Prohibido Tocar

Capítulo 4: el peligro de la fragilidad

Perspectiva: Siliomi Cael

​La explosión blanca no fue solo luz; fue un grito de agonía compartido. Sentí la conciencia de Alaric tambalearse antes de que su cuerpo colapsara sobre el mío.

El gas verde comenzó a filtrarse desde el techo, con un olor a azufre y metal podrido que me quemó la garganta.

​—Alaric... —intenté llamarlo, pero él era un peso muerto de metal y cuero. Sus pulmones artificiales habían succionado el veneno antes que nadie.

El aire se había ido de su cabeza, lanzándolo a su inconciencia mientras su cuerpo intentaba respirar.

​Miré nuestra unión. El candado, que había cedido por un segundo milagroso, se había cerrado de nuevo por un mecanismo de seguridad de la celda.

Estábamos atrapados, otra vez. El pánico, frío y afilado, me recorrió la columna, con cada inhalación mi pecho ardía por las toxinas, ver a Aleric casi muerto me hizo hiperventilar. Todo pareció dar un vuelco a mi alrededor. El veneno nublaba mi vista, la estática del ambiente y el grito de vida de los pulmones de Aleric hacían pitar mis oídos.

Pero entonces algo más profundo despertó. Mi linaje no era solo para "sentir"; era para sobrevivir.

Todo se volvió enfocado y recto de golpe. Me sentí con una fuerza que no tenía y actúe por impulso puro antes de poder pensar.

​Agarré a Alaric por las correas de su uniforme y tiré de él hacia la puerta. Mi magia, normalmente fluida como un río, se volvió espesa y oscura por la adrenalina.

​—Protego Ferro —susurré mientras me abalansaba hacia la puerta con impulso.

​No fue un escudo suave. Fue un estallido de energía verde esmeralda que golpeó la puerta de metal como un ariete. El esfuerzo me hizo escupir sangre; el choque entre mi magia y la estructura tecnológica de la celda fue como si me estuvieran arrancando los nervios uno a uno.

La puerta voló hacia el pasillo aplastando a la amalgama que había entrado y yo arrastré el cuerpo de Alaric fuera, movido por una fuerza que no sabía que tenía.

​Corrí.

El mundo era un borrón de luces rojas de alarma y sombras grotescas. Al pasar por los laboratorios, mis orejas se pegaron contra mi cráneo, intentando silenciar los gritos de los experimentos de las Amalgamas.

Vi cuerpos abiertos, cables cosidos a nervios vivos, flores marchitas creciendo de ojos humanos, magia contaminando grotescamente cadáveres o gente en agonía. La náusea era constante, pero el miedo a que Theseo nos convirtiera en eso me obligaba a seguir.

​—¡Ahí están! —un grito ronco me cortó el paso en seco.

​Era una Amalgama. Más grande que las otras, con un martillo hidráulico en lugar de brazo y cables saliendo de sus cuencas oculares. Se interpuso en el pasillo, bloqueando la única salida hacia el nivel superior.

​—Regresa a tu jaula, pajarito —gruñó, alzando su brazo mecánico.

​Algo en mí se rompió. Estaba saturado de su ruido, de su olor a aceite rancio, del peso muerto del hombre que odiaba en mi muñeca y del dolor de mi propia magia contaminada.

No pensé. No razoné.

Vi rojo.

Luego blanco.

Luego verde estrellado.

​Solté un grito que no sonó humano. Mi magia no salió como un rayo, sino como raíces de pura luz que brotaron de las grietas de la piedra, veloces y letales.

LLas raíces no lo golpearon; se enredaron en sus juntas mecánicas, en la carne expuesta de su cuello y en los cables de sus ojos. Di la orden de movimiento, con cada gramo de odio que sentía por este lugar.

​Oí el crujido de los huesos mezclándose con el metal doblándose. La Amalgama ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de que sus partes fueran arrancadas de un estallido natural. La sangre, oscura y espesa, salpicó el suelo y mi rostro.

Lo miré por un segundo: no era un hombre, solo chatarra y despojos podridos.

​—Asquerosos... —susurré, con la voz temblando por el shock—. Sois... errores.

​Seguí corriendo, arrastrando a Alaric sobre el charco de sangre sin mirar atrás. Mis pulmones ardían, mi cola vibraba en un tono cobre tan intenso que dolía. Finalmente, encontré una rejilla de ventilación que daba a un callejón exterior. Lance a Aleric sin dudar y lo empuje hacia afuera mientras me escabullia detrás de él, aunque su sólo tacto ardía en mi magia.

Salimos al aire frío y putrefacto de la noche, cayendo sobre un montón de basura tecnológica palpitante.

​Me arrastré hasta un rincón oscuro, oculto tras unos contenedores oxidados, y solté a Alaric como si me quemará. Porque en parte lo hacía, mis manos ardían como si hubiera agarrado unos carbones encendidos.

El silencio de la noche solo era roto por el silbido agónico de su regulador, que empezaba a filtrar el gas verde en pequeñas bocanadas de vapor tóxico. Cada siseo de la máquina de Alaric sonaba como un reproche en la quietud del callejón.

Su cuerpo intoxicado intentaba desintoxicarse del nuevo veneno. Que mal chiste biológico.

​Miré mis manos. Bajo la luz pálida de las lunas rojas, no parecían mías.

Estaban manchadas de una mezcla viscosa de sangre caliente y grasa mecánica oscura. Mis garras, normalmente limpias y cuidadas para el toque delicado de la sanación, estaban rotas y ennegrecidas por el esfuerzo de arrastrar metal y carne. El temblor me sacudió de pies a cabeza, un escalofrío que nacía en la base de mi cola y me erizaba el vello de la nuca.

​Acababa de matar. No había sido una defensa elegante ni un sacrificio sagrado. Había usado la vida ,la fuerza misma que corre por las raíces y las venas, para desmembrar, para desgarrar, para destruir. Era una perversión de todo lo que me habían enseñado en Esthei-Eden.

Me sentía sucio, como si el veneno de Theseo hubiera encontrado una grieta en mi espíritu y se hubiera instalado allí.

​—Despierta... —le di una bofetada débil a Alaric, sintiendo el frío del metal de su mejilla contra mi palma ensangrentadsu

Estaba desesperado por no estar solo con mis pensamientos, por no oír el eco de los huesos de la Amalgama rompiéndose bajo mi magia y el siseo suplicante de esta tierra contaminada.




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