alma impura corromperá más su suelo! ¡Mi hechizo se elevará en el cielo! ¡Mi magia prevalece en la pradera, liberándonos de los enemigos que nos alteran!
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Editado: 09.06.2026