Promesas bajo el jacarandá

Capítulo 8: Cansada de llegar tarde

POV: Mariana

Cuando Lucas se fue, sentí que algo se rompía en el aire.

Me quedé quieta, mirando el lugar donde había estado parado hacía apenas unos segundos, como si todavía pudiera alcanzarlo si reaccionaba a tiempo.

Habíamos estado a punto de hablar. Yo iba a hacerlo. De verdad.

Pero Ismael apareció justo en ese momento y Lucas decidió irse antes de escuchar nada, por impulso, por cansancio o por las dos cosas.

Y me dolió.

Porque esta vez no era miedo lo que me frenaba.

Esta vez sí estaba lista.

Lo vi alejarse. Pensé en llamarlo. En alcanzarlo. En explicarle que no era lo que parecía.

Pero dudé.

Y a veces un segundo alcanza para cambiarlo todo.

Cuando quise reaccionar, ya era tarde.

Ismael miró en la dirección por donde se había ido Lucas.

—¿Interrumpí algo?

Sentí el estómago apretarse.

—No… —respondí al final, demasiado rápido—. Nada.

—Mari…

Lo miré recién ahí. Seguía frente a mí, tranquilo, como si no hubiera notado nada raro. O como si lo hubiera notado… y hubiera decidido no meterse.

—¿Tenés ganas de ir a comer algo conmigo? Tranquila, nada formal.

La invitación me cayó tarde, como si la escuchara desde lejos. Dudé. Quise decir que no, salir corriendo atrás de Lucas, inventar cualquier excusa. Pero tampoco quería volver sola con todo eso en la cabeza.

—Está bien —respondí al final—. Pero un rato.

Ismael sonrió, aliviado.

—Dale.

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Fuimos a un bar sencillo cerca de la facultad. Mesas de madera gastadas, luces cálidas, olor a café mezclado con comida recién hecha. Un lugar de esos donde nadie viene apurado, sino a pasar el rato.

Nos sentamos junto a una ventana y pedimos algo simple. Yo una cerveza suave. Él un fernet con coca, como siempre.

Al principio la charla fluyó fácil. O al menos eso parecía desde afuera.

Hablamos de la facultad, de las materias. Yo me quejé de lo absurdo que era pasar de clínica a quirófano como si el cuerpo y la cabeza pudieran cambiar de registro con esa facilidad, como si pudiera dejar una cosa atrás y entrar a otra sin arrastrarla. Ismael se rió, dijo que en agronomía era distinto, que todo era más de procesos, más lento, pero que igual uno terminaba con la cabeza en cualquier lado.

Después hizo un chiste sobre Marcos y sus eternos descuidos con los apuntes, y me reí. Criticó la salsa del comedor con una seriedad exagerada que me hizo sonreír otra vez.

Con él siempre había sido así, cómodo, liviano, fácil. Una de esas presencias que no exigen demasiado, que no incomodan.

Y aun así, cada tanto se instalaban pequeños silencios entre nosotros. Momentos breves en los que ninguno decía nada y el ruido del bar se volvía demasiado evidente. Ahí era cuando no sabía bien dónde poner las manos, ni qué hacer con la mirada, ni cómo sostener la conversación sin pensar en otra cosa. Entonces él decía algo más y todo volvía a moverse. Pero esos segundos quedaban.

Y fue ahí cuando lo entendí.

La comodidad no era lo que buscaba.

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La comida llegó rápido, una pizza simple, compartida, de esas que uno come más por costumbre que por hambre. Corté un pedazo y lo dejé en el plato más tiempo del necesario.

Ismael hablaba de los parciales, de lo pesado que se estaba volviendo el año, de los planes para cuando nos recibiéramos. De que si Marcos seguía ocupando la casa como centro de reunión académica, iba a terminar mudándose con nosotros oficialmente.

—A veces siento que vivo más en tu casa que en la mía —dijo, sonriendo.

—Sí, eso ya lo noté —respondí, con una media sonrisa.

—Debería pagar alquiler.

—O al menos llevar mejor café.

Se rió.

—Haz eso, porque irte a vivir con nosotros… no, por favor.

Me reí apenas.

—Herís mis sentimientos, Fernández. Sos cruel.

Ambos nos reímos.

—Vamos, ¿te imaginás conviviendo con Marcos y conmigo? Te volveríamos loca. Todo tirado por todos lados, acaparando espacio… no tendrías paz mental.

—Exacto. Y no pienso vivir entre apuntes, vasos sucios y ropa arriba de una silla.

Ismael abrió los ojos, fingiendo indignación.

—¡Pará!. Yo tengo todo ordenadito y brillante en mi departamento.

Solté una risa.

—Claro, porque tenés empleada. Me imagino todo lo que debe encontrarse Lidia en tu departamento.

Ismael largó una carcajada.

—Te equivocás. Soy un santo. Preguntale, ella te lo va a confirmar.

—No voy a hacer pasar esa vergüenza a Lidia, pobre.

Y por un momento, entre las bromas y las risas, la tensión que venía cargando desde hacía días aflojó un poco.
Ismael siempre había tenido esa facilidad para distraerme. Para hacer liviano incluso un día pesado.
Y aun así… yo seguía sin estar ahí del todo.

—A veces pienso que cuando termine todo esto… me gustaría estar cerca de vos —dijo, casi como al pasar.

Me atraganté apenas con la bebida.

Él se rió enseguida.

—O sea, cerca en general… no en plan raro.

Sonreí.

—Claro.

Pero no era claro.

Seguimos hablando, pero algo ya había cambiado. No en él. En mí.

Porque en cada pausa, en cada momento en que bajaba la voz o dejaba de bromear, aparecía Lucas. La forma en que me había mirado bajo el jacarandá. La tensión de su mano en mi cintura. La manera en que se fue sin esperar.

Bebí un sorbo largo para disimular el nudo en la garganta.

—¿Estás muy cansada? —preguntó Ismael.

—Un poco.

—Se te nota.

No fue una acusación. Fue percepción.

—Fue un día largo —respondí.

No era mentira.

Pero tampoco era toda la verdad.

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Cuando decidimos irnos, caminamos hasta su auto hablando de cualquier cosa. O al menos él hablaba y yo respondía lo justo.

Porque ya no podía ignorarlo.

No estaba siendo injusta con Ismael por no sentir lo mismo.

Pero sí por quedarme ahí… cuando mi cabeza había estado en otro lado desde el principio.




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