Prohibido Soñar

El último viaje del zar

Frey, Alicia y Hansel quedaron con el corazón en un hilo. No tenían idea de qué era lo que estaría pasando en Náay, pero ahora más que nunca debían proteger a esos niños. Hablaron severamente con Helga, quien como era de esperarse, estaba más que enfadada de que todos desaparecieran de nuevo. Llorando de rabia y amargura, Helga se retiró a sus aposentos.

―¿Conservan alguna de las llaves? ―preguntó Frey.

―Sí, la tiene Paty ―respondió Abigail.

―Debemos intentar abrir a diario el portal, estar atentos a cualquier cosa que suceda.

―Será mejor que ocultes bien esa llave ―dijo Hansel―. La protección que Pavlov puso en esta casa se debilitará si él no está aquí por varios días. Tenemos que estar atentos. Los oscuros intentarán entrar al portal a como dé lugar ahora que Nuckelavee está libre.

―Lo sabemos ―respondió Paty―. La tendré siempre bajo mi colchón mientras duermo, y de día la tendré conmigo. No saldré de Vertraum para no ponerme en riesgo

―Bien, por ahora no podemos hacer nada. Será mejor dormir. Hansel, quédate con Alicia y los niños. Iré a hacer guardia en el portal.

―Descuida amigo, estaremos bien.

Mientras Frey salía de la habitación, un ojo vigilaba atentamente entre la rendija de una de las puertas. Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras observaba a Hansel arropar a los niños para que durmieran.

En Náay era la noche más oscura que hubiera en toda su existencia. Pequeñas hadas revoloteaban alrededor de los guerreros, iluminando junto con una pequeña fogata.

―Ya estoy aquí ¿o no? Fui en contra de los míos, incluso vi morir a una de mis hermanas ―decía Nicolás en lo bajo. Aliza no volteaba a verlo, tenía la mirada fija en la llama de la hoguera―. ¿Es que no vas a perdonarme nunca?

―Ya te lo dije. No confío en ti.

―¿Realmente me crees capaz de dejar morir a Antoinette sólo para ganarme tu confianza? ―dijo él, ofendido.

―Yo no sé de qué eres capaz ―Aliza se levantó. Se disponía a caminar, pero Nicolás la detuvo de la mano.

―Sí, sé que te engañé al principio, pero conforme te conocí, y cuando me di cuenta de que mi familia era como tú, cambié mis planes.

―Sí, te volviste más ambicioso― Aliza sacudió su mano violentamente para que la soltara―. Ya no te conformarías con ser rey en el mundo real, ahora querías ser rey de Náay― Aliza comenzó a llorar―. ¿Qué esperabas? ¿Qué te apoyáramos? De una vez te advierto que te mantendré vigilado. Al menor signo de traición, y una de estas flechas atravesará tu corazón.

―Tú no me asesinarías―dijo Nicolás.

―No sabes de lo que soy capaz con tal de defender este mundo.

Aliza se alejó de la fogata. Pavlov se acercó a Nicolás, él sólo frunció los labios y chasqueó la lengua.

―¿Puedes culparla? Yo mismo no creería en tu arrepentimiento si no te conociera tan bien ―dijo Pavlov.

―¿Tú sí me crees? ―preguntó Nicolás con tristeza.

―¿Recuerdas a nuestro padre, Nicolás? ―dijo Pavlov―, aquel hombre sencillo que nos dio el secreto de la vida eterna.

―Lo recuerdo poco, pero sí.

―Como el mayor de todos ustedes, yo recuerdo mucho más de él ―Pavlov sonrió con amargura―. Era un hombre justo, sabio y muy fuerte. En cierto modo, tú heredaste casi todo de él. Nuestro padre también era desconfiado, pero cuando alguien se ganaba su corazón y mostraba lealtad, él se volvía fiel con esa persona. Tú tienes mucho de eso.

―¿Por qué nos dejó esta enorme carga? ―Nicolás se sentó en cuclillas observando la fogata―. ¿Por qué tenemos que estar volviendo una y otra vez al mundo, tratando de dominarlo? No podemos enfrentar la muerte real porque en el más allá nos harán pagar con horrores los mismos horrores que causamos en vida.

―En realidad él nunca nos pidió ser reyes, nosotros tomamos esa decisión. ―Pavlov suspiró viendo los alrededores―. Creo que eso lo decepcionó mucho. Imagino que él sigue reencarnando, lo hemos llegado a ver esporádicamente, pero dada nuestra ambición, no quiso saber más de nosotros.

Germán llegaba con ellos mientras continuaban hablando de su padre. Se sentó en cuclillas a un lado de Nicolás.

―Recuerdo a nuestra madre, una mujer muy noble y cariñosa ―dijo Nicolás―, murió de vejez y papá quedó devastado. No recuerdo haber recibido de ninguna otra familia amor como el que recibíamos de ella.

―¿Alicia no es una madre lo suficientemente amorosa para ti, Nicolás? ―preguntó Pavlov, asombrado.

―Sé que lo es, pero también tiene su lado egoísta. Yo era un bebé muy frágil de salud, y a ella le importaban más los viajes de negocios que quedarse conmigo a cuidarme. Si no fuera por Clara…

―Naciste prematuro, Nicolás ―interrumpió Germán―, tus pulmones no se habían desarrollado. Los médicos no te daban esperanza de vida. Te tuvieron en estatus de desahuciado por los primeros cuatro años.

―¡Ese es mi punto! ―gruñó Nicolás―. Yo estaba al borde de la muerte y ellos pasaban más tiempo en viajes que…




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