Prohibido Tocar

Capítulo 2: El hedor de la lealtad

Perspectiva: Siliomi Cael

​Estar cerca de Alaric von Kastell era como intentar dormir junto a una hoguera de químicos y metralla.

​Cada vez que mi magia intentaba expandirse para reconocer el entorno, chocaba contra la estática violenta que emanaba de su pecho. Su regulador no era solo una máquina; era un parásito que gritaba. Sentía el metal fundido en su caja torácica como si fueran espinas clavadas en mi propia piel, y el Sufluor en su sangre sabía a amoníaco y muerte estancada.

Aleric estaba enfermo y envenenado, lo sabía no sólo por mi magia sino por como se veía; su piel blanca estaba casi traslúcida delatando sus venas oscuras. Aunque era robusto y entrenado se notaba que era sólo una fachada para la podredumbre en su interior. Su pelo era castaño platinado corto. Sus ojos semi rasgados negros parecían pozos profundos, siempre miraba desde arriba a cualquiera, como si fuera mejor que todos.

Los tecnócratas eran pretenciosos y ególatras casi por naturaleza.

Tan centrado en sus egos que no veían que sus propios intentos artificiales por alargar sus vidas los envenenaban y acortaban aún peor.

​—¿A qué dios vas a rezarle? —lo oí decir con esa voz cargada de un cinismo que ocultaba su propio terror.

​No le respondí. No porque no tuviera palabras, sino porque estaba demasiado ocupado filtrando su agonía para que no me bloqueara los sentidos. Incluso las paredes en este lugar lloraban, era una revuelta de gritos para mis sentidos.

Alaric creía que yo era débil porque mis manos no tenían callos de fábrica, pero no tenía idea de la fuerza que se necesitaba para no desmayarse cuando sentías el pulso de tu enemigo vibrando contra el tuyo a través de una cadena de hierro frío. Sentía el Sufluor matarlo e incluso intentar llegar a mi.

​Sentí las vibraciones en el suelo de piedra. Pasos. Pesados, asimétricos, el chirrido de metal sin lubricar mezclado con el chasquido de articulaciones orgánicas. Sentí el latido en el aire antes de siquiera ver la silueta.

​—Ya vienen —susurré. Mi cola se volvió de un color cobre brillante, una señal de advertencia que mi cuerpo disparaba ante la presencia de una amalgama de Theseo—. Alaric, deja de luchar contra la cadena. Solo... quédate cerca.

​Él soltó un bufido de desprecio, pero cuando la puerta se abrió con un estruendo metálico, sentí cómo su ritmo cardíaco se disparaba. Sus pulmones mecánicos fallaron un segundo, dejándolo vulnerable.

​Por puro reflejo de mi linaje, me pegué a él.

No fue un acto de sumisión, aunque él, en su infinita arrogancia, probablemente lo vería así. Lo sentía en su ego. Me deslicé bajo su brazo, cubriendo su costado izquierdo, donde su placa pectoral era más frágil.

En mi cultura, protegemos el flanco del herido no por lástima, sino para que su debilidad no sea el fin del grupo. Aleric era fuerte e imponente, pero el Sufluor y su propia máquina lo estaban matando. Mi calor corporal estabilizó su vapor; mi presencia mágica actuó como un bálsamo para el cortocircuito de su regulador. Mi respiración apoyo la suya, evitando que volviera a desestabilizarse.

​Las sombras que entraron en la celda eran una pesadilla arquitectónica que me puso los pelos de punta.

Hombres que poco lo eran ya, partes de si estaban reemplazandas por prótesis tecnológicas infectadas por magia. Sus pieles eran grises, envenenadas, corrompidos. Venas biológicas y tecnológicas palpitaban en las costuras de las prótesis. El aire se volvió más tenso con su llegada, un hedor metálico y contaminada entró con ellos.

Mi pecho vibró al oír la agonía de sus mutaciones. Tuve que bajar las orejas para intentar suprimir lo que oía.

Eran tres amalgamas de Theseo. Los desertores de Esthei-Eden y Thaelian y anarquistas furtivos que fundaron Theseo y decidieron que las reglas de ambos mundos por separado podían juntarse para su propio beneficio.

Y sí, eran más fuertes y poderosos, pero también tan profundamente corrompidos y enfermos que la moral ya no valía de ningún modo para ellos.

Intercambie una mirada furtiva con la tercer amalgama al notar que tenía una presencia mágica más fuerte. Lo supe al instante cuando capte sus ojos bajo su velo negro, era un mago desertor y contaminado.

​—Mírenlos —gruñó uno de ellos, su voz saliendo por un diafragma oxidado—. El futuro del acero y el príncipe de la maleza. Tan puros, tan... inútiles.

—No puedo creer que realmente los consiguieran traer —la Amalgama Mago suspiro inclinando levemente la cabeza para vernos bajo su velo.

Toda mi piel se herizo y sentí el ardor en nuestros cuerpos cuando su magia contaminada sondeo la celda y a nosotros. La cadena, el sistema de Aleric y mi magia se retorcieron y agonizaron por el sondeo, nuestros sistemas intentando agarrarse de la magia de la amalgama que no era más que un tayo con espinas venenosas para nuestros cuerpos.

Aleric se retorcio y ahogó un gemido de dolor. Humo salió de los conductos en su cuello, sus pulmones artificiales fallaron. Me pegué más a él aunque me ardiera en mi sistema nervioso mágico, usando el propio movimiento lateral de mi respiración para impulsar la suya.

—Esos pretenciosos sectarios tienen las cabezas tan metida en sus culos que no notaron cuando les arrebatamos a sus fragiles principitos —Se río el tercero al vernos encojernos más en la esquina.

​—¿Qué quieren de nosotros? —escupió Alaric, intentando erguirse a pesar de que yo sentía cómo sus piernas temblaban. Deje que me usará de apoyó para que no empezará a convulsionar.

​—Queremos que el mundo vea cómo sus "perfecciones" se pudren juntas —la Amalgama principal se acercó, el olor a aceite rancio y carne quemada era insoportable—. Sus padres creen que la guerra es un tablero de ajedrez. Nosotros somos las fichas rompiéndose. Los usaremos para que Thealitar y Esthei-Eden se destruyan buscando al culpable en el otro, mientras nosotros construimos algo que no necesita ni raíces ni fábricas. Algo... eterno.




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