POV: Mariana
Lo vi salir del laboratorio antes que todos.
No fue un portazo, ni una escena.
Fue peor que eso.
Agarró sus cosas rápido, sin orden, cruzó el aula con pasos largos y, cuando llegó a la puerta, la empujó con más fuerza de la necesaria.
—¿Luki? —alcancé a escuchar que dijo Mónica.
La puerta se cerró igual.
El ruido seco quedó suspendido un segundo de más en el aire del laboratorio. Nadie dijo nada, pero algunos lo notamos. Yo también.
Me quedé quieta, con un frasco todavía en la mano, mirando el espacio vacío donde él había estado hacía apenas unos segundos.
No era sorpresa.
Era esa sensación de saber que algo me había pasado por al lado… y no lo había frenado.
Algo más parecido a cuando sabés que algo se rompió… pero todavía no sabés dónde.
—Qué carácter —murmuró alguien atrás.
Ismael se inclinó un poco hacia mí.
—¿Todo bien? —preguntó.
Asentí por reflejo.
—Sí… sí.
No estaba segura de nada.
Terminamos de guardar los materiales, firmamos la planilla y salimos con el resto. El pasillo estaba lleno de estudiantes, mochilas chocándose, voces cruzadas, pasos apurados. Todo siguió como siempre, como si Lucas no se hubiera ido así.
Yo me repetí que seguro lo veía en el comedor.
Lucas siempre iba al comedor.
En el comedor lo busqué apenas entré.
Primero sin que se notara.
Después ya sin disimulo.
No estaba.
—¿Lucas vino antes? —preguntó Marcos, dejando su bandeja sobre la mesa.
Negué.
—No… pensé que estaba acá.
—Se fue medio raro —dijo Ismael—. Capaz salió a tomar aire.
Mónica se sentó frente a mí y dejó la mochila en el piso.
—Le hablé cuando se iba —dijo—. Ni me miró.
No lo dijo con enojo.
Lo dijo como quien señala algo que no encaja.
Me senté igual. Miré el plato frente a mí. El olor de la comida no me provocó nada. Probé un bocado por costumbre y lo dejé.
—No tengo hambre —dije al final.
Ismael frunció el ceño.
—¿Vos también?
Asentí.
No era mentira.
Pero tampoco era solo hambre lo que faltaba.
Me levanté despacio.
—Me voy para la práctica —avisé—. Si lo ven después, díganle que estoy en el campo.
—Dale —respondió Marcos.
Mónica me miró un segundo más de lo normal, como si quisiera decir algo. No lo hizo.
Tomé mis cosas y salí del comedor con esa sensación rara en el cuerpo, como cuando sabés que pasó algo… pero nadie lo dice.
El camino hacia los corrales estaba lleno de ruido, pero yo caminaba como en automático.
Lucas no se había ido solo del laboratorio.
Se había ido de algo.
Yo lo había visto.
Había escuchado la puerta.
Había sentido ese golpe seco como una advertencia.
Y aun así, había pensado que lo encontraría en el comedor, como siempre.
Ahí entendí que no era solo que se hubiera ido apurado.
Era que había decidido no quedarse.
Cuando lo vi apoyado contra uno de los corrales, solo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los animales, sentí alivio… y algo de miedo también.
Me acerqué despacio.
—No te vi en el almuerzo —le dije.
Levantó la vista sin sobresaltarse.
—No tenía hambre —respondió—. Necesitaba despejarme.
Eso no era una respuesta.
Y los dos lo sabíamos.
—¿Te pasa algo? —pregunté, más suave.
Lucas dudó. Pasó una mano por la nuca, respiró hondo.
—Decime algo, Mari —dijo al final—. ¿Tenés algo con Ismael?
No hubo vueltas ni reproches.
Solo una pregunta que pesaba más de lo que parecía.
Sentí el cuerpo tensarse antes de responder.
No por la pregunta.
Sino por todo lo que venía atrás.
—No —respondí enseguida—. No pasa nada con Ismael. Es un muy buen amigo. Nada más.
Me sostuvo la mirada, buscando grietas.
—¿Seguro?
—Seguro —repetí—. Nunca hubo otra cosa.
Asintió apenas.
Pero no se relajó.
—Lo vi abrazarte hoy —dijo—. En la entrada… y después en el laboratorio.
—Es así con todos —expliqué—. No significa nada.
Se quedó en silencio.
—Para mí sí significó —admitió, sin mirarme—. O no sé… pero movió cosas que prefería no mover.
Ese fue el golpe más fuerte.
—Lucas…
—No te estoy reclamando nada —me interrumpió—. Sé que Ismael es tu amigo. Como yo.
Bajó la mirada un segundo antes de seguir.
—Solo necesitaba saber si me estaba imaginando cosas.
Como yo.
La frase me cayó más pesada de lo que debería.
No por Ismael.
Por lo otro.
Porque una parte de mí —la que no digo en voz alta, la que siempre guardo— deseó, de golpe y sin permiso, que Lucas no fuera solo eso.
Que no me pusiera en el mismo lugar.
Que no necesitara aclararlo.
Negué.
Respiré hondo, como si necesitara sacar de encima todo lo que había pensado en ese segundo.
—No te las estás imaginando —dije—. Pero tampoco hay nada que no sea lo que te dije.
Lucas asintió, pero no avanzó ni un paso.
No intentó tocarme.
No buscó acercarse.
Y eso fue nuevo.
Antes, Lucas siempre encontraba una forma de acortar la distancia.
Hoy no.
Hoy eligió quedarse donde estaba.
Nos quedamos ahí, parados, sin saber bien qué hacer con lo que había quedado flotando entre nosotros. Al final fui yo quien decidió romper ese silencio que nos envolvía, el ambiente se sentía denso, pesado.
—Todavía tenemos práctica —dije al final—. Vamos antes de que noten que faltamos.
Asintió.
—Sí.
Y ahí lo dejamos.
No porque estuviera resuelto.
Sino porque no sabíamos cómo seguir sin abrir algo que todavía no estábamos listos para enfrentar.
La tarde pasó entre corrales, anotaciones y movimientos mecánicos.
Lucas estuvo correcto. Atento. Profesional.
Como si nada hubiera pasado.
Pero no era verdad.
No me buscó con la mirada.
No se acercó más de lo necesario.
No hizo ningún comentario al pasar.
Editado: 01.02.2026