Prohibido Tocar

Capítulo 9: La Grieta de Dareo

Perspectiva: Alaric von Kastell

Nunca me había sentido tan ligero ,y a la vez, tan malditamente pesado.

El Sufluor ya no quemaba mi sangre. Por primera vez en años, el aire entraba en mis pulmones artificiales sin el silbido del metal rascando contra el tejido cicatrizado, era como volver a respirar de verdad. Pero el precio de mi alivio estaba colgado de mi hombro izquierdo, respirando con dificultad y temblando como una hoja en medio de una tormenta.

—Vamos, Silvano... —susurré, pasando su brazo por mi cuello aunque sentía su piel quemar contra la mia.

La magia me había salvado de esta, pero nuestros cuerpos seguían siendo incompatibles. Aun así, por una vez, me trague mis ganas de patearlo lejos y decidí esta vez ser su apoyo.

Se lo debia.

Sentí el calor febril de su piel y el roce de sus orejas, que aún soltaban hilos de sangre dorada y espesa. Siliomi no usaba los uniformes rígidos de mi pueblo; solo capas y telas que ahora se sentían húmedas y extrañas contra mi placa pectoral. Era una vulnerabilidad que me resultaba casi insoportable. Estaba en deuda. Y en Thaelian, las deudas de vida se pagan con sangre o con lealtad absoluta. Todo tiene un precio, y mis pulmones habían costado más de una vida.

El camino es bajo... —murmuró él, con los ojos fijos en el suelo palpitante—. Cada vez más bajo... Dareo dijo que el sol está ahí abajo...

—No hay ningún sol bajo tierra, Sil. Estás delirando. La magia te fundió los cables de la cabeza —dije, aunque mi tono ya no tenía el veneno de antes.

El pobre debía estar alucinando por el esfuerzo. La magia era mañosa y lo primero que hacia cuando el huésped estaba débil es susurrar en sus sensibles oídos. Intenté tirar de él hacia una rampa que subía hacia los niveles residenciales del mercado, pero Siliomi se plantó, clavando sus garras en mi brazo con una fuerza sorprendente que me soltó un grito ahogado.

—¡No! —su voz sonó como un estallido, cargada de una angustia que me heló el núcleo—. Ellos dicen que arriba está el fuego. El fuego que quemó los campos. Tenemos que ir hacia la grieta. Abajo. Donde está la luz blanca.

—¡Ahí están! —un grito mecánico retumbó detrás de nosotros interrumpiendonos.

Me giré. Una Amalgama de seguridad, una masa de metal con cuatro brazos hidráulicos, estaba derribando los puestos de comida sintética a cincuenta metros de distancia. El supresor de Varg nos hacía invisibles a los sensores, pero no a los ojos.

—Maldita sea —gruñí. Mi brazo derecho seguía algo rígido, pero el resto de mi sistema rugía con una potencia renovada—. Bien, loquito de oído agudo. Si morimos porque decidiste seguir los consejos de un suelo que te quiere bajo tierra, juro que iré a buscar tu alma al limbo solo para golpearte.

Eché a correr, cargando con la mitad del peso de Siliomi. Bajamos por rampas de metal que cedían bajo nuestras botas, adentrándonos en las zonas donde la ciudad ya no intentaba ocultar su naturaleza. El suelo era pura carne aquí, una alfombra de nervios y venas que siseaban al pisarlas. Ya no había reja que lo separa, ya había sido consumida por este putrefacto tumor viviente.

—¡Por allá! —Siliomi señaló un túnel que parecía conducir directamente al abismo del sector.

—¡Eso es un pozo de desechos, nos van a triturar! —grité, escuchando los pasos hidráulicos de la Amalgama ganando terreno.

—¡Confía en el ruego, Alaric! ¡Él nos abrió una grieta!

El desquiciado clavo los pies en el suelo, forzándome a detenernos y apuntando firmemente hacia ese agujero. Era suicidio. Este loco hippie delirante nos quería enterrados en esa podredumbre. Cerré los dientes con tanta fuerza que mi mandíbula crujió. Era una locura. Todo en mi entrenamiento me decía que buscara la altura, el orden, el espacio, la salida lógica. Pero Siliomi me había devuelto la vida usando una "magia tonta" que no debería funcionar.

Si su magia podía limpiar mi sangre, quizás sus alucinaciones podían salvarnos el pellejo.

O enterrarnos vivos.

Saltamos.

No fue una caída limpia. Rodamos por una pendiente de desechos orgánicos y cables pelados. La Amalgama se detuvo en el borde, sus sensores incapaces de procesar una ruta tan errática.

Caímos sobre un montón de chatarra blanda y húmeda. Me levanté de un salto, arrastrando a Siliomi conmigo. Estábamos en el fondo de todo, en el punto donde la ciudad se encontraba con la roca madre. Entonces lo vi: entre la oscuridad de los cimientos podridos y palpitantes de Theseo, una luz blanca, pura y violenta, se filtraba a través de una fractura en la estructura. No era el sol, pero era la libertad. Frente a nosotros, una grieta masiva se abría en el techo del túnel, permitiendo que la luz de la luna roja de la superficie cayera como una guillotina de plata.

—La grieta de Dareo... —susurró Siliomi, colapsando de rodillas bajo la luz. Sus manos grises temblaban, pero sus ojos verdes buscaban el cielo con una devoción que me apretó el pecho.

Me quedé de pie, protegiéndolo con mi cuerpo mientras observaba la salida. Me sentía poderoso, desintoxicado, pero al mirar a Siliomi, tan roto y pequeño bajo esa luz, entendí que ya no podía simplemente "entregarlo a las fronteras".

Él me había salvado de la muerte y ahora, yo tenía que salvarlo de su propio mundo.

—Lo logramos, Sil —dije, ofreciéndole mi mano, esta vez sin tirones, sin odio—. El loco de la tierra tenía razón. Ahora levántate. No voy a dejar que un muerto llamado Dareo sea el único que te vea llegar a la cima.

Siliomi no tomó mi mano de inmediato. Se quedó mirando sus palmas grises, donde la corrupción mágica todavía trazaba mapas de dolor bajo su piel. Sus ojos verdes, empañados por el esfuerzo, se enfocaron en la grieta que nos devolvía el mundo.

—Dareo no era un loco, Alaric —susurró, y su voz sonaba como el roce de hojas secas—. Él fue el primero. El primer arquitecto que intentó mezclar el metal con el alma. Lo hizo por amor, fue bombero cuando este lugar aun estaba floreciendo... o pudriéndose.




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