Perspectiva: Alaric von Kastell
El aire en mis pulmones era tan puro que me quemaba. Era una ironía cruel: ahora que finalmente podía respirar sin el siseo constante del Sufluor, el aire apestaba a muerte, ozono y aceite quemado.
«Maldición, el silvano tenia razón. Este lugar apesta»
Cada vez que golpeaba a una de esas cosas, sentía un eco en mi muñeca. No era solo dolor físico; era una resonancia. Podía sentir el sabor a sangre ámbar de Siliomi en mi propia lengua. Podía sentir su debilidad, sus piernas flaqueando, su voluntad sosteniéndose por un hilo de pura terquedad silvana. Era como sentir más halla de mi cuerpo. Extrañamente cercano y lejano a la vez, como si tuviera una segunda piel independiente y una voz extra en mi cabeza que susurraba tan bajo que se perdía con el silbar de mis válvulas.
«¿Es esto a lo que se refería cuando dijo que era un puente?»
—¡Vengan por más, pedazos de chatarra! —rugí, descargando el mazo improvisado contra el cráneo metálico de un Recolector.
El impacto vibró hasta mis hombros, pero no me detuve. Mi nuevo núcleo de cuarzo, libre de la contaminación, giraba a revoluciones que habrían fundido mis pulmones antiguos en segundos. Pero que ahora me hacia sentir imparable. Era una máquina perfecta ,y por eso mismo, me sentía más solo que nunca.
Miré hacia arriba, hacia el balcón donde mi padre permanecía impasible. Él no estaba dirigiendo la defensa; estaba recolectando datos. Observaba cómo mi brazo mecánico se movía, cómo mi respiración se mantenía estable bajo el esfuerzo. Para él, esta invasión era la prueba de campo definitiva para su "heredero mejorado". Vi en sus ojos nada más que frialdad teórica. La ilusión de un padre que estaba dispuesto a todo por ver a su hijo respirar otra vez se desvaneció con la neblina roja de la sangre de las amalgamas que ahora inundaba el lugar.
Y el ver a mi padre, el sentir ese quiebre emocional de ya no reconocer al hombre que tenia en frente hizo que un pensamiento extraño que no se sentía del todo mío creciera en mi mente.
«¿Es esto el progreso? ¿Convertirse en una máquina para olvidar cómo ser una persona?» pensé mirando el ojo artificial del rey. Antes de volver a estampar la cabeza de una amalgama contra el suelo.
«¿Qué tan lejos estamos de ellos? » pensé, mientras sentía el suelo vibrar bajo mis pies.
—¡Alaric, a tu derecha! —el grito de Amelia me sacó de mi furia.
Me giré justo a tiempo para ver a Siliomi. Parecía un espectro, un fantasma de ceniza y ámbar arrastrándose entre los cadáveres. Se veía tan pequeño en medio de la inmensidad de la plaza central, y sin embargo, la energía que emanaba de él hacía que el aire vibrara con una frecuencia que incluso las Amalgamas temían.
Nuestras miradas se cruzaron por un milisegundo. En ese instante, la marca rúnica en mi muñeca estalló en un calor blanco. Ardió, pero tambien habló. Lo sentí. Siliomi iba a usar su magia otra vez, incluso cuando ahora podia escuchar su cuerpo implorar por una pausa.
—¡NO! —el grito de Sil no fue con la voz, fue con su alma.
Vi la sombra del Recolector de cuatro brazos alzándose tras de mí. No me había dado cuenta lo cerca que estaba. Escuché el siseo de la sierra circular, un sonido agudo que buscaba el punto exacto donde mi carne se unía al titanio de mi pecho. No iba a llegar a tiempo. Mi nueva fuerza era mucha, pero mi inercia me traicionaba.
Entonces, Siliomi se lanzó.
No fue un salto elegante de sanador. Fue el movimiento desesperado de una fiera herida. Sil extendió su mano y una ráfaga de energía ámbar, espesa y corrupta, salió disparada de sus garras. No era magia de bosque; era el veneno de Thaelian y Theseo convertido en un arma por la voluntad de un Silvano.
El proyectil de Sufluor concentrado golpeó a la Amalgama en pleno pecho. El metal se retorció, las sierras se detuvieron en un chirrido agónico y la criatura comenzó a disolverse desde adentro, engullida por la misma enfermedad corrupta que Sil estaba tratando de contener en su propio cuerpo.
Sil cayó al suelo justo a mis pies, tosiendo sangre dorada que brillaba en la oscuridad de la plaza.
—Te... te dije que no... que no murieras... —logró susurrar, mientras sus ojos verdes luchaban por no cerrarse.
Me arrodillé ,casi lanzándome, a su lado, ignorando el campo de batalla que rugía a nuestro alrededor. Todo había perdido el sonido y la importancia. Las amalgamas se seguían moviendo a mi alrededor. Alguien estaba disparando. Había gritos. Pero yo lo escuchaba todo lejano. Levanté con un brazo a Siliomi, sintiendo lo poco que pesaba ahora que el Sufluor lo estaba consumiendo. La sangre brotaba de su boca y nariz con cada intento de tomar aire, su piel se estaba volviendo de un gris muerto y manchas negras empezaban a expandirse de sus runas. Sus orejas estaban bajas, como si tampoco escuchara nada y sus ojos tomaban un gris sin vida.
Lo sostuve como si fuera mi mundo. El cansancio golpeándome de repente. Sentía mis pulmones arder y mi núcleo de cuarzo quemar en mi pecho. Estaba sano, pero había llegado a mi limite y Siliomi estaba más allá del suyo.
—¡Amelia, busca un estabilizador! —grité, pero Amelia estaba ocupada disparando a una horda que bajaba por los tapices del ala norte.
—«Qué frío hace...» —la voz de Sil llegó a mi mente, tan clara como si me estuviera hablando al oído aunque había un eco extra en su tono, como si alguien más hablara sobre él—. «Abajo... estamos tan abajo, Alaric... el hierro nos está llamando...»
Miré a mi alrededor. Las Amalgamas no estaban retrocediendo. Se estaban reagrupando, formando un círculo perfecto a nuestro alrededor. No querían matarme a mí. Querían la unión que Sil y yo representábamos. Lo oí. Lo sentí en eso invisible que ahora podia percibir en todas las criaturas.