Promesas bajo el jacarandá

Capítulo 9: Lo que se deja para después

POV: Lucas

Las horas pasaban y mi cabeza seguía exactamente en el mismo lugar.

Ni la televisión. Ni la guitarra. Ni siquiera dar vueltas por el departamento me ayudaban a despejarme.

Ahora estaba tirado en el sofá, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, mirando el techo como si fuera lo más interesante del mundo.

No debería haberme ido así.

Lo pensé cuando llegué hacía unas horas y seguía pensándolo ahora.

Tenía esa sensación rara de haber hecho lo correcto y lo equivocado al mismo tiempo.

Porque una parte de mí sabía que necesitaba irme.

No quería quedarme ahí viendo cómo Ismael la invitaba a salir. No quería escuchar esa conversación ni convertirme en un espectador de algo que me iba a doler.

Pero otra parte seguía preguntándose qué habría pasado si me quedaba unos minutos más.

Si la hubiera escuchado.

Si le hubiera dado la oportunidad de decir lo que estaba intentando decir desde la mañana.

Suspiré y cerré los ojos un momento.

Todavía podía verla frente a mí.

La forma en que me había mirado.

La conversación que nunca ocurrió.

Y después Ismael.

Pero lo peor no había sido eso.

Lo peor había sido verla salir con él.

No porque hubieran hecho algo.

No porque estuvieran abrazados ni porque parecieran una pareja.

Simplemente salieron juntos.

Hablando.

Caminando uno al lado del otro.

Como si el día hubiera sido completamente normal.

Y desde entonces mi cabeza no había dejado de inventar escenarios.

¿Dónde estarían ahora?

¿Seguirían juntos?

¿Él la estaría haciendo reír?

Apreté la mandíbula.

Porque cada vez que intentaba dejar de pensar en eso aparecía otra pregunta.

Y otra.

Y otra más.

Hasta que terminaba exactamente en el mismo lugar.

Pensando en Mariana.

Me incorporé despacio y me senté en el borde del sofá.

El silencio del departamento empezaba a resultarme insoportable. Miré el celular sobre la mesa, lo desbloqueé casi por inercia y abrí nuestra conversación. Me quedé observando la pantalla unos segundos antes de volver a bloquearlo y dejarlo donde estaba.

Ni siquiera sabía qué podría escribirle.

Porque el problema ya no era encontrar las palabras. Las palabras habían aparecido hacía tiempo y ayer la remate bajo el jacarandá. Tal vez no de la forma más elegante ni en el momento más oportuno, pero habían salido. Y aunque llevaba horas preguntándome si había hecho bien o mal, había algo de lo que estaba seguro, no me arrepentía.

No me arrepentía porque lo que pasó entre nosotros no había existido solo en mi cabeza. No había sido una fantasía ni una historia que yo me hubiera inventado para justificar años de sentimientos guardados. Había estado ahí, creciendo entre nosotros durante demasiado tiempo, escondido detrás de bromas, silencios y miradas que ninguno se animaba a sostener más de la cuenta.

El problema era otro.

El problema era que después de decir lo que sentía ya no sabía cómo volver atrás. Ya no podía sentarme a su lado en clase y fingir que seguíamos exactamente donde estábamos antes. Tampoco podía seguir actuando como si el verano no hubiera pasado o como si aquella noche no hubiera cambiado nada.

Porque había cambiado todo.

Y lo peor era que seguía sin saber qué lugar ocupaba yo en medio de todo eso.

Me pasé una mano por la cara y solté una risa sin humor.

Era ridículo.

Llevaba años resolviendo exámenes, prácticas, guardias y cualquier problema que me pusieran delante. Sin embargo, la única situación que realmente me importaba era la que menos entendía.

Mariana.

Siempre terminaba volviendo a ella.

Me levanté del sofá y empecé a caminar por el departamento sin un destino claro. Del living a la cocina. De la cocina al pasillo. Como si moverme fuera a ayudarme a ordenar algo.

No ayudó.

Porque cada vez que lograba distraerme unos segundos, mi cabeza volvía al mismo lugar.

A ellos saliendo juntos.

Abrí la heladera más por costumbre que por hambre y me quedé mirando el interior unos segundos antes de sacar cualquier cosa. Comí de pie, apoyado contra la mesada, sin prestar atención al sabor.

Lo intenté.

Intenté convencerme de que todo era una cuestión de orgullo. Que me molestaba porque Ismael se había adelantado. Porque había aparecido en el peor momento posible.

Pero cuanto más lo pensaba, más claro se volvía que no era eso.

Si Mariana hubiera sentido por mí aunque fuera una parte de todo lo que yo sentía por ella, habría encontrado la forma de decírmelo.

O al menos eso quería creer.

Y ahí estaba el problema.

Porque ya no sabía qué creer.

Por momentos estaba convencido de que entre nosotros había algo imposible de ignorar. Algo que llevaba años creciendo en silencio.

Y al minuto siguiente recordaba que había salido de la facultad con otro.

Solté el aire despacio.

Tal vez el problema nunca había sido Ismael.

Tal vez el problema era que yo había dejado de entender a Mariana hacía mucho tiempo.

Y eso me asustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Terminé dejando el plato en la pileta y fui hasta el baño.

No porque tuviera ganas de bañarme.

Porque ya no sabía qué otra cosa hacer.

Abrí la ducha y esperé unos segundos hasta que el agua empezó a salir caliente. El vapor fue llenando el ambiente poco a poco, empañando el espejo y cubriendo el baño con esa sensación extraña de aislamiento y calma. Como si, por unos minutos, el mundo quedara del otro lado de la puerta y no existiera nada más que el sonido constante del agua cayendo.

Me metí debajo del agua y cerré los ojos.

Por un momento funcionó.

Por un momento solo existieron el calor, el ruido constante cayendo sobre mis hombros y el cansancio acumulado de todo el día.

Pero fue apenas un momento.




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