Promesas bajo el jacarandá

Capítulo 5: Bajo el Jacarandá

El silencio dentro del auto era espeso.
No incómodo. Denso.
De esos silencios que no se llenan con música ni con palabras, porque están hechos de cosas que todavía no se dijeron… o que ya se dijeron y no tienen vuelta atrás.

Había dicho lo que tenía que decir.
Lo supe desde el momento en que las palabras salieron de mi boca.

Solo necesito saber si sigo parado en el mismo lugar que antes.

Ahora no había marcha atrás.
Si Mariana me decía que no, que estaba equivocado, que exageraba… iba a doler. Pero lo iba a aceptar. La iba a dejar tranquila. Iba a enterrar ese verano, esa noche en la estancia, esa conversación que nunca debió existir porque lo complicó todo.

Miré al frente.
Respiré despacio.

Sentí cómo se movía en el asiento, incómoda. Como si también estuviera buscando la forma correcta de responder sin romper nada.

—No entiendo por qué me decís eso —dijo al fin.

No levantó la voz.
No hubo reproche.
Solo sinceridad.

Giré apenas la cabeza hacia ella.

—Si es por lo de hoy… —continuó— yo pensé que ya había pasado.

Me miró de frente. Sin esquivarme.

—Entiendo que necesitabas tu espacio. De verdad. Y está bien.

Tragué saliva.

—Pero para mí no cambió nada, Lucas.

Ahí sentí el primer golpe.

—Vos seguís siendo importante. Mucho —agregó—. Y voy a estar cuando me necesites, como siempre.

Como siempre.

La frase cayó con un peso que no creo que ella haya notado.

—No quiero que esto nos complique —dijo después—. Para mí… lo de hoy ya está. Ya pasó.

Se quedó en silencio.
Yo también.

Para ella, todo seguía igual.
Para mí, ya no.

No dije nada enseguida. Porque si hablaba, iba a decir algo que no estaba seguro de poder sostener sin quebrarme un poco.

Apoyé la frente contra el volante un segundo.
Respiré.

—Está bien —dije al fin.

No mentí.
Pero tampoco dije toda la verdad.

Ella soltó el aire, como si hubiera estado conteniéndolo.

—¿Vamos a comer algo? —preguntó—. No tengo mucha hambre, pero… no hemos comido nada.

La miré.

Ahí estaba.
La salida elegante.
El terreno seguro.

Comer algo.
Seguir igual.
Ser los de siempre.

—Sí —respondí—. Vamos.

Arranqué el auto.

El restaurante era chico, tranquilo. Nada especial. Mesas de madera, luces cálidas, pocas personas. Un lugar donde nadie te apura y nadie te mira demasiado.

Nos sentamos frente a frente.
Pedimos casi sin pensar. Lo de siempre. Como si el cuerpo eligiera por costumbre cuando la cabeza estaba en otra parte.

—Gracias por… no hacerlo más grande —dijo Mariana mientras esperábamos.

La miré.

—No sé si lo estoy haciendo más chico —respondí—. Solo lo dejé donde estaba.

Asintió.
Sonrió apenas.

Esa sonrisa que conozco desde siempre. La que no busca nada. La que se apoya en la confianza.

Y ahí lo entendí del todo.

Mariana no se estaba haciendo la tonta.
Mariana se estaba cuidando.
De mí.
De ella.
De algo que podía cambiarlo todo.

Cenamos hablando de cosas neutras. De la facultad. De las guardias que se venían. De los profesores. De cualquier cosa que no fuera eso.

Y funcionó.
O al menos, parecía.

La dejé en su casa un rato después.

—Gracias por traerme —dijo antes de bajar.

—Siempre —respondí.

Me sonrió otra vez.
Se despidió con un beso rápido, de esos que siempre dimos.

Cerró la puerta.
Y se fue.

Manejé hasta mi casa con la sensación molesta de que nada había cambiado… y sin embargo, todo estaba distinto.

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En casa no prendí la televisión.
Dejé las llaves en la mesa, y fui directo al baño.

El agua caliente me cayó por la espalda. Apoyé la frente contra la pared.

No estaba enojado con ella.
Eso era lo peor.

La estancia volvió sola.

El jacarandá grande, el que daba sombra todo el día. Mariana sentada en el pasto, con las rodillas al pecho, llorando por su conejo blanco de orejas marrones. Lo adoraba.

Yo tenía ocho o nueve años.

Me senté a su lado. No supe qué decir. Solo le prometí algo sin saber que lo iba a cumplir toda la vida: que no iba a permitir que volviera a estar triste por nada.

La segunda promesa vino después. Cuando un primo la empujó sobre la gravilla y se raspó las rodillas. Sentí tanta rabia que me avalancé sobre él sin pensar. Terminamos los dos retados. A Mariana se la llevaron para desinfectarle las heridas.

Más tarde la encontré en la hamaca, con las rodillas vendadas, mirando el atardecer.

—¿Te duele? —le pregunté.

—Ya no —me dijo—. Solo molesta.

Me agradeció por defenderla. Se disculpó porque yo me había llevado un castigo. A mí no me importó. Solo quería que estuviera bien.

Ahí, bajo ese jacarandá, entendí que lo que sentía no era solo amistad.

Me acordé de los quince.
Dieciséis.

La primera canción que le escribí y no me animé a mostrarle. Porque en esas líneas ya no había manera de esconderme.

Salí de la ducha, me sequé sin apuro y fui a la biblioteca.

La libreta estaba donde siempre. Arriba. Lejos de todo.

La bajé despacio.

Las tapas gastadas. Las hojas amarillas. Letras torcidas, tachadas, corregidas.

Para Mari.
Siempre para ella.

Al principio se las mostraba. Cuando descubrí que me gustaba escribir y tocar la guitarra. Después dejé de hacerlo. Porque en algún momento entendí que, si leía eso… iba a saber.

Y yo no estaba listo para perderla.

La última canción era de ese verano.
De esa noche en la estancia.
De la conversación que no debió pasar… y pasó igual.

Cerré la libreta.

Para ella, todo seguía igual.
Para mí, no había forma de volver atrás.

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Dormí poco.
O nada.

Cuando sonó la alarma, todavía era de madrugada. Mi cabeza seguía dando vueltas.




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