Perspectiva: Alaric von Kastell
El eco de los gritos de Siliomi aún vibraba en las paredes de mármol y acero de los pasillos reales mientras lo arrastraba ,metafóricamente, porque ahora caminaba a mi lado con una dignidad furiosa, fulminándome con la mirada cada que me acercaba de más, hacia mis aposentos. Los guardias se cuadraban a nuestro paso, pero sus lentes ópticas no dejaban de seguir el rastro de ceniza y la cola inquieta del Silvano. Mirando la cadena entre nosotros como si descubrieran una verdad aterradora de la vida.
Entramos en mi habitación y la puerta pesada se selló tras nosotros, amortiguando el rugido de la ciudad. Mi cuarto no era el de un príncipe común; era un híbrido entre un dormitorio de lujo y un taller de alta precisión. Planos holográficos de motores de vapor flotaban sobre mi escritorio, y las paredes estaban cubiertas de estantes con piezas de latón, herramientas de relojero y prototipos de extremidades mecánicas. Debido a mi condición la habitación tenia un purificador de aire particularmente fuerte que nos permitía a ambos respirar sin inhalar el vapor contaminado de la ciudad.
Una vez solos finalmente solté un suspiro que pareció vaciarme el pecho.
—Estuviste a esto —dije, marcando un espacio mínimo entre mi pulgar y mi índice— de que mi padre ordenara procesarte como chatarra orgánica. ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Nadie le grita al Rey Kastell. Nadie.
Siliomi no me miró. Se dedicó a inspeccionar mi taller con una mezcla de horror y fascinación, como si hubiera entrado en una cámara de tortura para metales. Se acercó a una mesa donde un brazo mecánico a medio terminar descansaba bajo una lámpara de luz blanca.
—Dije la verdad —respondió, y su voz sonaba pequeña en la inmensidad de la sala—. Si la verdad rompe sus máquinas, entonces sus máquinas son mediocres, Alaric.
Me senté en el borde de mi cama, sintiendo el tirón de la cadena. El peso de los últimos días me golpeó de golpe. Tenía dieciocho años, acababa de regresar de la muerte y tenía a un sanador enemigo arrestado en mi habitación mientras mi padre enviaba a la unidad de forja a cortarnos el vínculo. Los dioses sepan lo que mi padre planeaba con Siliomi una vez nada lo anclara a mi.
—No son mediocres, son... seguras —repliqué, aunque mi defensa sonó débil incluso para mí—. Aquí el orden lo es todo. Si pierdes el orden, te conviertes en lo que vimos en Theseo. Mi padre solo intenta evitar que Thaelian se desmorone.
—Tu padre es un bloque de hielo con cables, Alaric. Y tú vas por el mismo camino si sigues pensando que soy una "anomalía estadística". Soy carne y alma, soy un vinculo con la tierra y lo intangible. Soy una persona, Alaric, tu igual, tu padre tambien, los míos igual. Incluso las amalgamas... En el fondo lo siguen siendo.
Iba a responderle, a decirle que la lógica nos había mantenido vivos mientras su bosque se quemaba y que las amalgamas no habían sido más que bestias culpables de nuestros problemas, pero un ruido sutil en el techo me detuvo. No era el zumbido de la ventilación. Era un golpeteo rítmico, un código que conocía perfectamente.
Siliomi levantó las orejas, alerta.
—Hay algo en tus tuberías —susurró, sus grandes orejas apuntando al techo—. Algo vivo. Y humano.
—Relájate, "feroz" arbusto —dije, poniéndome de pie y mirando hacia la rejilla de ventilación que conectaba con los pasadizos de servicio—. Es solo Amelia. Es la única persona en este palacio que no usa la puerta porque dice que las cerraduras son "aburridas".
La rejilla se abrió con un chasquido y una chica de unos quince años, con el cabello rubio ceniza revuelto y una mancha de grasa en la mejilla, saltó al suelo con la agilidad de un gato. Vestía un mono de mecánico lleno de bolsillos con herramientas y unas botas y guantes de cuero que parecían ser dos tallas más grande. Se quedó paralizada al caer, mirando a Siliomi con los ojos muy abiertos, una mezcla de terror y absoluta adoración.
—¡Es real! —exclamó Amelia, ignorándome por completo y apuntando a Siliomi como si fuera una gran noticia—. ¡Alaric, realmente trajiste un Silvano! ¡Y tiene orejas! ¡Y cola! ¿Es cierto que si le hablas a sus pies crecen flores?
Siliomi parpadeó, completamente descolocado por la energía de la chica. Retrocedió medio paso, haciendo sonar la cadena. Probablemente ya algo aturdido por el ruido dramático.
—No crecen flores —murmuró Sil, mirando a Amelia como si fuera un invento extraño—. Pero si le hablas a ellas tal vez me cuenten tus secretos, pequeña humana.
—Se llama Amelia —dije, frotándome las sienes—. Y Amelia, él se llama Siliomi. Y no, no crecen flores, pero sí sabe insultar en tres idiomas diferentes y casi hace que papá tenga un cortocircuito hace diez minutos.
Amelia se acercó un paso más, fascinada por la cadena de Theseo.
—Ese metal... no es de nuestras forjas —dijo, su tono volviéndose serio de repente, revelando la genio de la ingeniería que era—. Tiene una frecuencia vibratoria... orgánica. Alaric, la unidad de forja no podrá cortarlo. Si usan los láseres de calor, el metal se defenderá. Va a herirlos a ambos.
Miré la cadena. El plomo de Theseo parecía brillar levemente bajo la luz de mi taller, como si estuviera escuchando nuestra conversación.
—¿Qué quieres decir con que se defenderá? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Digo que este metal está vinculado a sus sistemas nerviosos —Amelia señaló la muñeca de Siliomi y luego mi pecho—. Si intentan forzarlo con máquinas frías, la cadena lo sentirá como un ataque. Es una simbiosis, hermano. Si la cortan a la fuerza... creo que sus corazones se detendrán con ella.
Siliomi y yo nos miramos. La realidad del grado de peligro de la cadena asentándose entre nosotros.
—Ya, no es vibración, es magia... —Sil se cruzo de brazos manteniendo su expresión tranquila—. Teníamos pensado que yo mueva las runas desde adentro mientras ellos cortan el metal. Pero es verdad que la cadena se defiende y más que estar conectado a nuestros corazones, se ha plantado en nuestros sistemas. En mi flujo de magia y el Sufluor de Alaric. Ha estado jalando ambos lados desde que nos la pusieron, probablemente es el mismo tipo de alquimia que usan para las amalgamas. Pero en nuestro caso no es voluntario, asique la cadena solo esta jalando de nosotros y esperando a que nos demos cuenta que lo esta haciendo. Pero cuando se siente atacada jala con más fuerza para corrompernos. Si erramos en grande no dudara en corrompernos a la fuerza, volviéndonos amalgamas para completar su ritual.