Perspectiva: Alaric von Kastell
Cada paso era un insulto a mis pulmones. Sentía el cuarzo pasar de frío a caliente en mi pecho, haciendo que cada respiración sea más dolorosa. Las palabras de Siliomi seguían rebotando en mi cráneo con la fuerza de un martillo hidráulico:
Contando tiempo negativo.
Lo odiaba. Odiaba su calma estúpida, su moralidad superior y esa forma en la que me miraba, como si yo fuera un experimento fallido que se negaba a apagarse.
Como si le diera asco mi lucha por vivir.
—Camina —gruñí, dándole un tirón a la cadena que casi me hace perder el equilibrio—. Deja de mirar las paredes. No van a darte las gracias por escucharlas.
Seguí caminando por los enredados pasillos de este laberinto vivo. Sentía como si el suelo abrazara mis botas con cada paso, complicando más mis esfuerzos. Al menos las amalgamas habían dejado de mirarnos, probablemente porque ya me veía tan muerto y podrido como ellos.
—Estás sudando aceite, Alaric —respondió él sin volverse a verme. Su voz era plana, distante—. Tu frecuencia cardíaca está afectando la vibración del plomo. Si no te detienes, vas a entrar en combustión interna.
—¡He dicho que camines! —le grité, aunque el esfuerzo me provocó un acceso de tos que me dobló por la mitad.
Escupí sobre el metal de una rejilla. Lo que salió no fue sangre roja, sino un fluido denso, veteado de negro y con un brillo iridiscente.
Sufluor.
Estaba en mi torrente principal. El aire que salia de las válvulas en mi cuello eran más humo gris que oxígeno. Sabía que me quedaba poco tiempo, mis médicos en Thaelian habían sido claros al respecto cuando me instalaron el núcleo, pero se suponía que tenía meses. Quizás un año si me mantenía en entornos controlados.
Pero Theseo no era controlado. Theseo era una incubadora de podredumbre y la magia errática del Silvano estaba actuando como un catalizador, acelerando la oxidación de mis venas.
El sufluor había pasado a mi sangre y de estaba instalando rápidamente. Era la peor noticia, si infectaba toda mi sangre haría metástasis y ya no habría forma de salvarme.
—Alaric... —Siliomi se detuvo. La cadena de tensó entre nosotros.
—No... te detengas —traté de decir, pero el mundo dio un vuelco.
Mis piernas, esas maravillas de la ingeniería que me habían llevado a través de mil batallas, simplemente se desconectaron. El suelo de rejilla subió a recibirme con un impacto sordo. La oscuridad me reclamó por un momento, un vacío frío donde el único sonido era el silbido de mi regulador pidiendo clemencia. Vi oscuridad y estrellas un momento y sentí el sabor metálico de mi sangre en mi paladar.
Cuando volví a abrir los ojos, ya no estábamos en el pasillo. El techo era de concreto podrido y el olor a humedad era menos agresivo. No había amalgamas a nuestro alrededor, solo un silencio constante irrumpido por el latido de una pared y el silbar de las venas bajo el suelo.
Siliomi me había arrastrado a lo que parecía una antigua estación de bombeo abandonada. O lo que alguna vez intentó ser eso. Estaba sentado frente a mí, con las rodillas pegadas al pecho, observándome con esos ojos verdes que no parpadeaban. Esa mirada entre neutra y piadosa, como si fuera un cordero enfermo.
Intenté incorporarme, pero mi brazo derecho estaba muerto. El Sufluor había bloqueado las articulaciones biónicas de mi sistema. Ahogue un gemido de dolor al ver mi brazo derecho ya empezar a ponerse violeta y las venas verdes de sufluor hincharse y latir sobre mi piel.
—Vete al demonio —susurré, dejando caer la cabeza contra la pared fría—. Deberías haberme dejado ahí. Habrías tenido un poco de paz antes de que Varg viniera a desguazarme.
Siliomi no respondió de inmediato. Jugó con un eslabón de la cadena de plomo.
—¿Por qué sigues peleando? —preguntó finalmente—. Tu cuerpo se está apagando. El Sufluor te está consumiendo. En Esthei-Eden, cuando un árbol se pudre por dentro, dejamos que caiga para que alimente al resto del bosque. Tú... tú te aferras a los cables como si el dolor fuera una recompensa.
—Porque no quiero morir —la confesión salió de mi boca antes de que mi orgullo pudiera filtrarla. Mi voz sonó pequeña, quebrada, despojada de cualquier rango militar—. No quiero morir en este agujero lleno de mugre. No quiero ser una pieza de repuesto en el estante de una Amalgama.
La conferencion se quebró en mi garganta una vez la realidad me golpeó de frente. Mi brazo ya no respondía, el Sufluor había dominado mi sangre, mis pulmones estaban contaminados y no había nadie que pudiera crear un reemplazo para el desastre que era ahora.
Finalmente estaba en este momento.
Me iba a morir. Realmente estaba por morirme.
Lo miré y ,por primera vez, no vi al "principito hippie", sino al único testigo de mi final. Sentía mi pulso en mi garganta, agonizando con cara respiración que se me hacía cada vez más difícil y dolorosa.
—Tengo una hermana en Thaelian —dije, sintiendo un nudo de hierro en la garganta—. Ella... ella todavía cree que voy a volver con la cura. Mi padre confía en que heredaré el mando. Si no vuelvo, mi Reino entrará en caos. Se matarán entre ellos buscando culpables. Se matarán con los tuyos.
Cerré los ojos y la imagen de los campos de Thaelian, antes de que el humo lo cubriera todo, cruzó mi mente.
Pensé en mi hermana Amelia, en como ella siempre me vio como su héroe desde que mi madre murió de Sufluor. Pensé en lo destrozada que estaría por la noticia de haber perdido a otro pilar por esta enfermedad de mierda.
Pensé en mi padre, que se había endurecido más con el pasar de las tragedias, que siempre me inspiró a ir más lejos. En como me prometió que haría todo lo necesario para que el Sufluor no me matara también.
Pensé en mis amigos, en mis colegas, en cada persona que conocía. En sus luchas y las mías.
Pensé en el desastre que se desataría luego de mi muerte, el principio del fin.