Prohibido Tocar

Capítulo 8: El sonido de la vida

Perspectiva: Siliomi Cael

​Entrar en el sistema de Alaric fue como sumergir mis manos en un nido de avispas de cristal.

Sentía mi sistema nervioso vibrar como si lo frotaran con una lija. Mi aura mágica me imploraba alejarme, no era un procedimiento sencillo o seguro para nadie.

​Dudé un segundo antes de profundizar el flujo. Mi mente gritaba que esto era una aberración. En Esthei-Eden, prolongar la vida de un cuerpo que clama por la tierra es un crueldad, una forma de egoísmo que marchita el alma y altera el ciclo natural. Pero mientras miraba el rostro de Alaric, pálido y perlado de sudor negro, mi propia lógica se retorció.

«No estoy rompiendo el ciclo», me mentí a mí mismo mientras cerraba los ojos.

«Solo estoy equilibrando una balanza que la tecnología inclinó demasiado rápido. Es un bien mayor. Si muere aquí, la guerra consumirá el bosque. Solo le estoy devolviendo el tiempo que Theseo le robó ilegalmente».

​Con esa excusa como escudo, solté mi magia.

​El contacto con su regulador me envió una descarga de estática que me recorrió los brazos. Mi conciencia se deslizó por sus venas, y lo que encontré fue una pesadilla de ángulos rectos y vapor a presión. La sangre de Alaric no fluía; era empujada por bombas de titanio y en ese torrente, el Sufluor brillaba como pequeñas dagas de luz esmeralda podrida que rasgada todo lo que tocaban.

​—Respira... —susurré, más para mí que para él.

​Empecé a filtrar. Usé mi esencia como una red, atrapando las partículas del veneno antes de que llegaran a su cerebro. El Sufluor opuso resistencia; se alimentaba de mi magia, volviéndose más denso, más afilado. Sentí cómo el veneno intentaba saltar a mi propio sistema a través de la conexión. Mis pulmones biológicos ardieron, mi cola se tensó hasta que los anillos de cobre crujieron.

​Era agotador. Era como intentar limpiar un océano de petróleo con las manos desnudas.

Pero la magia iba aun más profundo que el cuerpo y vi sus recuerdos en los destellos de su sangre: el frío de Thaelian, el sonido de una niña riendo entre nubes de vapor, el peso de una espada de oficial. Sentí su miedo, no el miedo cobarde, sino el terror de quien tiene misiones sin cumplir y el tiempo se le ha acabado. Me encontré apretando los dientes, arriesgando más hilos de mi propia vida de los que cualquier sanador aconsejaría.

«Un poco más, Alaric. Solo un poco más».

​Finalmente, el brillo iridiscente en sus venas se opacó. No pude eliminar la podredumbre asentada en sus órganos artificiales ,eso era parte de él ahora, pero la sangre que corría hacia su cabeza volvía a ser roja, limpia de la metástasis inmediata. Sus articulaciones volvieron a un color natural. Su cuerpo y alma finalmente pudieron tomar un aliento completo.

​Me desconecté con un grito ahogado, cayendo hacia atrás. Vi mis manos temblando, ahora teñidas de un gris enfermo y las venas con corrupción mágica palpitando bajo mi piel. Tenia las palmas quemadas, pero apenas podia sentirlo. El silencio de las ruinas regresó, solo roto por mi respiración entrecortada y un sonido nuevo: el regulador de Alaric ya no silbaba. Tenía un ronroneo estable, casi pacífico.

​Me quedé en el suelo, temblando. Mi visión estaba borrosa y sentía un sabor amargo en la base de la lengua; el Sufluor que había absorbido estaba cobrando su precio en mi sistema. Miré hacia el suelo palpitante bajo nosotros, podia sentir mejor las palabras de este sistema podrido, como si infectarme hubiera roto una barrera de idioma. Ya no sonaban a gritos desesperados, sino a ruegos bajos y relatos repetitivos de un ser que ya no sabia como expresarse sin dolor.

» ​Dareo ¿Dareo donde fuiste? Dareo, el fuego se extiende por los campos. Dareo, vuelve «

»Tengo frio, ¿Dónde esta el fuego? Quiero a mi madre, Tengo frio. «

» ​Dareo a muerto, Ether. Fue quemado por no elegir bando, Ether. Dareo a muerto «

»El camino es bajo, cada vez más bajo ¿Dónde esta el sol? El camino es bajo, cada vez más bajo «

» Dareo nos abrió una grieta​. Su voluntad abrió una grita de luz. Dareo nos abrió una grieta, quiero llegar a ella «

»Todos han muerto, todo ha muerto. Esto no es lo que quería. Estan muertos, estan muertos «

​Ahora los oía, como siempre oí a las plantas antiguas y a las pequeñas criaturas. Pero estas voces no eran como ellas, no hablaban, no dialogaban, no pedían. Suspiraban, rogaban en bucle como si fuera un ultimo aliento. Aunque sus tonos eran particulares, como si alguna vez hubieran sido personas, pero no estaba seguro de aquello. No sentía el aura de lo que alguna vez fue un cuerpo vivo pero tampoco la conciencia de un ente terrestre.

Era como la mezcla extraña del eco de una vida y una conciencia no física, como si hubieran muertos, pero siguieran vivos, sin estarlo realmente. Un limbo, se sentía como un limbo.

—¿Sil...? —la voz de Alaric sonó débil, pero clara.

​Levanté la vista. Él estaba apoyado contra la pared, mirándose el brazo derecho. El color violeta se había desvanecido, dejando solo las cicatrices habituales de la cirugía. Me miró y por primera vez en toda nuestra odisea, su expresión no tenía bordes afilados.

​—Lo hiciste —dijo, asombrado. Luego, al ver mi estado, su rostro cambió—. Estás... estás pálido. Tus orejas están sangrando.

​—Cállate, ogro —logré decir con una sonrisa débil y amarga—. Solo... solo necesitaba que dejaras de hacer tanto ruido al morir. Era molesto para mis oídos.

​Él no respondió con un insulto. En lugar de eso, se arrastró un poco más cerca, ignorando el tirón de la cadena.

Por un momento, en esa oscuridad compartida, la tregua dejó de ser una necesidad táctica para convertirse en algo más. Me sentía enfermo, débil y contaminado, pero cuando su mano metálica rozó la mía en un gesto que no era un tirón ni un empujón, supe que habíamos cruzado una frontera de la que no se podía regresar.




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