Perspectiva: Siliomi Cael
El sensor ocular emitió un pitido agudo y mi mundo se llenó de estática. La cadena en mi muñeca no solo vibraba; gritaba. Era una melodía electrónica, una frecuencia que se sentía como agujas de coser atravesando mi tímpano.
—¡Corre! —Alaric tiró de mi brazo con la fuerza de un buey de carga.
—¡No por ahí, idiota! —le grité, devolviéndole el tirón hacia un callejón estrecho—. El metal de esas tuberías está muerto. No puedo oír qué hay detrás.
—¡No necesito oír nada, necesito cobertura! —rugió él, arrastrándome hacia una zona de descarga llena de cajas de acero.
Chocamos hombro con hombro, una y otra vez, empujandonos mientras huíamos. Éramos un animal de dos cabezas peleando consigo mismo y sufriendo por los choques de nuestros cuerpos no compatibles. Alaric buscaba ángulos de tiro y salidas lógicas; yo buscaba el latido de la ciudad, el susurro de la contaminación viva que crecía en las grietas de Theseo. Las paredes latientes sabían más del camino y donde estaban las salidas de este limbo agonizante.
Pero la cadena... la cadena era un grito que lo tapaba todo.
—Gira a la izquierda —ordené, aunque mi voz sonaba distante para mis propios oídos—. Siento humedad. Hay un desagüe biológico cerca.
—¡Es una alcantarilla, Silvano! Si entramos ahí, el Sufluor de mi sistema reaccionará con los gases y volaremos por los aires —Alaric se detuvo en seco, tirando de la cadena para frenarme.
Me giré hacia él. Todo mi cuerpo había sido jalado bruscamente por su fuerza, quede con un pie al aire a medio camino. Mi paciencia se había quedado en aquel charco de sangre del laboratorio.
—Entonces explota de una vez y déjame el brazo libre —le solté, acercándome tanto que pude ver el rastro de hollín en sus ojos—. Porque mientras sigas pensando como un ingeniero de academia en este lugar construido por cadaveres, vas a terminar colgado de un gancho. Thiseo no es una máquina, Alaric. Es un cáncer que late. Y si no nos movemos con su ritmo, nos va a devorar.
Su rostro se puso rígido, pero antes de que pudiera soltar otro de sus insultos de "ogro", el suelo bajo nuestros pies cedió. No fue un accidente; fue un desprendimiento de la carne de la ciudad.
Caímos por un túnel recubierto de una sustancia viscosa y fría. El impacto contra el suelo de metal oxidado me sacó el aire de los pulmones. Alaric cayó sobre mí, su placa pectoral presionando mis costillas con un peso que me hizo ver estrellas.
El ruido de la cadena en mi cabeza se detuvo al caer, pero fue reemplazado por algo peor: el hedor de Theseo en su estado más puro. Nos arrastramos fuera del lodo químico y nos cubrimos con lo primero que encontramos en un vertedero cercano. Me envolví en un manto de lana raída que olía a moho y aceite, mientras Alaric se ponía una capa encerada que ocultaba el brillo delatador de su uniforme y su cuarzo aun funcional.
—Tenemos que mantenernos bajo radar... aquí la señal de los grilletes es opacada por el propio grito agónico de estas entrañas —le explique mientras me ponía la capucha del manto. Él me miro como si hablara Sivenio antiguo.
—Eres tan raro a veces. No hay ninguna entraña gritando, el humo ya te esta haciendo alucinar —frunció el seño incredulo.
—No, mira alrededor. Las paredes y el suelo son mas carnoso y las raíces son venas corruptas que aun laten —apunte a las paredes y el suelo, luego a mis oídos—. Tu no lo oyes, pero este lugar grita con más fuerza y su frecuencia tapa la de los grilletes.
—Pero no los abre ni deja de quemarnos, además de que sigue viéndose —replicó Alaric con un gruñido—. Quédate cerca, loquito de oído agudo, así la cadena se oculta entre nuestras capas.
Me acerqué a él, pero mi atención seguía perdida en la arquitectura de pesadilla que nos rodeaba. Alaric no lo entendía. Para él, este lugar era un fallo de ingeniería; para mí, era un crimen biológico.
El Mercado Negro de Theseo no estaba construido sobre la tierra, sino que parecía haber brotado de ella como un tumor. Las paredes de piedra estaban recubiertas por una membrana traslúcida y húmeda que palpitaba al ritmo de los generadores de vapor. Bajo nuestros pies, el suelo no era de metal sólido, sino de rejillas oxidadas que dejaban ver raíces gruesas y negruzcas, enredadas en cables de cobre, que succionaban el lodo químico de los niveles inferiores.
Caminamos por el mercado ocultando nuestra unión bajo las telas. El aire aquí no se respiraba, se masticaba; sabía a metal oxidado y a magia podrida.
Era un laberinto de puestos hechos con restos de naves de guerra y telas quirúrgicas manchadas. La luz no venía del sol, sino de tubos de neón que parpadeaban con un zumbido eléctrico, revelando la neblina constante de Sufluor que flotaba en el aire.
Cada pocos metros, el sonido cambiaba. Del siseo de las válvulas de presión de un puesto de prótesis al murmullo rítmico de un "mago de cables" que intentaba reanimar una raíz moribunda con descargas estáticas. Vi a una Amalgama vendiendo botes de un líquido esmeralda que burbujeaba con una luz radioactiva, y a su lado, un chatarrero desmantelando un brazo mecánico que aún realizaba movimientos espasmódicos, como si los nervios biológicos atrapados en el acero se negaran a aceptar la derrota.
El aire sabía a ozono, sangre y aceite rancio. Era el "grito" del que le hablaba a Alaric: el chirrido de la tecnología violando a la naturaleza, una cacofonía que envolvía mis sentidos y, efectivamente, ahogaba la señal de nuestros grilletes bajo una marea de interferencia orgánica.
—Es un matadero que respira —susurré, apretando el paso.
Alaric no respondió, pero sentí cómo su mano libre se cerraba en un puño bajo su capa. Él también lo sentía, aunque su mente se negara a ponerle nombre. Caminamos entre la multitud de sombras remendadas, dos fragmentos de un mundo que no tenia lugar ahi, buscando algo o alguien que nos fuera de ayuda mientras la ciudad latía, enferma y hambrienta, bajo nuestras botas.