Perspectiva: Alaric von Kastell
El aire de las Tierras Negras sabía a casa. Fue bastante más rápido de lo que esperaba finalmente llegar a mi tierra, el amanecer ya subía por el horizonte y las lunas se ocultaban detrás de las nubes y el brillo del día.
Para cualquier otro, el horizonte de Thaelian sería una visión del infierno: chimeneas colosales que escupían columnas de humo ocre, el resplandor de las forjas industriales iluminando las nubes ácidas y el zumbido constante, vibrante, de la maquinaria pesada que horadaba las montañas. Cada calle y camino estaba asfaltado o trabajado para su uso cómodo. Enormes farolas industriales reemplazaban cualquier árbol e iluminaban todos los caminos. Para mí, era una sinfonía de progreso.
Después del caos orgánico de Theseo, el orden metálico de mi reino me devolvía la cordura.
Tome una gran bocanada de aire una vez entramos. Sentía el núcleo de cuarzo en mi pecho ronronear con una estabilidad envidiable. La "maña" de Siliomi había funcionado, por ridículo que me pareciera admitirlo. Mis articulaciones no chirriaban, mi sangre no quemaba y mi visión era nítida. Me sentía un triunfador, otra vez de 15 años, el príncipe que había sobrevivido a la tumba biológica ,y a la ciudad infierno que era Theseo, para reclamar su trono.
—Ya casi estamos, Silvano —dije, ajustando el tirón de la cadena sobre mi hombro con una confianza renovada—. En Thaelian no tendrás que preocuparte por suelos que hablan o paredes que respiran. Allí todo tiene un interruptor de apagado.
Siliomi no respondió. Lo sentía caminar a mi lado, o más bien, arrastrar los pies sobre la ceniza compacta. Pensé que seguía de mal humor por mi comentario del gato empapado. Los Silvianos eran así: orgullosos, tercos y excesivamente dramáticos. No podia pretender que para mi no se viera como un brote delicado, porque lo era.
Los Silvianos debían ser la raza mágica más parecidas a las hadas antiguas. Delicados, delgados, lindos con sus ojitos sin pupila de borregos santos, y esa capa roñosa solo lo hacia ver como un gatito desamparado bajo la lluvia.
Mierda, aunque él se negaran a que lo tocaran una vez nos separemos debía encontrar la forma de convencerlo de levantar algo de peso. Me daría miedo que en el camino de regreso a sus tierras se lo llevara una tormenta.
—Sé que te molesta que tuviera razón —continué, permitiéndome una sonrisa de suficiencia mientras observaba las primeras torres de vigilancia en la distancia—. Pero admite que este lugar es más civilizado. Mira esas líneas, esa simetría. Aquí el mundo no intenta devorarte, aquí el mundo nos sirve.
En Thaelian, si una caldera fallaba, el manómetro gritaba. Si una pieza se desgastaba, el sensor emitía una alerta roja. Estaba acostumbrado a que los problemas se anunciaran con luces y alarmas. No tenía experiencia con el silencio de la naturaleza cuando se marchita. No era necesario. Aquí todo funcionaba.
Me detuve frente a un puesto de avanzada abandonado para orientarme. Tiré de la cadena para que Siliomi se acercara, pero esta vez, el peso que sentí fue diferente. No fue la resistencia de un prisionero rebelde, sino el peso muerto de algo que ya no puede sostenerse.
Me giré, listo para soltar algún comentario sarcástico sobre su lentitud, pero las palabras se me atascaron en la garganta.
Siliomi estaba pálido, casi translúcido bajo la luz de las lámparas de sodio de la frontera. Su respiración era superficial y errática, las venas de su cuello, antes vibrantes de vida, tenían un tono grisáceo que se extendía como una telaraña y sus ojos verdes antes llenos de vida ahora se veían como dos posos grises y muertos. Respiraba con dificultad, usando su mano libre para cubrirse la boca y la nariz con su capa, como si el hedor de Theseo fuera mejor que el aire de Thaelian.
Me di cuenta al instante que el humo de las forjas, que para mí era el olor de la industria, para él era veneno puro. Cada bocanada de aire contaminado parecía estar asfixiando sus raíces internas.
Me apresure a ir hacia él para sujetarlo, dándome cuenta que debimos haber tomado con más calma el camino.
—Oye... —lo sujeté por los brazos antes de que sus rodillas tocaran el suelo—. Estas pálido y agotado ¿Por qué no dijiste nada tonto? Hubiéramos parado un rato.
Él levantó la vista. Sus ojos verdes estaban nublados, desenfocados. Intentó apartar mi mano con un movimiento tan débil que me encogió el corazón.
—No quería... hacer más largo el camino... —susurró con una ironía amarga, antes de que un ataque de tos lo obligara a doblarse—. El aire... Alaric... tu aire está muerto.
Me quedé helado. Mi ego, ese que me hacía sentir invencible hace un minuto, se desmoronó ante la evidencia. Había estado tan absorto en mi propia recuperación, tan encantado con volver a mi "elemento", que olvidé que mi elemento era una cámara de gas para él. Él me había avisado rápido cuando yo moría; él se había sacrificado. Se acostaba a mi lado para dejarme descansar cuando colapsaba y nunca me apuró. Me permitía dar el primer paso. Yo, en cambio, ni siquiera me había dado cuenta de que lo estaba arrastrando a su propia ejecución.
—Maldita sea —gruñí para mi mismo, maldiciendo mi propia ceguera—. No es una máquina, Alaric. Deja de esperar que emita un pitido de error.
Sin pedir permiso, pasé mi brazo por su cintura y lo cargué, dejando que su cabeza cayera contra el frío metal de mi placa pectoral. Siliomi era sorprendentemente ligero pese a su altura, como si estuviera hecho de madera hueca.
—No te mueras ahora, Silvano —le siseé al oído, apretando el paso hacia el refugio térmico del puesto de avanzada—. Todavía tengo que demostrarte que Thaelian es mejor que Theseo. No me dejes como un mentiroso.
La cadena tintineó entre nosotros mientras corría. Ya no era el príncipe victorioso volviendo a casa; era un hombre desesperado cargando con la única vida que realmente le importaba proteger en ese páramo de hierro y humo.