Prohibido Tocar

Capítulo 3: Tregua por sangre

Perspectiva: Alaric von Kastell

​Apenas el eco de los pasos de las Amalgamas se desvaneció, el silencio de la celda se volvió insoportable. No era paz; era el sonido de la tensión palpable de dos sistemas que no se soportan.

​Me aparté de Siliomi con tanta violencia que la cadena dio un latigazo. Mi muñeca ardió, el hierro frío devorando la poca carga que mi regulador había recuperado.

​—No vuelvas... a hacerme eso —siseé, apoyando la espalda contra la pared húmeda. Mi pecho emitía un traqueteo metálico preocupante.

Sentia mi respiración inestable y rasposa, me ardia el pecho. Baje las pulsaciones para que el sobrecalientamiento bajé, fue arriesgado amenazar con reventar, pero al menos funcionó para evitar que nos pusieran las manos encima.

​—¿Hacerte qué? ¿Darte aire para que tus pulmones de hojalata no colapsaran? —Siliomi me miró desde el suelo sin mover su expresión de cordero, con su cola plateada golpeando rítmicamente la piedra, ahora de un tono plomo sucio—. De nada, por cierto.

​—No me estabas dando aire, estabas contaminando mi sistema con tu... "esencia" —escupí la palabra como si fuera veneno—. Tu magia es errática, primitiva. Mi regulador casi se sobrecarga intentando filtrar el desastre de energía que emanas. No eres un salvador, Silvano. Eres un riesgo biológico.

​Siliomi soltó una risa seca, sin una pizca de esa "pureza" que aparentaba. Se puso de pie con una elegancia que me irritó; incluso en su traje de monja, se movía como si el aire le perteneciera.

​—Y tú eres un cadáver envuelto en cables —replicó, acercándose un paso, lo que hizo que la cadena colgara entre nosotros como una serpiente muerta—. Mírate, Alaric. Estás sudando aceite. Tus venas están negras. No respiras bien. Te mueres de Sufluor y lo único que te importa es que no "contamine" tu preciosa máquina. Si me sueltas, te mueres. Si te alejas, te ahogas. ¿Te lo explico con diagramas o tu ego es demasiado grande para la aritmética básica?

​Me incorporé, ignorando el mareo. Tomando aire sintiendo como si me hubiera dado una bofetada con su manita de mago.

¿Quien se creia este hippie pretencioso?

Me sorprendiera que supiera notar síntomas, aunque las palabras le quedaban muy grandes para lo escuálido y cara de tonto que tenía.

​—Voy a abrir este candado. Con o sin tu ayuda —busqué en los bolsillos de mi uniforme hasta encontrar un pequeño filamento de acero que había ocultado en la costura de mi manga. Una herramienta de precisión de Thealitar.

​—¿Con eso? —Siliomi señaló el filamento con una oreja moviéndose con desdén—. Esa cerradura está imbuida de vacío, Alaric. No es solo metal. Necesita que alguien mueva las líneas de flujo desde adentro.

​—Aparta tus manos de hada de aquí. La magia es lo que nos metió en este lío —empecé a hurgar en la cerradura del grillete. El contacto con el hierro frío me enviaba calambres dolorosos hasta el hombro.

El soltó aire tocándose un pecho como ofendido, luego se miro las palmas aún sin sacar su expresión.

—No tengo manos de hada. Tu tienes manos de ogro —me apuntó con una garra casi tocando mi cara.

—Tengo manos de hombre, el que nunca hayas levantado una piedra en tu vida no es mi culpa —me encogi de hombros ignorandolo.

¿Manos de ogro?

Que tonto superficial es este chico, por todos los dioses. Cara de cordero hueco y no era exageración esa descripción. Me encadenaron a un principito delicado, es el peor castigo de mi vida.

Intente usar el metal para abrir mi grillete. El frío material me estaba empezando a quemar las manos de una forma que no era normal. Debia ser algo de la contaminación de las amalgamas. O la magia tonta del príncipito.

​—¡Estás perdiendo el tiempo! —Siliomi tiró de la cadena, desequilibrándome, luego se puso más serca—. Si dejas que use mi percepción, puedo sentir los pernos...

​—¡He dicho que no! —le propiné un empujón con el brazo libre. Su acercamiento hizo vibrar mis pulmones. Al cuarzo no le gustaba su invasión mágica.

​La reacción fue instantánea. Yo ejercí fuerza, Siliomi respondió con un empujón cargado de una chispa verde instintiva. El choque de nuestras naturalezas en ese espacio reducido provocó un estallido: el regulador de mi pecho soltó una llamarada de vapor hirviendo y Siliomi cayó de espaldas, gimiendo mientras se cubría los ojos. La caída me empujó hacia adelante pero me negué a caer. Tiré de la cadena, él tiró también dejándola tensa entre nosotros.

​El aire en la celda se volvió irrespirable. El vapor me quemaba el cuello y a él la magia le devolvía el golpe como un latigazo. Estábamos ahí, jadeando, separados por la longitud de una cadena.

Miré la cadena, tensa y aún uniendonos. Luego su cara. Su expresión era una mezcla de molestia y dolor por el tirón mágico. Miré alrededor, seguíamos aquí.

El silencio se plantó entre nosostros mientras ambos dejáramos de forcejear.

​—Nos van a matar mañana —la voz de Siliomi llegó desde el suelo, quebrada, despojada de su musicalidad—. Van a tirar nuestros cuerpos para que nuestros padres se maten. Y tú estás aquí, peleando por quién tiene la razón técnica.

​Me limpié el rastro de sangre que bajaba por mi nariz. Miré mis dedos manchados con mi sangre moteada. El Sufluor estaba ganando terreno.

Pensé en mis padres, en mis amigos, en los nuevos ingresantes. En mi gente ardiendo en ira por creer que los de Estheia-Eden me mataron, masacrandose mientras los verdaderos culpables se aprovechan de su victoria.

No quiero eso...

Suspiré finalmente.

​—Si uso el filamento para hacer palanca en el eje central —dije, con la voz rota, sus palabras también me afectaron pero intente ocultarlo—, tú podrías... podrías intentar "empujar" esos pernos mágicos que mencionas. Pero no me toques. Solo... concéntrate en el hierro.

​Siliomi se sentó, mirándome con una mezcla de furia y cansancio. Se acercó lentamente, manteniendo la distancia mínima necesaria para que la cadena no tirara.




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