Prohibido Tocar

Capítulo 12: El Corazón de la Forja

Perspectiva: Siliomi Cael

Desperté con el sonido de un martillo golpeando contra mi cráneo. O al menos asi se sentia.

No era un martillo real; era el pulso de la ciudad. Thaelian no respiraba como Theseo, ni cantaba como Esthei-Eden. Thaelian rugía. Era un zumbido eléctrico constante, un latido de pistones y engranajes que hacía vibrar el aire hasta mis muelas. Abrí los ojos y me encontré con un techo de metal blanco, tan liso y frío que me dio náuseas. No había moho, no había raíces, no había vida. Solo una esterilidad quirúrgica que me hacía sentir como un insecto atrapado en un frasco de vidrio.

Intenté moverme, pero un tirón familiar en mi muñeca me recordó la realidad. Alaric estaba sentado en una silla de metal a mi lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en una pantalla táctil. Al verme despertar, dejó el aparato a un lado.

—Bienvenido a la capital, Silvano —dijo. Su voz sonaba diferente aquí: más segura, más pesada. Estaba en su elemento—. Estás en el ala médica del palacio. Es el lugar más seguro de la ciudad.

—Es una tumba brillante —logré decir, mi voz aún ronca. Tenía una cánula de oxígeno en la nariz que me suministraba ese aire técnico y seco.

Antes de que pudiera quejarme de nuevo, la puerta se deslizó hacia un lado con un siseo hidráulico. Entraron tres hombres con batas blancas rígidas y visores mecánicos en los ojos. No traían hierbas, ni aceites, ni intención de consolar. Traían escáneres.

—Sujeto 01-Silvano —dijo uno de ellos, sin siquiera mirarme a la cara—. Procederemos a la toma de muestras de tejido para analizar la compatibilidad de la cepa de Sufluor purificada.

—¡Atrás, buitres de metal! —siseé, encogiéndome contra la pared del catre. Mi cola golpeó el metal con un sonido hueco, todo mi pelo se crespo y saque las garras.

—Señor, el espécimen muestra signos de agresión típica de las razas biológicas ante el progreso —dijo otro médico, acercando una aguja que brillaba con una luz azulada.

—No es un espécimen —la voz de Alaric cortó el aire como una cuchilla—. Es un invitado de la corona. Si vuelven a usar esa palabra o intentan pincharlo sin su consentimiento, me aseguraré de que su próxima asignación sea limpiar los pozos de desechos de la zona baja.

Los médicos retrocedieron, confundidos por la defensa del príncipe hacia lo que ellos consideraban una "curiosidad biológica". Alaric se levantó y se puso entre ellos y yo. Su espalda, ancha y blindada, se convirtió en mi único horizonte.

—Fuera. Ahora. Él esta mejor ahora, y me dirá cuando quiera que lo revisen —ordenó Alaric.

Cuando se fueron, el silencio regresó, pero no duró mucho. Antes de que pudiera quejarme de nuevo, la puerta se deslizó hacia un lado con un siseo hidráulico. El ambiente, ya de por sí gélido, pareció congelarse por completo.

Un hombre entró en la habitación. No vestía bata, sino un uniforme militar negro con galones de oro y una placa pectoral de obsidiana y cromo que hacía que la de Alaric pareciera un juguete de entrenamiento. El Rey Kastell no solo usaba tecnología; él era tecnología. Su cuello estaba reforzado con placas de titanio que subían hasta la mandíbula, y uno de sus ojos era una lente óptica de color ámbar que giraba y enfocaba con un clic mecánico casi imperceptible. Su rostro era un mapa de líneas severas, tallado por décadas de mando y una falta absoluta de sol; era el rostro de un hombre que había reemplazado cada gramo de empatía por un cálculo de eficiencia.

Sus ojos no buscaban mi mirada para entenderme, sino para escanearme, para encontrar mi punto de quiebre.

Había algo en él, tal vez las intervenciones forzosas, tal vez el sonido agónico de un cuerpo que tambien estaba contando tiempo negativo, que me recordaba tenebrosamente a las Amalgamas de Theseo.

—Alaric —dijo el Rey, y su voz tenía un eco metálico, procesado por un sintetizador en su garganta. Ignoró mi presencia como si yo fuera una mancha de aceite en un plano perfecto—. El informe que diste decía que habías sido capturado en la incursión de Theseo, que las amalgamas te secuestraron metiéndose a Thaelia mientras nadie veía. Un complot para asesinar al heredero de Thaelian y culpar a los salvajes del bosque. Un plan eficiente para eliminarnos a ambos.

El Rey se acercó a mi mirándome finalmente. El olor que desprendía era de cuero y metal frío. Me miró con esa lente ámbar y sentí que estaba contando mis latidos como si fueran revoluciones por minuto.

Sentí un escalofrió recorrer mi columna pero no aparte la mirada. Podia sentirlo, la gente en Thaelia estaba demasiado cerca de ser Amalgamas, lo único que los dividida eran sus conciencias lógicas y la corrupción mágica.

« ¿Qué tan lejos estamos de ellos? » pensé mirando el ojo artificial del rey

—Sin embargo —continuó el Rey, su voz endureciéndose—, regresas por tu propio pie, pero encadenado a una de las criaturas que se supone debían ser el chivo expiatorio de tu ejecución. Una tregua es un concepto político que no se aplica a un rehén, Alaric. Esto no es diplomacia, es una contaminación. Tu deber era traer información táctica para aplastar a los traidores de Theseo, no una mascota que consume nuestros recursos y me obliga a retrasar las represalias contra Esthei-Eden.

—No fue un secuestro por su parte, padre —respondió Alaric, manteniéndose firme entre el Rey y yo—. Estos "salvajes" estaban en la misma lista de ejecución que yo. Theseo quería que nos matáramos entre nosotros. Siliomi es la única razón por la que no soy un cadáver pudriéndose en un pozo de carne... Él me sacó de la celda y limpió mi sangre del Sufluor cuando mis propios filtros fallaron.

El Rey Kastell arqueó una ceja metálica, su lente óptica haciendo un clic seco al enfocarme.

—¿Limpiar el Sufluor con magia? —El Rey extendió un dedo enguantado hacia el grillete—. Una explicación conveniente para una intrusión mágica en tu sistema. La magia contamina todo lo que toca, incluso cuando parece que repara, solo toma terreno, no lo olvides hijo.




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