Perspectiva: Siliomi Cael
El mundo era una mancha de color ámbar y estática. Cada vez que intentaba respirar, sentía que tragaba metal líquido. El Sufluor de Alaric no era solo veneno; era una memoria de dolor, de motores y de humo que ahora corría por mis venas silvanas, chocando violentamente con mi propia magia. Un nivel normal de Sufluor en mi sangre podría ser fácilmente filtrado por mi magia. Pero esta sepa era tan fuerte y profunda, cargada de una conciencia propia tras años de contaminar a Alaric, que necesitaría de ayuda urgente de mi gente para no morir en un día.
«Un día...» pensé sintiendo el Sufluor conquistar mi sistema con rapidez.
«No tengo implantes que fuercen a mis pulmones a respirar o a mi sistema a funcionar... El Sufluor es tan fuerte que esta devorando mi magia y sistema tiempo récord.»
«Un día es todo lo que me queda... Es el ultimo tiempo robado de Alaric...»
A través de la neblina de mi agonía, escuché el primer estallido desde afuera. No fue una explosión limpia de Thaelian. Fue un desgarro. El sonido de la carne fundida con el hierro gritando al unísono. Mis sentidos seguían funcionales y ahora el estruendo de las maquinas se fusionaba con los alaridos agónicos de cuerpos que no deberían existir.
—Ya están aquí... —logré articular, aunque mi lengua se sentía pesada como el plomo y mi garganta ardía como si hubiera tragado carbón.
Amelia me sostenía, sus manos pequeñas temblando mientras me inyectaba algo que sabía a menta y electricidad. Reconocí su particular corazoncito feroz antes de poder distinguir su silueta en mi visión nublada.
—Shhh, Sil. Quédate conmigo —susurró ella, mirando hacia la pared del búnker que vibraba con cada impacto—. Alaric está afuera. Él los detendrá.
Pero yo podía sentirlo. A través de la marca en mi muñeca, que palpitaba con un brillo anaranjado, sentía la furia de Alaric, pero también sentía algo más. Tal vez por el vinculo doble con el mundo y las amalgamas. Una presencia oscura, vasta y antigua que se movía por los túneles de vapor de la ciudad como un parásito en el torrente sanguíneo.
Theseo no había enviado soldados. Había enviado a Los Recolectores. Las amalgamas más peligrosas. Ahora dispuestos a desarmarnos vivos.
Las sombras en las esquinas del búnker médico empezaron a retorcerse al mis sentidos mezclarse por el Sufluor. El aire se volvió pesado, cargado con el olor a ozono y carne podrida. Oía gritos y golpes en los pasillos lejanos. El palpitar de cientos de corazones. El grito agónico de todo y todos. Sabía que Alaric estaba luchando en los pasillos principales, pero el enemigo ya no jugaba con las reglas de la distancia. Si la cadena era un puente, ellos estaban usando ese mismo puente para rastrearme.
—Amelia... —dije, tratando de levantarme, mis garras rasguñando el metal del suelo—. Amelia, corre. No vienen por el príncipe. Vienen a recuperar su parte de la alquimia... Vienen por mí.
—¿Qué? Pero... no pueden hallarte y ya eres peso muerto...
—Para ustedes sí... —la tos quebrada me detuvo un segundo pero me negué a ceder—...pero ahora en mi sangre esta el nuevo núcleo de Ether... Sí me hunden en Theseo y corrompen a Alaric... Tendrán finalmente el corazón imparable que les prometieron... No habrá magia ni tecnología que detenga la nueva sepa de Sufluor y contaminación...
—No te dejaré —insistió Amelia. Su voz temblaba, pero sus dedos se cerraron sobre una de mis manos con una fuerza impropia de su tamaño—. Alaric me dijo que te cuidara, y yo no rompo mis máquinas, Sil.
—Entonces... ayúdame a levantarme —siseé intentando sonreír aunque probablemente solo se vio como una mueca de dolor.
Cada fibra de mi ser gritaba en contra del movimiento. El Sufluor era como tener arena hirviendo en las articulaciones. Con un esfuerzo sobrehumano y el apoyo de Amelia, logré ponerme en pie. Mis piernas temblaban, el overol de Alaric me pesaba como una armadura de plomo, pero la rabia empezaba a quemar más que el veneno. Me aferraba a mi propia voluntad y promesa de apostar por Alaric en su ultima apuesta aunque ahora era mi vida y la de todos en Esthei-Eden y Thaelian lo que estaba en juego.
Pensé en mis padres, en mis hermanas, en mi familia, mis amigos, mi gente. Debía volver con ellos. Si iba a morir al menos mi ultimo aliento debía servir de algo.
Pude sentir unos pasos pesados y una presencia asfixiante y agónica acercarse. De repente, la puerta del búnker se abolló hacia adentro. No fue un explosivo; fue un impacto físico. Un siseo de vapor negro se filtró por las rendijas.
—Están aquí —susurró Amelia, sacando una pequeña pistola de pulsos de su mono de mecánico.
—Quédate atrás —le ordené apartándola detrás de mi.
No tenía mi bastón, ni mis aceites, ni la luz del sol. Pero tenía mi sangre, que aun contaminada, seguía siendo la de un Silviano sin miedo a meter las manos en lo oculto. Cerré los ojos y busqué esa red de filamentos dorados que había visto dentro de la cadena. Si la alquimia de Theseo estaba en mí, entonces yo ahora tenia el permiso de la frecuencia.
Las sombras parecieron materializarse para mi vista alterada. Una Amalgama Recolectora, una masa de extremidades de latón y carne pálida injertada, atravesó la puerta como si fuera papel. Su rostro era una máscara de metal fundida a un cráneo humano semi corroído, y de su espalda brotaban tubos que succionaban el aire de la habitación.
Al verme, la criatura emitió un sonido que no era un grito, sino una orden de código. Amelia debió haber escuchado un sonido agónico y tenebroso saliendo de la garganta de ese cadáver viviente. Pero yo pude oírlo de verdad. No estoy seguro si por mi conexión con la tierra, el lazo de la cadena con Alaric o el Sufluor y contaminación en mi sistema, pero pude oírlo claramente.
—»Catalizador... detectado...« —su voz era un chirrido de estática para mis oidos.