Perspectiva: Alaric von Kastell
El primer sonido que registré no fue un grito, sino el silbido asmático de mi propio pecho.
Mi regulador pulmonar estaba perdiendo presión. El vapor escapaba por las válvulas de mi cuello con un siseo errático que me taladraba los oídos, señal inequívoca de que el cristal de cuarzo en mi placa pectoral estaba sufriendo una interferencia. Intenté mover la mano derecha para ajustar la presión, pero un peso muerto y frío me detuvo.
Fue entonces cuando el dolor me golpeó. No era el dolor agudo de una herida, sino algo peor: una náusea eléctrica que me recorría los huesos.
El hedor a podrido y la oscuridad me golpearon de la nada. Me sentía rígido y dolorido como si hubiera dormido en la peor pose del mundo. Tambien tenia un dolor de cabeza agudo que pitaba con fuerza detrás de mis oídos.
¿Qué había pasado? intente registrar lo ultimo que recordaba; había pasado el día en una revisión estándar de los proyectos de nuevos ingresantes en el taller de renovación cuando oí a alguien entrar, luego un calambre estático recorrerme y cerrar mi respiración y luego todo negro.
¿Tuve una falla repentina de mi sistema pulmonar de la nada?
No, el cuarzo estaba bien en la revisión esta mañana.
Algo más debió pasar. Pero el dolor apenas me dejaba unir puntos.
—No... te muevas —una voz, melódica pero rota, surgió de la oscuridad a mi izquierda—. Cada vez que tiras... siento que me arrancas la piel.
Abrí los ojos de golpe al no identificar la voz. La oscuridad de la celda estaba impregnada de un olor nauseabundo a pudredumbe, humedad y algo que reconocí de inmediato: magia pura. Un aroma a lluvia y bosque antiguo que, en mi estado, resultaba tan tóxico como el veneno. Miré alrededor, las paredes no eran de tierra, eran de piedra y metal fundido latiente, tenia venas planteadas que parecían palpitar por su cuenta.
Esta no era una celda de Esthei-Eden ni de Thaelian, estaba en Theseo; ese intento de reino podrido y en ruinas.
¿Cómo había llegado aquí?
Giré la cabeza con esfuerzo. A menos de treinta centímetros de mí, el heredero de Esthei-Eden era una mancha de plata y sombras.
—Siliomi Cael —mi voz sonó como engranajes moliendo arena cuando reconocí su silueta y esa cara de hada inocente—. Debería haber imaginado que terminaría en un agujero contigo.
—Y yo debería haber imaginado que incluso muriendo, serías tan insufrible, Von Kastell.
Apenas movió su mirada, sus grandes ojos esmeralda sin pupila me miraban con una calma e inocencia que siempre me ponía los pelos de punta. Los seres mágicos eran tan raros y turbios, y los reyes siempre se llevarían el premio gordo; alto y delgado, de contextura que parecería capaz de quebrarse si intentara ajustar una tuerca. Piel tostada pecosa con runas marcadas o tatuadas en distintos tamaños y colores al azar. Rasgos suaves, inocentes, orejas puntiagudas absurdamente grandes que ahora estaban apuntándome. Su larga cola con punta de pompón serpenteaba de un lado a otro con la punta vibrando en un color cobre. Su melena plateada larga y risada caía sin control hasta su cadera, apenas con divisiones de trencitas hechas con flores.
Vestía su ropa blanca y crema larga y suelta, parecía un maldito cura fae y hipee.
Tampoco puedo esperar mucho de un salvaje con cara de cordero que habla con las flores y ni siquiera tienen sus calles pavimentadas.
Entre nosotros, unida a nuestras muñecas, la cadena de Hierro Frío brillaba con un fulgor opaco. Era un metal muerto que absorbía la energía de mi regulador y, a juzgar por el temblor de Siliomi, también la vida de su sangre. El frio metal me quemaba la muñeca y justifico de golpe mi fallo pulmonar.
Intenté apartarme, un acto instintivo de repulsión hacia la criatura que encarnaba todo lo que mi imperio despreciaba. Pero en cuanto me alejé unos centímetros, mi regulador emitió un chirrido violento que hizo que me curvara. El cristal de mi pecho se tiñó de un rojo alarmante y mis pulmones se cerraron como prensas hidráulicas.
—¡Ahg! —caí de rodillas, arrastrándolo conmigo.
—¡Detente! —gritó Siliomi. Sus largas orejas se pegaron a su cráneo en un gesto de agonía pura. Vi su cola, ese apéndice absurdo, volverse de un color gris metálico, erizada—. Tu... esa cosa que llevas dentro... está contaminando mi flujo. Si te alejas, el hierro tira de mi magia para llenar el vacío de tu tecnología. ¡Nos estamos consumiendo mutuamente!
Me obligué a respirar para intentar calmarme, aunque cada bocanada de aire se sentía como tragar astillas de vidrio. El sudor frío me empapaba el uniforme de oficial de Thealitar.
—Es un sistema de retroalimentación parasitaria, Silvano. Básicamente, mi regulador te está usando como una batería de emergencia —logré decir, apretando los dientes—. La cadena crea un circuito cerrado. Mi soporte vital necesita estabilidad y tu... "don" busca un ancla.
Expliqué limpiándome el sudor de la frente, intentando usar palabras que su lento cerebro comprendiera.
—Hablas como si fuéramos piezas de un motor —escupió él. Sus ojos verdes sin pupilas brillaron en la penumbra, fijos en los míos. Estaba tan cerca que podía oler el polen en su piel—. No soy una pieza, Alaric. Soy un ser vivo. Y estar encadenado a una máquina moribunda como tú es el infierno que mi pueblo siempre predijo.
—Entonces reza a tus árboles, Silvano —respondí con una sonrisa amarga, sintiendo cómo el Sufluor me quemaba las venas—. Porque si no encontramos una forma de romper este hierro, tu preciosa magia va a terminar alimentando el motor que me mantiene vivo. Y créeme... no será una muerte rápida para ninguno.
Siliome soltó un ¨uhm¨ pensativo a la vez que desviaba su mirada al techo, tal vez pensando a que dios rezarle para salir de esta.
El silencio que siguió fue interrumpido por un ruido exterior: pasos pesados y el crujido de metal remendado con hueso.