Prohibido Tocar

Capítulo 5: El Sabor del Aceite y la Culpa

Perspectiva: Alaric von Kastell

​Desperté con el sabor de la muerte en la boca.

​Fue un arranque violento; mi regulador dio una sacudida, expulsando una bocanada de vapor negro que me quemó la garganta. Mis pulmones artificiales chirriaron, luchando por purgar el residuo de gas verde de Theseo. Sentía que había tragado cenizas negras y podridas. Lo primero que vi fue el cielo: no el gris pesado de mi hogar, sino un púrpura sucio y contaminado por las luces de la ciudad anarquista, apenas iluminado por las lunas rojas.

​Intenté incorporarme, pero mi brazo derecho pesaba una tonelada. Algo me jalo, impidiendo levantarlo.

La cadena.

¿Por qué sigue ahí?

Lo último que recuerdo es el claro sonido de los grilletes abriéndose.

​—Maldita sea... —gruñí, girando la cabeza.

​Siliomi estaba allí a mi lado, sentado contra la pared venosa. Pero ya no era el príncipe pulcro de Esthei-Eden. Estaba hecho un desastre: cubierto de salpicaduras de sangre oscura y grasa, con el cabello plateado esponjado y pegado al rostro, los ojos perdidos en algún punto del suelo. Su cola, inmóvil, parecía un trozo de metal oxidado, las orejas bajas pegadas al craneo. Me incorpore a medias ahogando un chillido de dolor por el tirón de una punzada que golpeaba mis pulmones.

​—¿Qué haces ahí sentado como un idiota? —espeté, intentando ocultar el temblor de mis manos—. El candado... lo habíamos logrado. ¿Por qué diablos volvemos a estar unidos?

​Hice un esfuerzo por tirar de la muñeca. El hierro frío emitió un clic sordo. Estaba cerrado. De nuevo. Me ardían demasiado mis prótesis internas y nota mi muñeca roja por una quemadura superficial.

Ese idiota debió usar magia mientras yo estaba inconsciente.

​—¿Te quedaste paralizado, no? —continué, mi irritación creciendo a medida que el dolor del Sufluor volvía a latir en mis sienes—. Tuviste la oportunidad de soltarnos y decidiste usar magia a sabiendas de que eso solo empeoraría todo. Por tu culpa seguimos en este basurero. Eres un lastre, Silvano. Un maldito lastre inútil que no sabe ni usar una llave cuando se la ponen delante.

​Siliomi no se movió. Ni siquiera me miró. Parpadeo lento, sus pestañas plateadas apenas tocándose. Su voz, cuando salió, no tenía ese tono musical de antes. Era plana, seca, como madera quebrándose bajo el hielo.

​—Estás vivo —dijo, sin mirarme.

​—¿Qué?

​—Estás vivo porque te arrastré —giró la cabeza lentamente. Sus ojos verdes, vacíos de pupila, estaban inyectados en sangre—. Te desmayaste como un juguete roto en cuanto el gas tocó tus pulmones de chatarra. Te saqué de la celda. Te arrastré por los pasillos mientras los cadáveres de los tuyos y los míos se pudrían en sus mesas de disección.

​Se puso de pie. Su altura, que antes me parecía ligero, ahora resultaba amenazante. Se limpió un rastro de sangre del pómulo, dejando una mancha bordo que parecía una pintura de guerra.

​—La cerradura se activó por magnetismo en cuanto intenté cruzar el umbral —continuó, dando un paso hacia mí, obligándome a retroceder contra un contenedor, su sombra fría envolviéndome mientras sus ojos vacíos me miraban directamente—. Podría haberte dejado allí. Podría haber dejado que el gas fundiera tus cables, que tu mano de pudriera y que las Amalgamas usaran tu carcasa para piezas de repuesto. Pero elegí cargarte.

​Me quedé en silencio un segundo, sorprendido por la frialdad de sus palabras. Mi orgullo herido rugió junto a mis pulmones agonizantes.

​—Nadie te pidió que fueras un héroe —respondí, mi voz subiendo de tono mientras me levantaba para dar la cara—. Si no fueras tan patético, habrías encontrado la forma de abrir el mecanismo antes de salir. Mi gente no se deja llevar por el pánico. Mi gente...

​—Tu gente es la que construyó este lugar, Alaric —me cortó con un tono tan directo que me golpeó como un puñetazo—. Theseo es el hijo bastardo de tu tecnología y mi magia. No me hables de superioridad mientras dependes de mi respiración para no convulsionar. Mírate. Eres un oficial de Thealitar que necesita ser rescatado por un "principito fae" para no morir asfixiado en su propio vapor.

​—¡Tú no sabes nada! —grité, tirando de la cadena con furia—. ¡Si no estuviéramos encadenados, ya te habría entregado a la guardia de fronteras!

Lo empuje con mi antebrazo, aunque el tacto me ardió como alcohol en una herida abierta. Sus ojos vacíos me dieron un escalofrío en la espalda, no veía ninguna emoción a través de ellos. Como si no fuera él el que hablaba.

​—Pero lo estamos —Siliomi señaló la cadena con una garra ensangrentada, su rostro transformándose en una mueca de asco—. Y cada vez que abres la boca para soltar tu veneno lógico, me recuerdas por qué el mundo se está pudriendo. He matado a uno de ellos para sacarte de aquí. He ensuciado mis manos por un hombre que ni siquiera puede dar las gracias porque su ego no cabe en este callejón ni en su propio pecho roto.

​Me quedé helado.

He matado a uno de ellos.

Miré sus manos. Bajo la luz enferma de Theseo, los restos de carne y filamentos metálicos que aún colgaban de sus uñas rotas parecían pruebas de una pesadilla. La realidad me golpeó en el estómago con más fuerza que el Sufluor: él no solo me había arrastrado. Había luchado.

Ese maldito hippie de palo, ese príncipe que "cantaba" a los árboles, había desatado una violencia que yo, con todo mi entrenamiento militar, apenas lograba procesar. Todo mientras arrastraba mi cuerpo inconsciente.

Baje la mirada un momento a mi pecho, notando algunos tirones y desgarros en la tela de mi ropa. Él se había aferrado a mi, se había aferrado con mucha fuerza negándose a dejarme atrás.

Por un momento, el silencio fue denso como el gas verde. Nos odiábamos con la fuerza de dos imperios en guerra, pero nos necesitábamos con la desesperación de los náufragos. Éramos la única traición que el otro podía permitirse para seguir respirando.




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