Caleb no dejaba de derramar lágrimas mientras Faoladh estaba siendo sepultado. Clara tomaba su mano firmemente en señal de apoyo, pero no había nada que pareciera aliviar el destrozado corazón del guardián. Durante siglos, él conoció cientos de amigos que tuvo que ver partir. Y aunque las criaturas de Náay son eternas, Faoladh era su único amigo venido del mundo real, jamás había pensado siquiera en la posibilidad de quedarse en Náay sin él. Era irreal pensar que su amigo de toda la vida hubiera partido para siempre. Los quinametzin echaron la tierra encima de su ataúd entre un enorme silencio que sólo se rompía por los ocasionales sollozos de los elfos y las brujas.
―Tampoco estaba preparado para ver morir a Pavlov ―dijo Caleb―, era el primer oscuro en ser mi amigo, y era agradable pensar que él regresaría una y otra vez en diferentes vidas. No sé qué voy a hacer sin ellos.
―Cuentas conmigo ―Clara sonrió acariciando su mejilla―, y aunque algún día partiré, haré por dejar en el mundo muchos más soñadores de los que ha habido jamás, y nunca estarás solo.
Aliza no quiso acercarse. No quería llevarse la imagen de Faoladh siendo sepultado como último recuerdo de él. Prefería recordar esos días de tristeza en que aquel tierno y paternal lobo enjugó sus lágrimas. Estaba sentada en un montículo, observando el sol azul de Náay.
―¿Necesitas compañía? ―Nicolás puso su mano en su hombro.
―No, gracias. Prefiero estar sola.
―¿Es que aún no me has perdonado? ―dijo él, sonriéndole.
Aliza volteó con la cara manchada de lágrimas y tierra. Nicolás sonrió y limpió su cara con la manga de su camisa.
―Necesitas de alguien que limpie esa cara chamagosa cuando lloras. Y hasta donde yo sé, soy el único que ha estado dispuesto a hacer ese trabajo.
―Ahora no desconfío de ti, pero― Aliza suspiró―, ¿te has puesto a pensar qué vas a hacer cuando tu familia y yo lleguemos al final de nuestras vidas? ¿Cuál será tu causa?
―Proteger Náay ―Nicolás lo dijo con tal decisión que Aliza quedó sorprendida―. No lucharé contra mis hermanos, pero haré lo posible por mantenerlos fuera de este mundo.
―¿Cómo harás eso?
―Resulta que tengo imaginación―dijo él―, ¿o no?
―No tienes tanta imaginación como nosotros. Eres apenas un principiante.
―Tal vez ―Nicolás se cruzó de brazos fingiendo indignación―. Pero resulta que tengo muchas vidas para mejorar y ganarte incluso a ti, pequeña soñadora. Mis sueños serán tan poderosos, que no habrá nada que vuelva a amenazar la tranquilidad de Náay.
―Maldito presumido ―dijo Aliza sonriendo.
―Sí, pero soy TU presumido ―Nicolás relajó su postura y se posó sonriente frente a ella―. ¿Esa sonrisa significa que me has perdonado?
―¡No! ―dijo Aliza riendo―. Tendrás que dejar que te patee unos tres días seguidos para que olvide tu traición.
―Está bien ―dijo él encogiendo los hombros―. ¿Quieres que te facilite mi trasero para que empieces?
―No, mejor los tobillos. Ahí duele más.
Ambos jóvenes se quedaron sonriendo, observándose mutuamente, haciendo las paces en silencio. Clara llegó donde ellos, abrazando a su pequeño hermano.
―Gracias por mantenerme consciente dentro de mi prisión ―dijo Clara―, nadie me hablaba tanto como lo hacías tú. Creo que eso fue lo que me mantuvo más cerca de la realidad y por eso al final pude despertar.
―Recuerdo tan poco de ti, pero lo poco que recuerdo es suficiente como para dar gracias de que hayas despertado.
―¿Sabes que él me lo contaba todo? ―Clara se dirigió a Aliza ―. Me contó tanto de ti que siento que te conozco.
―¿Qué tanto le decías de mí? ―preguntó Aliza con los brazos cruzados.
―Lo usual. Cómo tenía que defender a una niña debilucha a cada rato, cómo tenía que estar atento a que tuvieras la cara limpia y…
―Y que querías que ella fuera adoptada por papá para tenerla a diario en casa―dijo Clara, sonriente.
―¡Oye! ―se quejó Nicolás, sonrojándose―. ¡Eso era sólo porque quería entrar a Náay!
―No era lo que me decías ―rio Clara―, tú querías tenerla a diario en casa para poder protegerla, evitar que le hicieran daño y…
―Ya basta ―reclamó Nicolás―. Por si no lo sabes, la idea de tener un confidente es justamente que guarden la confidencialidad de nuestros secretos.
―No te avergüences ―dijo Clara―, sentí mucha preocupación cuando me enteré de que eres un oscuro. Pero cuando supe lo que sentías por Aliza, me di cuenta de que tarde o temprano llegarías a la conclusión de poner su amistad por encima de tu causa.
El clima volvió a ser cálido en Náay, y el ambiente era una combinación de paz y tristeza. Caleb llegó hasta el portal junto con los elfos. Ahora que Nuckelavee había sido derrotado, ya no había razón para mantener activo el sello. Los niños junto con Frey, Alicia y Hansel entraron en Náay. Alicia y Frey quedaron sorprendidos al ver a su hija despierta. No dudaron en abrazarla, disfrutando de ese feliz momento.
#1322 en Fantasía
#248 en Magia
#682 en Personajes sobrenaturales
fantasia, seres sobrenaturales mágicos místicos, novela infantil-juvenil
Editado: 09.06.2026