POV: Mariana
—¡No vas a poder escapar siempre, Mari! —dijo—. Tarde o temprano… vas a dejar de mentirte.
Las palabras me siguieron mucho más allá del jacarandá.
No me giré.
No podía.
Apreté el paso por el sendero, casi sin sentir el suelo bajo las zapatillas. El corazón me latía desordenado, como si quisiera salirse del pecho y correr antes que yo.
Solo quería alejarme de Lucas. De su voz baja. De su mano firme en mi cintura. De esa cercanía que me había desarmado sin siquiera besarme del todo.
De sus labios.
De ese roce que no fue beso… pero lo cambió todo.
Estaba mal. Lo sabía.
Y aun así, una parte de mí quería volver atrás y quedarme ahí.
No lo hice.
Obstetricia empezó con el aula todavía caliente del sol de la tarde. El proyector zumbó, el profesor habló de partos complicados, de decisiones que se toman en segundos cuando la vida depende de la precisión.
Yo escribía como si estuviera copiando mi propia respiración.
Prolija. Lineal. Ordenada.
Lucas estaba tres filas más atrás.
No a mi lado.
No me miraba.
Respondió dos preguntas con la seguridad de siempre. El profesor lo elogió. Alguien hizo un comentario en broma y él sonrió apenas.
Yo fingí que no lo escuchaba.
Pero lo escuchaba todo.
Porque cuando alguien te importa, incluso el silencio pesa distinto.
Después vino la práctica en el tambo.
El olor a tierra húmeda y animal vivo me ancló de golpe. Ahí no había espacio para dramatismos. Solo técnica, coordinación y cabeza fría.
La vaca estaba en trabajo de parto. No era grave, pero la posición del ternero no era la correcta y había que corregirla antes de que se complicara. Nada heroico. Nada espectacular. Solo precisión.
El profesor dividió tareas entre los presentes.
—Fernández, Etcheverry, trabajen juntos en esta.
Nos miramos apenas un segundo.
Profesional. Neutro.
Me acomodé primero.
—Si rotamos desde acá puede ceder sin forzar —dije, evaluando la tensión.
Lucas observó el ángulo y asintió.
—Sí. Pero sostené firme cuando corrija o va a retroceder.
Simple. Coordinado.
No hacía falta hablar demasiado. Con Lucas siempre fue así. Sabíamos anticiparnos.
Mientras ajustábamos la posición con cuidado, la vaca hizo un movimiento brusco. Yo reaccioné estabilizando el peso antes de que perdiera el equilibrio.
—Ahí —murmuró él—. Mantenelo.
Sus manos se movieron al mismo tiempo que las mías, compensando la presión. No era fuerza. Era sincronización.
—Un poco más arriba —dijo.
—No. Si subimos tanto va a tensarse más —respondí segura.
Me miró apenas. Evaluó. Asintió.
—Tenés razón.
El intercambio fue mínimo. Pero suficiente.
No era que uno guiara al otro.
Era que pensábamos parecido.
El profesor se acercó, observó en silencio y después dijo:
—Así se trabaja en equipo. Bien, Etcheverry. Bien, Fernández.
Sentí una satisfacción limpia. Profesional.
Lucas me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. No había orgullo. Había algo más sutil.
Reconocimiento.
Mientras limpiábamos el instrumental, nuestras manos coincidieron otra vez. Esta vez no por la vaca. Por descuido.
Ninguno retiró la mano enseguida.
Fue apenas un segundo más.
Después sí.
—Buen manejo —dijo en voz baja.
—Vos también —respondí.
Y no era cortesía. Era verdad.
Caminamos hacia la salida con el resto del grupo entre bromas y comentarios sueltos.
Pero el aire entre nosotros ya no era el mismo.
¿Por que juntos funcionábamos tan bien?
¿Por qué nos entendíamos sin hablar?
No tenía respuestas.
Y eso asustaba más que cualquier otra cosa.
Necesitaba alejarme.
—Nos vemos mañana, Lucas.
—Hasta mañana, Mari.
No nos despedimos con un beso como de costumbre. El contacto de hoy ya había sido suficiente.
Agradecí en silencio que respetara la distancia.
Le escribí a Marcos:
“Me quedo un rato más. Después voy sola.”
No mentía.
Pero tampoco decía todo.
Caminé sin rumbo hasta encontrar un banco medio escondido entre árboles jóvenes. Me senté y dejé que el silencio me alcanzara.
Y entonces volvió la pregunta:
¿Por qué no puedo aceptar lo que está pasando con Lucas?
No era porque no lo quisiera.
Lo quería.
Siempre lo había querido.
Era todo lo que venía alrededor.
Lucas no era solo Lucas.
Era la estancia.
La casa grande.
El apellido que pesaba en la ciudad.
Y yo.
La hija del empleado rural.
Me acordé de una cena en la estancia. Tendría trece años.
Lucas me había invitado a sentarme con ellos. No ayudando en la cocina con mamá, sino en la mesa con ellos. Con el mantel blanco, las copas brillando bajo la luz amarilla y los adultos hablando de negocios como si el mundo les perteneciera.
Yo acepté encantada.
Era Lucas.
Me acomodé a su lado. Él hablaba animado sobre los potrillos nuevos. Yo sonreía, escuchaba, intentaba mover los cubiertos sin hacer ruido.
Hasta que una mujer —amiga de la familia, perfume intenso, sonrisa demasiado perfecta— inclinó la cabeza apenas.
—¿Y ella?
No fue agresivo.
Fue curioso.
Pero en ese tipo de mesas, la curiosidad pesa.
Hubo un segundo de silencio.
El padre de Lucas respondió con naturalidad:
—Es Mariana. La hija de Carlos. Se crió con los chicos.
Se crió con los chicos.
La frase quedó flotando.
Nadie dijo nada ofensivo. Nadie fue cruel.
Pero sentí las miradas.
No desprecio.
Evaluación.
Como si, sin decirlo, la pregunta hubiera cambiado:
¿Y qué hace sentada acá?
Lucas no lo notó. O no le dio importancia. Siguió hablando conmigo como siempre.
Para él no había diferencia.
Para mí, de repente, sí.
Editado: 10.03.2026