Perspectiva: Alaric von Kastell
Nunca me había sentido tan ligero. Por primera vez en años, el zumbido de mi núcleo de cuarzo no era una vibración agónica, sino un pulso constante y limpio. El Sufluor que antes enturbiaba mi visión y pesaba en mis pulmones había desaparecido, dejando una claridad que me asustaba. Me sentía vivo. Realmente vivo como cuando era un niño.
Pero al mirar al suelo, esa claridad se convirtió en puro terror. Y todo lo que pude sentir era un frio helado recorrerme.
Siliomi estaba colapsado contra la base de mi cama. Su piel, antes del color de la tierra sana, ahora estaba surcada por esas venas ámbar que brillaban con la toxicidad del Sufluor que él mismo me había arrebatado. Su respiración era un silbido húmedo y sus manos temblaban rítmicamente. Sangre manchada con motas oscuras de Sufluor salían de su boca y nariz con cada tos quebrada. Estaba inconsciente pero con la cara de un gris pálido por la falta de aire y los espasmos de la tos.
—¡Sujétenlo! —la voz de mi padre rompió el silencio del humo—. ¡Llévenlo al ala de investigación biológica nivel 4! ¡Esa criatura acaba de absorber una descarga de plasma y sigue viva, quiero saber cómo!
Los soldados de la Unidad de Forja, recuperados de la explosión, se acercaron con redes de contención eléctrica.
—¡Ni se les ocurra tocarlo! —rugí.
Me puse de pie de un salto. La fuerza con la que lo hice fue tal que el suelo de metal bajo mis pies crujió. Me sorprendí a mí mismo; mi cuerpo ya no era un lastre. Me interpuse entre los soldados y Sil sin dudar, y por primera vez en mi vida, no fue una orden de príncipe lo que los detuvo, sino la pura amenaza física que emanaba de mi núcleo limpio. El humo que salió de las válvulas en mi cuello al suspirar esta vez no fue gris contaminado sino blanco caliente por mi propia energía renovada.
Los soldados se detuvieron en seco, mirándome y luego al rey dudando de que hacer.
—Alaric, apártate —dijo mi padre, caminando sobre los escombros de mi puerta. Su ojo mecánico giraba con una velocidad errática, emitiendo un zumbido de alta frecuencia que me ponía los nervios de punta—. Estás contaminado por su magia. Esa explosión... ese intercambio... no es natural ni lógico. Debemos purificarte y estudiar a ese espécimen antes de que su infección se propague.
—No es una infección, padre. Es mi vida —dije, bajando la voz hasta que sonó como el metal chocando contra el metal—. Él tomó el veneno que tus máquinas no pudieron filtrar. Otra vez. Pero esta vez se llevó todo el Sufluor de mi cuerpo. Se sacrificó por mí cuando tú ya me habías dado por una pérdida aceptable en tus gráficos de eficiencia. Si lo llevas a una celda de aislamiento, morirá. Y si él muere, mi palabra de Kastell no valdrá más que la chatarra de Theseo.
Mi padre dio un paso hacia adelante. Su placa pectoral de obsidiana brilló bajo las luces de emergencia y sentí la presión de su autoridad como una losa de concreto. Su expresión era fría y dura. No pareció emocionarle o importarle que yo ,su único hijo varón, siguiera vivo, o que Sil me hubiera sacado todo el Sufluor del cuerpo, o que casi vuela en pedazos a sus dos hijos y al príncipe de Esthei-Eden solo por creer que su método y urgencia eran lo único valido.
—La gratitud es una función biológica primitiva, Alaric. Te nubla el juicio —su voz seria no mostraba ni un rastro de alivio por ver a su hijo sano—. Desde un punto de vista estratégico, el Silvano es un recurso. Su capacidad para absorber y neutralizar el Sufluor es la clave para la expansión de nuestras industrias y nuestra gente. Es la solución a un problema de ingeniería que nos ha frenado por siglos y que los de Esthei-Eden se han estado ocultando para frenarnos.
Me dolió. Me dolió más que la cadena, porque por primera vez vi a mi padre no como un líder, sino como una máquina que había olvidado el valor del material original con el que fue construida.
Recordé a quien siempre creí que era mi padre. A aquel hombre que era capas de mover el mundo mientras sostenía la mano de mi madre para salvarla del Sufluor y que la acompaño hasta su ultimo aliento. A aquel hombre que se derrumbo en lagrimas cuando me dieron el diagnostico a los 8 años y como se desvelo por mi cada noche buscando una cura, una solución.
Pero tambien al recordarlo, la niebla de mi lucha por aferrarme se disolvió frente a mis ojos. Recordé como la mirada de mi padre se oscureció tras la muerte de mi madre. Como luego de mi diagnostico puso un peso particular en los hombros de mi hermana. Como la noticia de mi trasplante de pulmones se vio en sus ojos más como un procedimiento sin importancia en un espécimen sin interés. Y como ,tras el trasplante exitoso, todo el peso de mi vida y el trabajo para obtener una cura pareció moverse solo a mis hombros.
Fue como si al finalmente poder respirar bien y no pensar en el tiempo que me quedara todo se volviera más claro y cada palabra y acción cobrara un sentido distinto.
Mi padre me había amado, sí. Alguna vez había sido un hombre que deseaba el progreso para mantener a los que amaba, sí. Pero en algún punto del camino se había hecho más hierro que hombre, que padre. Tal vez por protección, tal vez para evitar el dolor de más perdidas, tal vez para darle sentido a todos los sacrificios por el progreso.
Miré de reojo a Siliomi aun en el suelo. Recordé sus palabras, su cautela, sus sacrificios. Él tenia razón, a sus ojos siempre seriamos unos ogros huecos que rompen todo a su paso para satisfacer su ego y progreso egoísta.
Y aun luego de todo, él siguió dando más por mi vida y apostando más por mi supervivencia que mi propio padre.
—Él me salvó porque "suponía" que era lo correcto —solté, dando un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros—. Sin cálculos, sin esperar nada a cambio. Tú hablas de progreso, pero él tiene más humanidad en su cuerpo ahora enfermo que tú en todo tu sistema de soporte vital.