Prohibido Tocar

Capítulo 20: El Umbral del puente

Perspectiva: Siliomi Cael

»Abajo... tan abajo...«

El Corazón Mecánico de Thaelian no era solo una máquina; era un altar de sacrificios que no dejaba de pedir sangre. El núcleo de Thaelian era exactamente lo que esperaba para esta ciudad mecánica y nublada; una maquina inmensa y tan minuciosamente construida que funcionaba a la perfección, era un corazón mecánico inmenso. Pero tan frágil como sus ciudadanos: pudimos notar rápidamente como los cuarzos centrales del núcleo ya estaban contaminadas por venas negras y motas ámbar; el Sufluor, tan resistente e invasivo que fue capaz de invadir una maquina para contaminar a su gente.

Justo cuando mis hermanas y yo rodeamos el núcleo para comenzar el rito de purificación, el suelo de obsidiana se sacudió con un estruendo que venía de las paredes. Las Amalgamas habían perforado los conductos de ventilación. Decenas de ellas, cubiertas de un aceite negro que siseaba al contacto con el aire, cayeron sobre nosotros.

El aire en el Corazón Mecánico se volvió sólido. No era solo la presión del vapor, era el odio acumulado de Theseo materializándose en cada rincón. Los engranajes y placas se tiñeron de negro y las venas contaminadas de Sufluor se extendieron en el núcleo.

—¡Amelia, Lyra, mantengan la línea! —rugió Alaric. Su voz, amplificada por los ecos del metal, sonó como un choque de placas tectónicas.

Se interpuso entre las criaturas y yo, su brazo mecánico echando chispas mientras bloqueaba el avance de una masa de miembros injertados.

—¡Mhelali, Solina, mantengan el flujo de magia estable! —grité a mis otras dos hermanas.

Ellas se arrodillaron a los costados del núcleo de la ciudad, sus manos hundidas en las grietas del suelo. Vi sus venas brillar con un verde neón mientras las raíces mágicas, gruesas y cubiertas de espinas, empezaban a brotar del mármol frío, enredándose en los engranajes para evitar que el sistema colapsara.

Pero la oscuridad de abajo tenía sus propios planes.

De una de las tuberías superiores cayó algo que no era una amalgama común. Era una masa tumoral, una esfera de carne pálida y metal oxidado que palpitaba con una luz naranja violenta. Estaba hinchada, a punto de reventar por la presión del Sufluor concentrado.

Antes de que Alaric pudiera golpearla, la cosa se contrajo y estalló.

No hubo fuego, solo una expansión de gas ámbar, denso y aceitoso, que nos tragó por completo. El mundo desapareció tras una cortina de veneno. Sentí un golpe invisible en el pecho que me dejó sin aire. Mis pulmones, acostumbrados a la pureza del bosque, se cerraron con un espasmo violento. El sabor... era como tragar fragmentos de vidrio bañados en amoniaco.

Caí de rodillas, mis manos arañando el suelo de obsidiana. La magia en mis yemas se apagó, reemplazada por el entumecimiento del Sufluor que ahora corría por mis canales como brea hirviendo. Otra vez, el Sufluor había invadido mi sistema, y ahora mucho más fuerte e invasivo, lo sentía quemar mi garganta y pecho y absorber mi magia como un fuego creciendo en pasto seco.

A mi lado, escuché un sonido que me heló la sangre: un pitido agudo, rítmico y desesperado.

Giré la cabeza, mi visión borrosa por las lágrimas ácidas. Alaric estaba tambaleándose. Su núcleo de cuarzo, que finalmente emitía un zumbido constante y reconfortante, ahora emitía señales de advertencia en un rojo frenético. El cristal vibraba con tal fuerza que podía oír cómo sus pulmones metálicos chirriaban, luchando por filtrar un gas para el que no fueron diseñados. Humo oscuro saliendo de las válvulas en su cuello.

Otra vez, había vuelvo al punto de respirar con tiempo prestado. Antes de poder ver su figura atreves de la nube oscura creí verlo otra vez en la celda, otra vez en Theseo, luchando por respirar, luchando por vivir.

—Sil... —Alaric cayó de rodillas, su rostro tornándose de un azul pálido—. El sello... hazlo... ahora.

—No puedo... —tosí, mi propia magia flaqueando por la nueva contaminación, oía a mis hermanas gritar de fondo intentando contener a las amalgamas—. El Sufluor está bloqueando mis canales... Si intento canalizar el sello así, solo propagaré la infección al núcleo.

Alaric me miró. A través de la neblina de gas tóxico, sus ojos negros encontraron los míos con una claridad aterradora. Estiró su mano y sujetó mi muñeca.

—Déjame tomarlo —dijo, su voz era un susurro metálico forzado—. Pasa tu Sufluor a mi sistema. Todo.

—¿Estás loco? —grité con mi voz rota, intentando soltarme—. Alaric, tu núcleo está limpio por primera vez en años. Si absorbes esto ahora, con la carga que ya tienes... no sobrevivirás una hora. Volverás a estar en negativo.

—Confío en ti —me interrumpió. No había miedo en él, solo una entrega absoluta que me dolió más que el veneno—. Siempre apostaste por mi vida cuando yo no lo hacía. Ahora me toca a mí. Absorberé tu carga para que puedas salvar este maldito mundo. Haz que valga la pena, Silvano. Lucha por respirar un día más conmigo.

Apreté los dientes, sintiendo las lágrimas quemar mis ojos. Aunque me negué a dejarlas caer.

—Te lo prometo —susurré—. Por el deseo de Ether, por el de Dareo... y por el mío. No dejaré que este puente se caiga.

Estire mi mano y tome la suya con una fuerza que era más por miedo que por valor. Estaba aterrado, si lo hacia mal lo mataría. Los mataría a todos. El Sufluor ganaría, Theseo tendría su nueva base aquí y consumiría a los reyes de ambas naciones antes de que pudieran pensar en una cura.

—Pero tu prométeme, ogro pesado y pretencioso, que pelearas por respirar, que no te rendirás sin importar lo que pase. Mi ultima apuesta es para nosotros y no dejare que tu aliento sea en vano. Pero prométeme que no te rendirás. Tu vas a morir en paz junto a tu familia, no en esta estúpida y sucia guerra.

—Lo prometo... Hada pretenciosa... —apretó mi agarre con su voz rasposa por el Sufluor consumiendo su garganta, sonriendo con una seguridad que no le había visto antes—. Aunque mi palabra no importe... Lo veraz cuando los dos salgamos de esta...




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