Prohibido Tocar

Capítulo 10: El Rumbo del Hierro

Perspectiva: Siliomi Cael

El aire de la superficie no era lo que recordaba. No sabía a resina ni a tierra mojada; sabía a nada. Era un vacío frío y gélido que me golpeó los pulmones con una pureza hiriente tras días de respirar la bilis de Theseo. No estaba seguro si era por todo ese tiempo quemando mis sentidos junto a Alaric o porque la corrupción había empezado a anularme.

No importaba mucho, estaba muy cansado para pensar en eso.

Me tambaleé, sintiendo el peso de la cadena más que nunca. Mis manos, aún teñidas de ese gris ceniciento, temblaban bajo el manto, sin encontrar calor ni siquiera en mi pecho. Había pagado un precio muy alto por el oxígeno de Alaric, y ahora el páramo se extendía ante nosotros como un lienzo en blanco y hostil.

Era una tierra de nadie, un desierto de ceniza y olvido que servía como amortiguador entre la podredumbre de la ciudad y el resto del mundo. Aquí, el suelo no era tierra, sino una costra quebradiza de sedimentos minerales y polvo de metal que crujía bajo mis pies como huesos secos. No había árboles, ni arbustos, ni siquiera los musgos resistentes que crecían en las grietas de Theseo. Solo había montículos de escombros erosionados por el viento y el esqueleto de alguna estructura industrial que el tiempo se había negado a sepultar.

Había silencio, mucho silencio. En el mundo físico y mágico. Era como un paramo literal de cualquier ser y criatura.

Me sentía como ese paisaje: una cáscara vacía, drenada de toda la vitalidad que alguna vez me definió. Mi magia, que antes era un río caudaloso receptivo a cualquier idioma, ahora era apenas un charco de agua estancada y turbia que apenas escuchaba ecos lejanos. Miré hacia el horizonte, donde las lunas rojas proyectaba sombras alargadas y distorsionadas sobre las dunas de ceniza. El silencio era tan absoluto que resultaba violento; después de los gritos y alaridos de Theseo, esta mudez me hacía sentir que el mundo entero se había quedado sordo.

—Al este —dije, señalando con un dedo que apenas podía sostener—. Esthei-Eden está hacia el este. Mis hermanas... ellas sabrán cómo purgar esta negrura que me dejaste en la sangre. Ellas podrán deshacer el hierro de esta cadena sin lastimarnos.

Alaric se detuvo, su silueta recortada contra la luna roja. Se veía imponente, renovado. El contraste me dolió; él era otra vez un monumento a la vida técnica mientras yo me sentía un jardín marchito.

—No —respondió él, y su voz recuperó ese tono de mando que me hacía rechinar los dientes—. Vamos al norte. A Thaelian.

—¿Estás loco? —traté de gritar, pero mi voz se quebró en un hilo—. Thaelian es una fortaleza de humo y ruido. Me querrán desmembrar por estar atado a ti. Además, es mi pueblo el que sabe de estas uniones mágicas, no el tuyo.

—Escúchame, Silvano —Alaric se acercó, y aunque su mano ya no tiraba de la cadena con saña, su mirada era implacable—. Si aparecemos en las fronteras de tu bosque, mi padre enviará a la Legión de Hierro a buscarme. Creerán que me tienes secuestrado, que me has hechizado con tu "maña salvaje". No harán preguntas, no escucharan ningún mensaje. Bombardearán tu finca antes de que puedan rezarle a cualquier dios.

Su voz sonaba lógica y honesta. Como si le pasaran completamente por encima las insinuaciones de sus palabras.

—Además, no seas tonto. Mi gente sabe de magia ,para evitarla pero va a lo mismo, y principalmente, saben de forjas, cadenas y metal, cosas imposibles —levanto su brazo con el grillete entre nosotros, su piel tenia su tono natural otra vez y esa fuerza de forja que se veía más como amenaza—. Tu gente solo conjuraría cosas para mover las runas, no podrán con el metal, no podrán con la cadena. En cambio en Thaelia tendremos toda la ayuda necesaria y solo con tu magia será suficiente. Es la mejor opción, la mejor apuesta para evitar la guerra y salir de está.

Retrocedí un paso, herido por la naturalidad con la que hablaba de destruir mi hogar y la forma despectiva de tratar la inteligencia y habilidad de mi gente. Seguía pensando eso de nosotros. Para él, a pesar de que acababa de filtrar su sangre con mi alma, seguíamos siendo "salvajes" con trucos peligrosos y poca habilidad física.

—¿Y en tu ciudad será diferente? —le escupí con amargura—. En Thaelian soy un trofeo de guerra. Me encerrarán en un laboratorio para ver cómo mis venas brillan.

—No si vas conmigo. Soy el heredero, Siliomi. Tengo a mi familia, tengo influencia. Podré convencer a mi padre de que la guerra es un error antes de que el primer cañón dispare. Puedo... puedo salvar a los míos y proteger a los tuyos desde adentro.

Quise pelear. Quise decirle que prefería que el Sufluor me consumiera antes de pisar su ciudad de ceniza. Pero entonces lo vi. Vi el pequeño parpadeo errático en el núcleo de su pecho y ese casi imperceptible vapor que salió de las válvulas en su cuello.

Estaba limpio en las venas ,sí, pero seguía siendo tiempo prestado. Si íbamos a mi bosque no tendríamos los dispositivos para arreglarlo. Y si Alaric, incluso viendo el potencial de mi magia, seguía pensando en mi gente como unos mañosos entonces nos esperaba la ruina si su familia lo veían en mi tierra. En Thaelian tenían los talleres, los médicos, la tecnología para que él no muriera antes de poder pedir la paz.

​«Él solo quería volver a su hogar para morir ahí y detener una guerra innecesaria.» me convencí mirando mis manos grises y su cuarzo ahora manchado de podredumbre.

El bien mayor. El ciclo. Siempre la misma carga sobre mis hombros.

—Está bien —susurré, dejando caer la cabeza. El cansancio me pesaba más que el plomo—. Iremos al norte. Pero si intentan ponerme una mano encima en tu ciudad de metal, Alaric... juro que usaré lo último que me queda de magia para que esta cadena nos funda a ambos en un solo bloque de hierro.

Encontré una seriedad y advertencia en mis palabras que no creí tener en mi estado. Mi cola dio un golpe sentenciar contra el suelo. No estaba de humor para volverme un conejillo de indias para unos científicos con más ego que instinto de supervivencia.




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