Promesas bajo el jacarandá

Capítulo 7: Lo que no dijimos

POV: Lucas

Amanecí antes de que sonara la alarma.
No abrí los ojos enseguida. Me quedé inmóvil, con esa pesadez instalada en el pecho, como si la noche no hubiese terminado del todo y el cuerpo todavía no entendiera que ya era otro día. Afuera apenas clareaba. El departamento estaba en silencio, pero mi cabeza no.

Mi cabeza no se callaba nunca cuando se trataba de Mariana.

El jacarandá volvió antes que cualquier pensamiento racional.

Su cara cuando se fue.
La forma en que evitó mirarme.
El modo en que yo tampoco supe detenerla.

Me pasé una mano por el rostro, frustrado.

A veces me preguntaba por qué nos complicábamos tanto. Por qué no podía simplemente plantarme frente a ella y decirle: Mariana, estoy enamorado de vos desde hace años. Quiero estar con vos. No me interesa nadie más. Decime que también lo sentís.

Patético.

Primero, porque no era tan valiente.
Segundo, porque existía una posibilidad bastante concreta de que me mandara al demonio.
Y tercero, porque aunque una parte de mí estaba casi segura de que ella también sentía algo, había otra —mucho más molesta, mucho más cruel— que no dejaba de preguntarme si no estaría viendo señales donde solo había costumbre.

Tragué saliva.

Después estaban mis demonios. Esos que aparecían siempre que daba un paso de más.

¿Y si había hablado demasiado?
¿Y si la había presionado?
¿Y si acababa de arruinar lo único que siempre había tenido con ella?

Mariana era mi mejor amiga.

Y esa era la parte que más miedo me daba.

Porque podía amarla. Podía morirme de celos cada vez que alguien la miraba como si tuviera derecho a intentarlo. Podía desearla hasta perder la poca cordura que me quedaba. Pero si ella no sentía lo mismo, si para ella todo seguía siendo amistad, entonces yo no solo iba a perder una posibilidad.

Iba a perderla a ella.

Y eso era lo único que no sabía si podía soportar.

Me giré sobre la almohada y cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la escena del día anterior. No funcionó. Volvió más clara. Más intensa.

Su respiración cerca.
Su cuerpo tenso.
Ese segundo absurdo en el que juré que no se iba a ir.
Mi cuerpo reaccionando a ella, a su cercanía, a todo lo que no había dicho y aun así estaba ahí, entre los dos.

Solté el aire despacio.

No estaba seguro de haber hecho lo correcto. Pero tampoco podía arrepentirme.

Que me culparan si querían.

Por una vez había sido valiente.

Por una vez había dejado de actuar como si nada hubiese cambiado cuando en realidad todo había cambiado hacía mucho. Desde el verano. Tal vez incluso antes. Tal vez desde siempre, solo que los dos habíamos sido demasiado buenos fingiendo.

Ese era nuestro papel favorito: hacernos los tontos.

Pero yo ya no podía más.

No podía seguir jugando con palabras a medias, con gestos escondidos, con miradas que duraban un segundo más de lo permitido y después se disfrazaban de casualidad. Ya no éramos niños. Ya no podía seguir esperando a que algo pasara solo porque me daba miedo provocarlo.

Había que ponerle un punto a eso.

O enfrentábamos lo que sentíamos… o lo enterrábamos.

Y la verdad era que yo no quería enterrarlo.

No a ella.

No a nosotros.

No después de todo.

Y eso, aunque doliera, no pensaba negarlo.

Porque lo que había pasado en el verano no había sido solo mío.

Había sido de los dos.

No había sido una confusión. Ni un impulso. Ni un momento mal elegido. Había sido algo sostenido en el tiempo, silencioso, inevitable… algo que ninguno de los dos se había animado a nombrar.

Hasta ahora.

Y yo ya no podía fingir que no existía.
Me incorporé y me senté al borde de la cama, apoyando los codos sobre las rodillas. Me pasé las manos por la cara, intentando ordenar una cabeza que no respondía.

Tal vez había esperado demasiado.
Tal vez había hablado tarde.
Tal vez ella no estaba lista.

Demasiados “tal vez”.

La incertidumbre siempre me había incomodado, pero esto… esto me desarmaba.

Porque por primera vez no dependía solo de mí.

Pero yo sí estaba listo.

Y necesitaba saber si lo que sentía era solo mío.

La ducha no ayudó.

Me quedé más tiempo del necesario, dejando que el agua caliente me golpeara la nuca mientras intentaba pensar en cualquier otra cosa. En las clases. En los prácticos. En algo concreto.

No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía lo mismo.

Su mano temblando apenas.
Su respiración cortada.
Ese instante previo a que se fuera.

Apoyé la frente contra la pared.

—¿Qué querías que hiciera? —murmuré, sin esperar respuesta.

No podía seguir fingiendo normalidad. No después del verano. No después de todo lo que habíamos sostenido sin decir. No después de verla mirarme como me miraba cuando creía que yo no estaba mirando.

Cerré el grifo.

El silencio volvió.

Y con él, la certeza incómoda de que ya no había vuelta atrás.

------

Salí del departamento con esa sensación todavía instalada en el pecho.

El aire de la mañana estaba frío. Caminé hasta el auto sin apuro, con la cabeza llena de preguntas que no tenían respuesta.

Arranqué.

Por primera vez en mucho tiempo, no sabía si quería verla.

Y al mismo tiempo… no quería nada más que eso.

------

Llegué temprano a la facultad.

Demasiado.

El pasillo estaba semivacío, con ese eco particular de las primeras horas.

Cuando entré al aula, Mariana ya estaba en nuestro lugar.

Como siempre.

Me detuve un segundo en la puerta.

Estaba inclinada sobre el cuaderno, escribiendo despacio. El pelo le caía hacia adelante, la boca apenas entreabierta, concentrada como siempre.

Como si nada hubiese pasado.

Tragué saliva.

Caminé hasta el banco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.