Prohibido Soñar

Epílogo. El nuevo soñador

Un joven llegaba a casa, donde sus padres, sus hermanos mayores, sus cuñados y sus dos sobrinos lo esperaban para comer. Ese día cumplía veinticinco años y no sólo su familia le celebraría, también un grupo de niños y jóvenes esperaban en la casa para felicitarlo por su cumpleaños.

Recibió abrazos y regalos al por mayor. El desayuno fue en el jardín, junto a la alberca en donde había tres niños que no habían cambiado en diez años.

―¿Quieres más pastel, Clara? ―preguntaba su madre.

―Sí mamá, gracias. ―Clara tomó el pastel con desesperación.

―Tus antojos están fuertes esta vez ―rio Alicia acariciando el vientre abultado de Clara, quien esperaba su primer hijo.

―¡Mira nada más esa cara! ―decía Nicolás observando a Aliza con las comisuras de los labios y las mejillas llenas de merengue. Sacó un pañuelo y le limpió la cara ― tienes veinte años y sigues manchando tu cara como si tuvieras diez.

―¡No tengo veinte! ―reclamó Aliza ―. Sigo teniendo diez, me quedé de diez años en Náay y así será siempre ―Aliza le enseñó la lengua.

Eran las seis de la tarde y los moradores de Náay se despidieron. Nicolás se ofreció a llevarlos en su auto hasta la entrada del portal. Mientras recorrían el sendero, charlaban de todo lo que se había logrado en esos diez años. Miguel estudiaba en la facultad de ingeniería. Su meta era llegar a ser diseñador de juguetes electrónicos y trabajar para la fábrica de los Asper. Paty se había quedado en la nueva casa de apoyo a los niños con imaginación especial y era quien les daba clases de literatura. Manuel era el nuevo supervisor de seguridad en la fábrica de San Francisco. El resto de los chicos habían regresado a sus ciudades natales, pero mantenían contacto constante con los Asper. La charla se concentró ahora en los Asper. Germán se casó poco después de vencer a los oscuros, y tenía dos niños varones. Nicolás estaba más que fascinado con las travesuras de sus dos sobrinos, a quienes adoraba. Alicia se casó con un joven soñador que conoció cruzando los portales de Náay y faltaba sólo un mes para que su primogénita naciera. Se acercaban al portal mientras él les platicaba una anécdota sobre sus sobrinos.

―… y en el kínder le pidieron hacer un dibujo de la familia. Entonces mi sobrino dibujó a todos, incluyendo a sus abuelos, pero dibujó a mi papá con un bastón y el pelo blanco. Y mi papá le dijo “Pero si yo no uso bastón”, y mi sobrino le respondió: “Pues… ya no te falta mucho”

Los chicos se echaron a reír. Nicolás puso su mano en la puerta al final de la cueva y la abrió. Leo, Aliza y Caleb intercambiaron miradas.

―¿Qué? ―preguntó Nicolás.

―Nada. ¿Quieres pasar? ―preguntó Caleb.

―Sí, quiero ir con Aliza a la montaña embrujada.

Una vez dentro, Nicolás volvió a tomar su forma de adolescente, justo la edad cuando conoció a Aliza. Leo se encaminó con Caleb por la pradera mientras Nicolás y Aliza montaron un caballo alado y volaron hasta su lugar favorito. Desde la cima de la montaña embrujada, se podía ver gran parte de Náay. Era un mundo tan vasto, que en los diez años que llevaba viviendo ahí, Aliza apenas había podido conocer la zona más cercana al portal americano. Desde la cima podían ver en lontananza el sol poniéndose entre las montañas nevadas.

Aliza observaba a Nicolás quien estaba en silencio, observando el mar a lo lejos.

―Has crecido mucho, estás mucho más alto de cuando te conocí ―dijo Aliza con tristeza―. Pero a partir de aquí, sólo vas a envejecer. No sé cómo me voy a sentir cuando de repente dejes de venir… cuando me den la noticia de que has muerto.

―Pero no tardaré en regresar ―dijo él, sonriendo―. Sólo tendrás que esperar unos siete u ocho años en lo que nazco de nuevo y mi memoria se recupera.

―Será una espera muy larga ―suspiró ella.

―Creo que procuraré seguir reencarnando en los descendientes de la familia Asper. Me alegra mucho que Leo deseara que mi familia tomara control de Vertraum―, expresó Nicolás―. Nos han llegado muchos niños soñadores, y alentándolos como lo hacemos, ya son varios de ellos los que pueden abrirme el portal.

Aliza sonrió frunciendo el entrecejo, observando a Nicolás con extrañeza.

―¿Qué tanto me miras? ―preguntó él.

―Ni siquiera te diste cuenta, ¿verdad?

―¿De qué?

―¿Quién abrió el portal ahora que llegamos?

―¿Quién? ―Nicolás frunció el entrecejo

―¡Fuiste tú! ―dijo Aliza, riendo―. Simplemente pusiste la mano en la puerta y la abriste.

―¿Yo?, ¿estás segura?

―Quizá has sido un soñador desde hace tiempo, sólo que tu corazón estaba corrupto. Tu imaginación ha ganado tanto potencial que has logrado abrir el portal.

Nicolás observó los alrededores, extrañado. Una sonrisa nerviosa se dibujó en su confundido rostro.

―Vamos ―le incitó Aliza ―, inténtalo.

Nicolás concentró su mirada en las montañas nevadas. El sol se había metido por completo y la nieve parecía de plata. Estiró su mano, como queriendo tomar algo de la nieve. Una ráfaga de viento creó un halo congelado que voló hacia ellos vertiginosamente. Los copos de nieve se unían en el viento formando escamas plateadas y estas a su vez se unían formando un enorme reptil que serpenteaba en el aire. De su parte baja salieron dos pequeñas garras como de ave y su cabeza de víbora se rodeaba de plumas blancas. El enorme animal quedó flotando frente a ellos. Aliza, asombrada estiró su mano para acariciar las suaves plumas de su faz. Era como un hermoso dragón chino.




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