Prohibido Tocar

Capítulo 19: Sangre, Raíces y Engranajes

Perspectiva: Alaric von Kastell

La plaza central se había convertido en un ecosistema imposible. Mis oídos captaban el siseo de las ametralladoras de plasma, pero mi mente ,conectada a la de Sil por esa marca ardiente, escuchaba el lamento del mármol siendo devorado por las raíces y los cuerpos moribundos de cualquier criatura agonizando y muriendo en batalla.

—¡Alaric! ¡Por aquí! —Amelia me abrió paso, usando su llave inglesa electrificada para golpear los sensores de un Recolector que intentaba bloquearnos el camino hacia el ala médica subterránea.

Cargué a Siliomi, protegiendo su cabeza contra mi pecho. Estaba tan frío. Su respiración era apenas un hilo, pero la marca en mi muñeca seguía latiendo como una alarma.

A pocos metros, la Reina Silvana avanzaba. No caminaba, parecía que el suelo se movía con ella. Con un gesto de su mano, las raíces se alzaron como lanzas, atravesando a tres Amalgamas pesadas al mismo tiempo. Mi padre aterrizó cerca de ella, su espada de frecuencia emitiendo un zumbido ensordecedor.

—¡Mantén a tus salvajes lejos de mis generadores, mujer! —rugió mi padre, decapitando a un enemigo—. ¡Si tocan el núcleo de vapor, volaremos todos!

—¡Entonces deja de calcular el daño a tu preciosa maquinaria y ocúpate de tu gente! —respondió la Reina, señalando hacia arriba sin siquiera mirarlo.

—¡Deja de mandarme mujer! ¡No eres mi concejera para hablarme así!

—¡¿QUIÉN DEMONIOS SE CREE CON DERECHO A GRITARLE A MI ESPOSA?! —un Silvano esvelto, alto, de ojos azules, orejas enormes caídas, con su melena plateada alborotada llena de hojas y una túnica que parecía haber sido arrastrada por tres bosques diferentes, emergió de una grieta en el suelo.

Era el Rey Silvano. Llegaba tarde, jadeando, con la ropa desalineada por un viaje a toda prisa desde el exterior, pero con una energía que hacía que el aire a su alrededor chispeara. Se plantó frente a mi padre, ignorando las balas de plasma que pasaban zumbando.

—¡Tú! ¡El de la cara de hojalata! —le gritó al Rey Kastell, quien se quedó petrificado—. ¡Si vuelves a levantarle la voz a mi mujer, te juro que plantaré un roble en medio de tu sala de máquinas! ¡¿Dónde está mi hijo?!

—¡Cuidado, idiota! —rugió mi padre, decapitando a un Recolector que casi alcanza al recién llegado—. ¡Tu hijo está muriendo por su propia imprudencia! ¡Y mi hijo está cargándolo como si fuera una bomba a punto de reventar!

—¡Alaric! ¡Por aquí! —una voz femenina y melodiosa cortó el estruendo del drama adulto.

Tres figuras ágiles, vestidas con sedas verdes y armadas con dagas de cristal, saltaron desde las ramas de una de las raíces gigantescas. Eran las hermanas de Siliomi. Eran altivas, agiles y se movían con una gracia que hacía que mis soldados parecieran estatuas oxidadas.

—Traélo aquí, ogro de hierro —ordenó la mayor, Lyra, de cabello corto blanco y mirada azulada, mientras nos cubrían con una lluvia de flechas de espinas que inmovilizaban a las Amalgamas al instante.

Corrí hacia ellas, cargando a Sil. Amelia disparaba a nuestra espalda, cubriéndonos mientras el Rey Silvano se lanzaba a la batalla, destrozando Amalgamas con sus manos desnudas mientras seguía discutiendo con mi padre sobre "modales básicos hacia una reina".

Nos refugiamos tras una barrera de raíces reforzadas. Lyra y sus hermanas se arrodillaron de inmediato alrededor de Siliomi. No sacaron bisturís ni sueros. Simplemente pusieron sus manos sobre su pecho, su frente y sus oídos.

—Está muy contaminado —susurró la más joven, con lágrimas en los ojos—. El hierro y el Sufluor se lo está comiendo.

—El sufluor se ha mesclado con la contaminación de Theseo —dijo Lyra, mirando a Sil con una ternura feroz—. Lo han alejado de todos. Siliomi, escucha... estamos aquí. El bosque te reclama. Escucha nuestras voces.

Y para mi absoluta sorpresa. Empezaron a cantar. No eran palabras, era un murmullo que vibraba en el suelo. Vi, con total incredulidad, cómo las manchas negras de las runas de Sil empezaban a retroceder. Pero no era solo el canto literal, sentí como hilos verdes brillantes salían de los brazos de las hermanas y lo envolvían. El gris muerto de su piel recuperó un rastro de color tierra. El Sufluor ámbar en sus venas no desapareció, pero se calmó, dejando de ser un veneno para convertirse en un río de energía estable.

Recordé lo que Sil me dijo cuando me preocupe por su estado y lo rápido que empeoraba: «Para curarme, solo tengo que volver con mi familia.»

En ese momento lo entendí. No necesitaban purificadores de aire. Ni pulmones metálicos. Ni médicos licenciados. Necesitaban pertenecer. Me avergonzó ver lo fácil que le devolvían el aliento. Luego de toda una vida aferrándome al metal para poder seguir respirando, sentí una punzada de envidia y asombro. La "cura" era la conexión. Era un estúpido canto. Era un ritual cuyas pruebas solo ellos podían ver.

Una cura solo para quienes estan dispuestos a apostar a la magia para creer.

—Se siente... mejor... —susurró Sil, abriendo los ojos. El verde de sus pupilas volvió a brillar, aunque todavía estaba débil—. Gracias, chillonas... llegan dos días tarde.

—Cállate, hermanito, el que llego tarde es papá y ahora esta rasgando amalgamas como hojas secas —rio Lyra, dándole un suave golpe en la frente—. Tenemos que sacarlos de aquí. Theseo está enviando a las Primordiales. No quieren la ciudad, Alaric. Quieren el nexo que ustedes dos han creado. Quieren convertir este palacio en una fábrica de almas fundidas. El núcleo exitoso de Theseo.

Miré hacia la plaza por encima del hombro mientras Amelia nos guiaba hacia la escotilla de los niveles inferiores. La vista era algo que los historiadores de Thaelian tardarían siglos en procesar.

Mi padre y el Rey Silvano estaban de espaldas el uno al otro, rodeados por una Amalgama Quimera que se alzaba casi cinco metros sobre el suelo. Era una masa grotesca de calderas oxidadas, extremidades de seis recolectores fundidas en una sola voluntad y una cabeza que parecía un cráneo de dragón a medio corroer, goteando aceite hirviendo y sangre podrida.




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