Perspectiva: Alaric von Kastell
»Respira.«
Luz.
No era el resplandor artificial de los neones de la capital, ni el brillo eléctrico de una pantalla de diagnóstico. Era una luz cálida, suave, que se filtraba por una ventana abierta.
Lo primero que registré no fue la vista, sino la sensación. Tome una enorme bocanada de aire que se sintió más liviana y fresca que nunca. Por primera vez en mi vida, mi pecho no siseaba. No había el zumbido constante del ventilador de mi núcleo, ni el rítmico clack-clack de las válvulas de mi garganta. Había un silencio profundo, interrumpido solo por un movimiento rítmico, suave y natural y el palpitar de mi corazón.
Inspiré. El aire no sabía a ozono; sabía a lluvia, a menta y a tierra vieja.
—Has despertado... —la voz de Amelia se rompió en un sollozo.
Abrí los ojos. Estaba en una habitación del hospital real, pero las máquinas de soporte vital estaban apagadas. Mi padre estaba allí, de pie, con los hombros caídos y una expresión que nunca le había visto o que nunca creí volver a ver: alivio puro mezclado con una tristeza insondable. A su lado, los Reyes de Esthei-Eden permanecían como estatuas de madera antigua mirándome detrás de mi padre con una calma y seriedad extraña.
—El sello funcionó, Alaric —dijo mi padre, acercándose con cautela—. Thaelian está limpia. Theseo se está marchitando... la guerra ha terminado.
Sentí mi corazón golpear con más fuerza en mi pecho. El sello funciono. Realmente funciono.
Mire alrededor buscándolo, pero solo estábamos nosotros cinco en la habitación, no había otra camilla, no había nadie más. Intenté hablar, pero mi garganta se sentía diferente. No era metal; era carne. Toque mi cuello, no había válvulas, se sentía suave.
—¿Dónde está...? —mi voz salió como un susurro rasposo, sin eco sintético—. ¿Dónde está Sil?
El silencio que siguió fue sepulcral. Amelia desvió la mirada, secándose las lágrimas con rabia. Mi padre ,por primera vez desde la muerte de mi madre, bajó la cabeza. El Rey y la Reina de Esthei-Eden se miraron entre sí; ella tenía los ojos enrojecidos, pero mantenía una compostura regia que me hizo temblar.
La Reina Silvana se acercó y se sentó al borde de mi cama. Se veía calmada, pero una calma que olía mal. Tomó mi mano y sus dedos, antes tan ágiles, temblaban levemente y se sentían demasiado fríos.
—Alaric —empezó ella con voz firme pero cargada de dolor—. Ambos debieron morir en ese sótano. A ti te atravesaron el núcleo; tus implantes quedaron inservibles, tu cuerpo técnico se apagó. Y mi hijo... Siliomi absorbió tanta corrupción para salvar tu ciudad que su alma se manchó más allá de lo que nuestra medicina y magia podía limpiar.
—¿Dónde está? —repetí, mi corazón empezando a latir con una fuerza que me asustaba. Sentía un calor extraño en el pecho—. ¡Dime dónde está Siliomi!
—Él tomó una decisión, príncipe de hierro —intervino el Rey Silvano, con la voz ronca aunque incapaz de mirarme a los ojos, solo tenia la mirada clavada en mi pecho—. Antes de que su luz se apagara del todo, pidió su última voluntad. Dijo que tú habías vaciado tus pulmones de veneno por él... y que él te devolvería el favor.
Me quedé helado. Mi mano subió instintivamente a mi pecho. Donde antes estaba la placa de titanio y el cristal de cuarzo, ahora había piel. Una cicatriz rúnica, pálida y elegante, sellaba mi esternón. El núcleo de cuarzo seguía allí, pero ya no era un motor; estaba incrustado en mi piel como un espejo, una gema inerte que mostraba mi interior. Unos pulmones reales seguían mi respiración en mi pecho. Ya no había cables, ya no había mecanismo. Era un sistema biológico real.
—Sus pulmones están limpios, Alaric —susurró la Reina—. Estaban limpios de Sufluor cuando murió. Él nos pidió que te los diéramos. No solo eso... él decidió que sus restos fueran el puente final.
Me levante de golpe sintiendo mi mundo darme un vuelco. No me importaron las nauseas, no me importo el dolor. Y ellos lo notaron. La reina envolvió mis costillas con su brazo de un lado y el Rey lo hizo por el otro, haciendo de apoyo. No dijeron nada más, solo avanzaron guiándome por los pasillos hacia un lugar.
Los pasillos en Thaelian se sentian más vivos y limpios de la neblina contaminada. No quería ir, pero mis piernas no me obedecían. Llegamos a una habitación demasiado fría al final de un largo pasillo. Al entrar, lo vi.
El mundo se deshizo a mis pies.
Siliomi yacía sobre una cama de flores blancas. Parecía dormido, pero su piel tenía la palidez de la luna. Ya no tenía sus runas brillantes; se veía como un joven normal, bondadoso y humilde, pero frio, apagado. Muerto. El Rey Silvano confesó que no solo me había dado sus pulmones a mí; había donado sus órganos a otros Thaelianos heridos en la batalla.
Me derrumbé. Caí del agarre de los reyes y me arrastré hasta su lado, sollozando con una fuerza que mis antiguos pulmones mecánicos jamás habrían permitido.
—¿Por qué? —le grité a su cuerpo inmóvil, aferrándome a su pecho como si eso pudiera revivirlo—. ¡Maldito hada tonta! ¡Prometiste que saldríamos de esta!
Llore sin poder contenerme, las lagrimas y los espasmos del llanto empeorando el dolor en mi pecho, que ya no sabia si era por la perdida o la operación. Pensé en el tiempo que pasamos juntos, el poco tiempo que pasamos. Pensé en sus palabras, en sus deseos y promesas. En su irritante verdad brutalmente honesta. Pensé en su mirada estúpidamente tierna de cordero santo, incluso cuando se molestaba. Pensé en sus grandes orejas elevándose para escucharme. En su cola de pompón golpeando el piso cuando me gritaba. En sus ojos esmeralda sin pupila brillar con un esplendor mágico que me ponía la piel de gallina. En cada verdad, en cada insulto, en cada vez que me arrastro y aposto por mi.
—¡Siliomi!.. Por favor... No puedo... No me hagas esto... ¡Es mi culpa! Era mi tiempo robado, yo era el estúpido ogro pesado que arrastrabas... ¡¿Porque?! ¡Siliomi!