Prohibido Tocar

Capítulo 15: El Punto de Fusión

Perspectiva: Siliomi Cael

El vapor del baño todavía se aferraba a mi piel cuando Amelia regresó. Como mi ropa estaba hecha un desastre contaminado, Alaric me presto una camisa suya y un overol que me quedaba un par de tallas más grande. Pero algo era algo y prefería sus prendas sueltas a alguno de los complicados trajes con engranes que todos parecían estar a la moda aquí.

Alaric se veía más fresco y decente tras un buen baño. Quien diría que debajo de esas capas de aceite y mugre este ogro se veía tan bien y fuerte.

Nos quedamos en su habitación esperando a que Amelia volviera. Notaba como Alaric daba vueltas en el lugar ,impaciente, haciendo que el sonido de la cadena entre nosotros tintineara como una sentencia.

Yo me quede junto a la ventana tranquilo, el apuro y la ansiedad era poco común en mi raza incluso en situaciones de vida o muerte. Ver la Thelitar desde su corazón era algo que nunca creí vivir. La ciudad era pesada, nublada y en un movimiento constante mecánico, apenas podia ver un par de calles más adelante pero podia sentir ,por mi vinculo mágico, mi tierra a lo lejos. Aun viviendo, aun esperándome.

Extendí mi mano hacia el exterior. Susurre algo en un idioma etéreo y las runas en mis manos grises brillaron. Sentí los hilos de mis palabras condensarse en magia y un pequeño pajarito de luz se formo en mi palma, me miro un momento antes de extender sus brillantes alas y salió volando, volviéndose una brisa silbante entre el humo de la ciudad.

Era un mensaje a mi familia, un pequeño canto explicando la situación para que no entrasen en pánico y quisieran venir a atacar Thaelitar por sentir mi magia aquí. Ahora sabrían que debían ser aliados en una tregua forzada. Esto mantendría las armas abajo y el aire tranquilo.

Theseo no ganaría esta vez.

Amelia apareció un minuto después. No entró por la puerta. La rejilla de ventilación escupió un pesado tomo forrado en cuero negro y una bolsa de tela que tintineaba con frascos de vidrio. Ella saltó detrás, aterrizando con una expresión que mezclaba la emoción del descubrimiento con el pánico absoluto.

—Están en el pasillo —dijo Amelia, jadeando—. La Unidad de Forja Pesada. Traen un cortador de plasma de grado industrial. Papá no va a esperar a que "estemos listos".

Alaric, que ya se había puesto unos pantalones de tela y una camisa abierta para dejar libre su núcleo de cuarzo, apretó la mandíbula. El sonido metálico de pasos rítmicos y pesados empezó a vibrar en el suelo.

—Pon las manos sobre la mesa, Sil —ordenó Alaric. Su voz de mando había vuelto, pero sus ojos me buscaban con una preocupación que no podía ocultar—. Amelia, el neutralizador. Ahora.

Me senté frente a él. La mesa de metal estaba fría. Pusimos nuestras manos sobre la mesa dejando la cadena entre ambos. Amelia abrió el libro prohibido en una página llena de diagramas que parecían venas entrelazadas con engranajes. Era alquimia antigua, de la que usaba Theseo para sus creaciones.

Empezó a mezclar un líquido plateado con un polvo verde fluorescente que yo mismo le entregué; era savia cristalizada de mi bosque, lo último que me quedaba en un bolsillo oculto.

—¡Alaric! ¡Abran la puerta! —el rey y sus herreros empezaron a tocar y forcejear la puerta al darse cuenta que la habíamos cerrado con llave.

—Si la alquimia funciona —susurró Amelia ya apurada, vertiendo la mezcla sobre el grillete que unía nuestras muñecas—, el plomo de Theseo creerá que ha "terminado" su ciclo. Se soltará voluntariamente buscando un nuevo recipiente.

—¿Y si no funciona? —pregunté, sintiendo cómo el metal de la cadena empezaba a calentarse, reaccionando a la proximidad de la savia.

—Si no funciona, el metal entrará en modo de defensa —Amelia levantó la vista hacia la puerta. Los golpes haciéndose más fuertes. Un estruendo hidráulico que hizo saltar las bisagras—. Y nos fundirá a los tres.

La mezcla tocó el grillete.

De inmediato, un dolor abrasador recorrió mi brazo.

No era fuego físico; era como si miles de agujas de hielo estuvieran cosiendo mis nervios al núcleo de Alaric. Vi cómo el Sufluor en el pecho de Alaric empezaba a brillar con una intensidad tóxica. La cadena no se estaba rompiendo; se estaba tensando, volviéndose translúcida, mostrando las runas de Theseo latiendo como un corazón frenético. Al verlas tan claramente no dude en empezar a moverlas con mi magia, siguiendo el patrón del libro para estabilizarlas. Era doloroso, sentía como intentaba contaminarme, desgarrando mi magia y mi flujo para mezclarlo con el Sufluor.

—¡Aguanta, Sil! —gritó Alaric. Me agarró la mano con fuerza. Su tacto, que antes me quemaba, ahora se sentía como el único anclaje a la realidad mientras mi visión se llenaba de colores estáticos.

La puerta de la habitación cedió con un estallido de chispas y humo. El Rey Kastell entró rompiendo la nube de polvo que había levantado, rodeado de soldados con armaduras pesadas y un enorme cañón láser montado sobre un soporte flotante.

—¡Alaric, apártate de la criatura! —la voz sintetizada del Rey retumbó, fría y letal—. ¡Unidad de Forja, inicien el corte térmico!

—¡No! ¡Padre, detente! —rugió Alaric, pero los soldados ya estaban posicionando el láser.

Sentí el grito de la cadena en mi mente. El metal de Theseo detectó el calor del láser enemigo y, tal como Amelia había predicho, decidió "protegernos". Los eslabones empezaron a crecer, hilos de plomo líquido brotaron del grillete y empezaron a trepar por el brazo de Alaric y el mío, buscando fusionar nuestros huesos antes de que el láser nos tocara.

« Dareo... ayuda... » suplicó mi mente, mientras el dolor me obligaba a arquear la espalda.

Amelia vertió el resto del agente neutralizador justo cuando el primer haz de luz roja del láser golpeó la cadena y el choque la mando a volar.

Entonces lo vi. O lo sentí, no estaba seguro. Los hilos de alquimia. El lazo. La corrupción. El Sufluor.




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