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CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 5

AARON


 

Abro los ojos. El aturdimiento apenas me permite recordar mi nombre. Al intentar incorporarme, descubro que he sido atado de manos y de pies. Trato de mirar a mi alrededor, pero hay tan poca luz que no logro ver casi nada. Solo comprendo que estoy recostado sobre una cama en medio de una habitación desconocida.

Mis recuerdos retornan y la realidad me despabila con brusquedad: fui secuestrado en Esperanza.

Entro en pánico. Aunque mi boca está descubierta, no clamo por auxilio porque hacerlo solo alertaría a mi secuestrador. Muevo mis manos entre las cuerdas, desesperado por liberarlas de su agarre. Mis muñecas arden, pero no me detengo. La soga quema sobre mi piel, no me importa en lo absoluto. Debo salir de aquí antes de que algo peor suceda conmigo.

No logro liberar mis muñecas. Con los pies corro mejor suerte y, luego de varios minutos forcejeando, los amarres aflojan y caen. Me pongo de pie con sigilo, decidido a explorar la habitación y a encontrar algún objeto que corte la cuerda de mis manos.

La luz en el cuarto es mínima. Una de las pocas cosas que logro vislumbrar es una fotografía digital pegada en una pared de la habitación. Distingo algunas formas en ella: son personas. Creo que es una foto familiar, uno de los rostros corresponde al de mi captor.

A unos centímetros de distancia de la foto hay un dibujo digital hecho por un niño. Diviso en el boceto una figura humana de porte alto y cabello alborotado junto a otra más pequeña de formas infantiles. Ambos estrechan la mano del otro y tienen sonrisas en el rostro. Un enorme corazón pintado de rojo se sitúa en medio de ambas figuras.

«Para mi querido hermano David», leo en una frase bajo el dibujo.

Si no me equivoco, la figura más alta corresponde al secuestrador, por lo que su verdadero nombre sería David y no Bernardo, como dijo al presentarnos en el muelle de cristal. Debí adivinar que mentía.

Alejo la mirada de las imágenes y continúo la búsqueda. Merodeo por todo el cuarto. Hay un armario blanco en una esquina, las puertas están aseguradas con un sofisticado sistema de bloqueo. No existe modo de abrirlo sin la combinación requerida y, aunque la tuviera, no habría mucho que pudiera hacer con las manos atadas por detrás.

En vez de seguir buscando en vano, me acerco a la ventana. Esta tiene gruesas persianas de acero por cuyas rendijas se filtran delgadas líneas de luz artificial. Me encuentro en la segunda planta de una casa ubicada en medio de una ciudad que no reconozco, es de noche y hay niños de ropas sucias y maltratadas jugando con un balón desgastado a la distancia. Las casas de los alrededores no se comparan con las de Libertad, se ven precarias y descuidadas. No sé en dónde estoy, pero definitivamente esto no es Esperanza.

El balón de los niños rueda cerca de la casa en la que estoy cautivo. Uno de los pequeños corre en su búsqueda. Mientras él se acerca, escucho pasos fuera del cuarto. Me pongo a gritar antes de que el secuestrador ingrese en la habitación. El niño que corre tras el balón mira en todas direcciones, pero no logra detectar de dónde provienen los gritos.

La puerta del cuarto se abre de golpe.

—¿Qué haces? —pregunta el secuestrador al entrar—. ¡No grites!

Ignoro su petición y continúo llamando por ayuda a viva voz. Mi captor me empuja de vuelta contra la cama, se lanza sobre mí y cubre mi boca con sus manos. Me esfuerzo por intentar golpearlo con las piernas, pero su peso me somete por completo.

—¡Deja de gritar! —insiste él.

Me muevo lo mejor que puedo. Lucho por quitármelo de encima y emitir algún sonido que pueda ser oído en el exterior.

—Si no te tranquilizas, tendré que dormirte otra vez. —Él saca de su bolsillo el objeto plateado que me dejó inconsciente hace horas. Este emite un ruido eléctrico que me eriza la piel con solo escucharlo.

Decido guardar silencio y no oponer resistencia.

—¿Gritarás otra vez? —inquiere.

Niego con la cabeza.

Bernardo —o David, sea cual sea su nombre— quita su mano de mi boca con lentitud. Nuestra proximidad me incomoda de mil maneras. Su cara está justo en frente de la mía y siento su respiración de cerca, lo que me acalora e inquieta al mismo tiempo.

—¡Quítate! —le exijo.

Él se pone de pie. Me apunta con el objeto en todo momento.

—¿Qué rayos es eso? —pregunto.

—Es… es un aturdidor eléctrico. Como su nombre lo indica, sirve para provocar un efecto de aturdimiento que puede…

—Ya sé para qué sirve —interrumpo—. Lo aprendí cuando me pusiste esa mierda en el cuello, Bernardo. ¿O debería llamarte David?

Apunto con la cabeza al dibujo de la pared. Mi captor lleva una mano a sus ojos y se lamenta por su error.

—Sabía que tenía que quitar ese dibujo —resopla—. En efecto, mi nombre es David.

—¿Dónde estoy? ¿Vas a matarme?

—¿Matarte? —Ríe—. No seas ridículo, no soy un asesino.

—Pero sí un secuestrador, y haré que te pudras en prisión por raptarme.

Puedo notar con la escasa luz de la habitación que David se ha estremecido.

—Perdóname por secuestrarte —implora—. No quería que las cosas iniciaran de este modo. Cuando me di cuenta de lo que hacía, ya estabas atado sobre mi cama. Juro que no soy una mala persona.

—Por supuesto que te perdono. —Finjo voz compasiva—. Es más, debería agradecerte.

—¿Agradecerme?

—¡Claro! Siempre quise ser secuestrado, se siente increíble. Vamos, hazme dormir otra vez. Fue mi parte favorita.

—Como quieras —asiente en tono de burla y acerca el aturdidor eléctrico a mi cuello.

—¡Alto, no lo hagas!

David ríe como si esta situación fuese de lo más divertida.

—¿Por qué te ríes? —pregunto, enfadado.

—Porque en vez de mostrarte aterrado como un niño, actúas desafiante y sarcástico —responde—. Estoy seguro de que sabes que tengo el control de la situación y que podría hacerte lo que yo quisiera sin que nadie se enterara.




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